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miércoles, 15 de agosto de 2012

... y sin embargo ...



...Y SIN EMBARGO...

El verano nos tiene sitiados tras muros de sombrillas; por las noches solo las baldosas prometen algo de alivio y me acuesto sobre una manta en el suelo, pegada a la ventana. Ni siquiera la palmera del jardín agita su abanico. Sin dar la luz conecto el portátil. El Gran Hermano binario me informa de que cuanto más calor, menos duchas frías, y sumisa abro el grifo del agua caliente. El resultado es tibio pero podría ser peor. Sigo leyendo que todo debe consumirse a la temperatura de nuestro cuerpo, nada de helados, gazpachos, refrescos ni tintos de verano. Mientras lo aplico me doy cuenta de que mis quejas sobre el calor son puro mimetismo coloquial. Ya no sudo; debe ser que a mediodía me convertí en un charco que evaporó antes de caer la tarde, y sin embargo...
...desde que mi mano no me transmite tu pulso me estoy enfriando por dentro y por fuera aunque Lorenzo pique y la sombra esté lejos. Temblorosa mi piel sin memoria de caricias se refriega contra las sábanas. No encuentro lo que dejé de buscar porque creía estar contigo. El terral resbala por mis hombros y despierta el escalofrío de tu almohada impoluta junto a la mía arrugada y revuelta por una fantasía calurosa como este verano.

jueves, 9 de agosto de 2012

Sin título


Sin título

Lo recuerdo como si hubiese pasado ayer: mi tristeza ante un futuro hecho no reversible que terminará con mi rutina comodona. Cambio la imagen porque me resulta demasiado cargante y sé que me espera una suerte distinta a la que nunca he vivido. Estaré satisfecha y podré sacar lo mejor de mis talentos. Los que estén conmigo se sentirán protegidos y apoyados y sabrán estimar mi presencia. Al invadirme la felicidad noto que ya pasé a otro plano desconocido: cambió la morfología de mi físico y soy un animal de campo alimentándome en el pasto mientras sube por mis patas la niebla matutina que brota entre la hierba. A mis espaldas percibo el bosque donde crezco como un abeto más entre todos; me estiro y siento las sacudidas de la tierra removida por mis raíces. La luz me atrae y en un momento dado me ocurre la caída de mis agujas que fueron tan flexibles y ahora, secas y endurecidas, ceden al embate del viento. A su caza voy en locas cabriolas de pájaro viajero. Vuelo tras mis hermanos pero mientras ellos continúan su camino sin tinta marcado, a mí me retiene el frío; me inmoviliza y solo permite que descienda a mi prado para cubrirlo como nieve. Regreso a casa. Vuelvo a empezar.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La longaniza





LA LONGANIZA

Si te dijera que mi pueblo dista 14 kilogramos del tuyo, me corregirías con impaciencia.

–Querrás decir kilómetros, –dirías– y además te equivocas porque son 17, ni uno más  ni uno menos…

Seguramente me encogería de hombros y cambiaría de tema.

–¡Qué calentura! Hace al menos 33 kilovatios a la sombra.

Dada la poca gracia que te hacen mis desvaríos, ya me mirarías con mala cara.

–A lo mejor hasta hace más porque el sol debe haberte sentado mal. ¿Qué te pasa? ¿No puedes hablar con propiedad? ¿Estás borracha?

–Hace cuatro horas me tomé un café… no he bebido nada en todo el día, –te respondería con la conciencia muy tranquila.

–¿Y bien?

–¿Por qué sabemos que fue hace cuatro horas?

–Cada vez eres más estúpida. Estate pendiente porque voy a explicártelo como a las nenas pequeñas: han pasado 4 horas porque la manilla corta del reloj ha avanzado cuatro espacios horarios, y si al tomarte tú el café era la 1, ahora son las 5.

Si me atreviera me reiría en tu cara. Siendo las cosas como son, me limitaría a mirar hacia otro lado.

–¿A qué viene esta mueca? ¿No me has comprendido?

 A partir de este punto, todo se complicaría. Tendría que contestarte con descaro y provocación, restregarte tu error, burlarme de tu fe ciega en lo que te enseñaron en la escuela y que nunca te has cuestionado. Explicarte –si me dejaras hablar- que medimos algo invisible, o sea, el tiempo, como si fuera algo tan físico como una longaniza.

Alguien colocó esa longaniza alrededor de un círculo y su mecanismo -ingenioso en sus principios y diabólico en la actualidad porque rige nuestras acciones, viajes, sueños y hasta nuestras vidas- va comiendo mordisco a mordisco 60 cachitos de la longaniza hasta que el avance de un indicador más corto nos avisa de que ‘ha pasado’ una hora. Acto seguido, el largilucho vuelve a comerse la misma longaniza y más le vale no detenerse nunca al igual que la manilla corta, porque si eso ocurre, si el tiempo mismo se detiene –en nuestra imaginación o por pararse el pulso que nos riega por dentro– nos entra el pánico de no seguir viviendo la merienda permanente de la longaniza invisible mordisqueada por aquello que llamamos tiempo.

No, no podría contarte todo esto sin exponerme a las consecuencias de tu desprecio y enfado. Más me vale empezar a cocinar porque se acerca la hora de la cena. No vaya a ser que entres por la puerta de atrás y me encuentres pensativa y comiéndome una longaniza de verdad.




miércoles, 4 de julio de 2012

Acoso



Acoso

Se pasea impune entre el bullicio del mercado mirando con descaro escotes y entrepiernas. Sus manos están entrelazadas a la espalda, inmóviles a primera vista; sin embargo sus dedos se flexionan con mínimos movimientos que insinúan las fantasías de su mente. Pura teoría de cobarde sesentón hasta que me coloco justo detrás de él y me rozo contra sus nudillos. Cuando le susurro al oído que si se da la vuelta armaré escándalo diciendo que me ha estado molestando, su cuerpo se endurece y tensa. Por si acaso le agarro de los codos y así avanzamos entre el gentío del rastro arrimándome yo cada vez más. Finalmente pretende subir el borde de mi falda. Es entonces cuando le hago tropezar y mientras se levanta aturdido, ya me he quitado el pañuelo y las gafas de sol. A veces incluso le ayudo a incorporarse…

lunes, 1 de agosto de 2011

EL GRAN VACÍO








Pasada la medianoche fuimos a 'Urgencias' debido a un persistente dolor de barriga de mi marido, tan difícil de valorar en cuanto a intensidad como en su localización ya que lo describía como una presión fuerte y a veces insoportable que se instalaba, desaparecía y reproducía en distintos puntos del vientre, a media altura y medio de lado, a la derecha para él y a la izquierda para quien estuviera enfrente como la jóven médica que lo estaba reconociendo.

A la izquierda también para mí, que estaba detrás de la doctora observando la escena e intentanto captar y compartir su molestia. Siempre he creído que en personas muy unidas esa participación debería ser posible y beneficiosa para el enfermo. Sin embargo al igual que ya me ocurriera con sus dolores de cabeza y muelas incluso en épocas de pleno enamoramiento, cuando entre nosotros existía unión en cuerpo y espíritu -o al menos así me pareciera-, no conseguí un suficiente grado de empatía tampoco sobre la sólida base del desencuentro rutinario de una juxtavivencia apenas sujeta por el sobrecumplido proyecto en común de un hijo de treinta años casi independizado.

¡Nada! ¡No sentí ni percibí nada! A la médica debió pasarle algo por el estilo, porque se levantó y le dio un golpecito consolador en el hombro.

-Vístase, no se preocupe. Allí no hay nada.

-Pero me duele.

-Es que el 'gran vacío' a veces duele.

-¿El 'gran vacío'?

-Justo donde siente la molestia, hay una zona sin nada vital que llamamos el 'gran vacío'...


Al llegar a casa, con recomendaciones múltiples de dieta blanda, ejercicio suave, un jarabe contra el flato y el estreñimiento, etc., mi marido seguía doliéndose si bien con menos convicción, y yo todavía no me había recuperado de mi asombro: ¿es que ahora el gran vacío dolía de una manera oficial y académica?

Por esta regla de tres -¿por qué siempre 'tres' aunque en ese caso se tratara realmente de un (1) concepto compuesto por dos (2) palabras?- por esta regla de tres, decía, el malestar punzante a veces y sordo, completamente inaccesible a la aproximación acústica, en otras ocasiones, que yo sentía desde hace tiempo en una parte de mi ser que mi terapeuta psicológico también llamaba el 'gran vacío', era, pues, ¡un dolor médicamente reconocido!

Las ausencias injustificadas, las películas vistas en solitario, fiestas de fin de año 'sacrificadas' a favor de compañeros con familia -con más familia por lo visto que mujer e hijo- y hasta pizzas enfriadas y lasañas resecadas en el horno... toda esa parafernalia que llenaba a rebosar el gran vacío de mi vida, se me presentó de pronto como dolor cuantificable entre medio y fuerte, y tratable con lavativas y aspirinas o sus variantes de mayor fuste.

Mi marido se recluyó en el aseo y no quiso salir durante un rato largo (la primer recomendación de la médica). Cuando reapareció, murmuró algo de una modestísima mejoría de su 'gran vacío'.

-No habrá aumentado entonces, -diagnostiqué entre dientes.

-¿Cómo dices? -preguntó el doliente camino al lecho matrimonial.

-Como es una ley de física que los gases tienden a ocupar el máximo espacio posible, supongo que se habrá encogido el 'gran vacío' ese tuyo.

-No te entiendo pero eso es normal en tí... -su voz perdió intensidad y el desinterés le aproximó al borde del sueño (otra recomendación de la médica de guardia).

-Yo ya sé desde hace años que... -dejé media frase flotando en el aire como señuelo para que picase.

-¿Qué es lo que sabes desde hace años?

Estaba medio dormido pero la otra mitad se mostraba curiosa.

-¡¡Que el gran vacío duele!! -respondí con teatralidad y mala idea.

Ridiculizada su dolencia particular, me lanzó la habitual acusación menopáusica:

-¿Qué? ¿Otra crisis existencial? ¿Cómo puedes burlarte de algo tan serio? Aquí se trata de dolores de verdad, no de imaginarias carencias emocionales.

Mientras, siguiendo otra de las recomendaciones de la facultativa, había preparado una bolsa de agua caliente y la llevé al dormitorio. Lástima que lo de las 'carencias emocionales imaginarias' hiciera que la bolsa se escapase de mis manos y rebotase en su calva. (Mi marido tiene, según su propia valoración, poco pelo cuando para mí es calvo y punto.) Gritó y, controlando la bolsa con dificultad como si estuviera viva, consiguió colocársela donde le dolía, o sea, en el 'gran vacío'.

Me quedé de pie al lado de la cama, y observándole a él -no al gran vacío que aparte de ser imponderable resulta invisible- pensé que incluso en el improbable caso de que la aplicación de una bolsa de agua caliente aliviase mi tipo de gran vacío, estaría fuera de mi alcance porque en nuestra casa, de equipamiento normal, no había más que una sola de esas bolsas.

Él sostuvo mi mirada esperando quizás una disculpa o explicación del ataque a su calva, pero yo estaba calculando el volumen cúbico de mi gran vacío creado por réplicas monosilábicas y contestaciones cortantes y comparándolo al del suyo delimitado con estrechez entre su bajo costillar, el hueso de la cadera y partes de su anatomía inferior de cuyos nombres no me acordaba.

Llené mis pulmones del aire enviciado del dormitorio sintiendo como ese otro vacío, tan apreciado y vital, me insufló fuerza y energía a pesar de su mediocre calidad. (Apenas me paré a considerar la infinita sabiduría del idioma que al yo 'inspirar' aire, me 'inspiró' unos pensamientos novedosos.) De modo que concebí un proyecto concreto con posibilidad de ejecución inmediata y puse manos a la obra. Encendí la lámpara del techo y al sacar del mueble el maletín pequeño -modelo 'Finde'- lo besé admirando el acierto del nombre que le habían puesto en fábrica porque estaba destinado claramente a acompañarme en la conclusión de mi matrimonio.

-Apaga que no me dejas dormir, -se quejó mi todavía marido.

-Descuida que no tardo, -contesté con plena honestidad y cumplí mi palabra.

Creé vacíos pequeños y medianos entre los calcetinas y las camisetas, elegí unas bragas, un par de faldas playeras y unos vaqueros. Cerré el equipaje y ante un nuevo gruñido quejica del sufridor apagué la luz con lo cual el dormitorio se quedó en la penumbra del amanecer. Eran las seis y cuarto de la mañana de un jueves veraniego del año cincuenta y ocho de mi existencia.

Blindado por los malestares de su 'gran vacío' contra acontecimientos muy cercanos que iban a afectar su futuro a corto, medio y largo plazo, mi casi ex murmuró con los ojos cerrados:

-Cierra la puerta al salir. Sabes que la médica me ha recomendado tranquilidad.

Diligente cumplí las ordenes de la profesional de medicina y evacué sin ruido alguno el dormitorio dejándolo un poco más vacío. Durante unos instantes consideré la posibilidad de escribir una nota dramática y misteriosa al estilo de '...te dejo en compañía de tu 'gran vacío' y voy en busca de compañía para llenar el mío...' pero desistí. No iba a darle la oportunidad de llamarme para que le diera una cucharada de jarabe laxante, ni quise arrebatarle la satisfacción de descubrir por si solo lo difícil que resulta llenar un espacio vacío en expansión permante.






Fácil tampoco me resultó a mí, pero eso ya es otra historia.




viernes, 23 de julio de 2010

EL VIGÍA DE LA TORRE




Juro que la vigilé con todas mis fuerzas. Desde que el Rey me encargó el cuidado de su bella y única hija, sumida en el más profundo de los sueños salvo la muerte, mis días y mis noches tuvieron un solo objetivo: que nadie indigno rompiera el hechizo porque si la princesa se despertara sin que el caballero, príncipe o campesino que lograse llegar a ella, se lo mereciera, se convertiría en una paloma para volar siempre jamás sin descanso posible.


Vigilé, pues, y aceché a los que vinieron para salvarla, así al menos lo llamaban ellos, ya que desconocían el alcance total del malvado conjuro. Sin remordimientos maté a los desprevenidos, arranqué los corazones a quienes juraban luchar por amores, y el fuego inextinguible de mis fauces acabó con guerreros y soldados que pretendían acceder a la torre en la que el tiempo se hallaba detenido.


Afuera pasaban las temporadas: la nieve rescataba la campiña de la sequedad del otoño; brotaban las hojas en primavera, y llegaba el calor del estío. Mi solitaria vigilia continuaba y sin desfallecer rondaba las entradas al castillo, sobrevolaba los lagos y bosques cercanos, y a veces –unas pocas veces– me acercaba al ventanal de la torre para comprobar que ella seguía durmiendo plácidamente sobre su cama de princesa, envuelta en vestidos de seda y mantas de brocado.


Al cabo de años, muchos años para los humanos, se presentó ante mí un joven aldeano. Se había abierto camino a través del bosque de robles centenarios y no llevaba armas. Sin mostrar miedo ni odio entabló conversación conmigo, y yo, sediento de compañía y harto de subsistir rodeado de muerte, consentí que me hablara; le escuché y le creí.


Me contó que desde que nació estaba viendo a la princesa en sus sueños, y que a partir del momento en que se hizo hombre, empezó a desearla como a ninguna otra muchacha. Supo describir el cuarto de la torre que nadie había pisado en cien años, y conocía la postura de sus manos y los gestos de su cara cuando se movía prisionera del sueño encantado.


Embelesado por su profunda voz y límpida mirada, permití que me brindara una cierva joven, apenas cazada, que había traído consigo, y cuya sangre dulce y temible hizo que yo sucumbiera al cansancio de mi vigilia interminable. Vi cómo sacaba una gran lanza de entre la maleza, pero no conseguí moverme ni sentí el hierro atravesar mi garganta. Aun así, tuvo que prender fuego a mi cuerpo inerte que solo convertido en cenizas le franqueó la entrada.


Y mientras mi alma de guardián burlado emprendió el vuelo hacia sus orígenes, él se vistió con los ropajes del último príncipe matado por mí y, convertido en cortesano, subió raudo las escaleras a la torre.

viernes, 2 de julio de 2010

DE PÁJAROS


Sentado en el escalón más alto de la escalera de caracol que llevaba a la plataforma de la torre, el enano abría su boca de gruesos labios como un pez agonizante, y solo la cerraba para tragar con prisas la saliva acumulada. Jadeando ruidosamente miró con ojos acuosos al amigo que se había acomodado algo más abajo.
—¡Cómo te gusta crear falsas perspectivas! —dijo entre toses—. Como si yo no estuviera acostumbrado a mirar hacia arriba…
El amigo no respondió en seguida. La subida a la torre le había cansado menos que la negación del otro a dejarse ayudar; oír su respiración trabajosa, observar el esfuerzo de sus piernas cortas le había crispado. Hubiera querido mantener silencio, pero sabía que era preferible contestar.
—Entonces, ¿a eso hemos subido? —preguntó con suave ironía—. ¿A mirar hacia arriba?
—¿Te burlas?
Los ojos del enano centellaron, pero la calma que encontró en la mirada del amigo disipó la tensión. Se puso de pie y superó con dificultad el último escalón. La balaustrada que rodeaba la plataforma dejaba huecos más que suficientes para que él mirase a través. El amigo le siguió y ambos –con la inalterable diferencia en altura que había entre ellos— observaron en silencio la campiña otoñal atravesada por un par de arroyos, los montes que a lo lejos abrazaban el valle y el cielo que, como telón de fondo azul, ofrecía su mar difuminado a las bandadas de pájaros.
—¿Te fijas? —preguntó el enano—. En esta época del año los pájaros más que otra cosa parecen bancos de diminutos peces negros.
Y acercó su cara sudorosa a la separación entre dos columnas para sentir la brisa en la que flotaban tordos, gorriones y golondrinas. El amigo, sin embargo, se dio la vuelta y se sentó en el suelo a su lado apoyando la espalda contra la balaustrada. Cerró los ojos y juntó las puntas de sus dedos. Esperó.
—Salpican el cielo como las semillas lanzadas al viento cuando sembramos las eras en primavera. Se esparcen en el aire y no hay voluntad común que dirija sus cuerpos, sus alas, sus picos, borrosos por el movimiento y la distancia. Pero de pronto, pasa por ellos una onda de entendimiento, y se posicionan: el enjambre se convierte en formación. Avanzan, doblan y regresan, bajan y suben al unísono. Vuelan con orden, en línea, en filas. Cualquier día van a emprender el viaje.
Seducido por la voz del otro, aún entrecortada y forzada, el amigo dejó de percibir la dureza del empedrado; ya no sentía el roce del respaldo: él también echó a volar; ascendiendo sin peso, impulsado por un soplo de viento; descendiendo en picado. Batió sus alas al compás de los que volaban a su lado; fue parte de la marea, miembro de la bancada. Oteó la pequeñez de los seres que se movían por el campo, y su corazón latió veloz pero sin cansarse por las acrobacias y giros en el aire. Cuando todos viraron hacia la derecha, él, con ellos, como uno más, y ahora…
—¡Mira, mira! —gritó el enano—. Un aguilucho. Las golondrinas rompen filas. Huyen, se dispersan… ¡Ay, granuja, has cogido una avecilla y te la llevas!
El amigo sintió pasar por su lado la sombra del ave de presa. Sabía que espacio, tiempo y dimensión le protegían del ataque, pero aún así se agarró a ciegas al brazo del enano para asegurarse de que se encontraba a salvo y en la plataforma de la torre. Este le miró entre sorprendido y complacido por el gesto; luego percibió su perturbación y continuó hablando para sosegarlo:
—Ya me dirás cómo resisten de batir sus alas, piar, silbar, cantar o graznar al mismo tiempo que se proyectan a través del aire, livianos como hojas otoñales. ¿Dónde descansan y duermen?
Le observó con atención para detectar si había vuelto o no a su lado. Y transcurrido un momento, el amigo contestó como si nada hubiera pasado.
—Bien sabes dónde se refugian para recuperar el aliento y cómo se apretujan unos contra otros, calentándose mutuamente con el tibio pulso de sus cuerpecillos: por las noches ahí los tienes, balanceándose sobre las desnudas ramas del roble de la hondonada al que revisten con sus plumas, ahora que el árbol se ha desprendido de su copa veraniega.

Se puso de pie y sin mirar los pájaros que habían retomado sus ejercicios para el largo vuelo, comenzó a bajar la escalera. El enano, intrigado, le siguió sin preguntar.

lunes, 10 de mayo de 2010

EL PORTAZO


Había perdido la memoria. Estuve dos días andando por casa sin saber para quién cocinaba y no debí hacerlo a su gusto, porque el hombre apenas comió y después de la cena del segundo día salió dando un portazo. Recogí la mesa mientras intentaba recordar dónde había que guardarlo todo, y esa búsqueda me produjo un cansancio atroz. Al final no tuve fuerzas para seguir y me senté en el suelo. Observé cómo las aristas de los armarios se perdían en la penumbra del techo igual que las esquinas de un edificio. Cuando mi cuerpo me pidió instrucciones para respirar, no supe dárselas, ni pude mantener mi cabeza en equilibrio y me fui tumbando. En un movimiento reflejo extendí una mano y tanteé algo duro que asomaba debajo de un mueble, justo al lado de mi cara. Mis dedos tiraron de ello y sacaron un envoltorio desgastado que se abrió solo. Algo se desparramó en las baldosas grises sin fregar. Empecé a respirar más hondo y como la postura era incómoda me volví a sentar. Agarré la carpeta con ambas manos y encontré en su interior mi nombre y la hora de volver al trabajo, imágenes de un viaje en coche, el mar y el bosque, la satisfacción de escribir historias y pintar cuadros, incluso la cara de mi hijo que estaba de vacaciones, pero nunca supe quién era aquel que se fue dando un portazo.

lunes, 12 de abril de 2010

EL BUITRE


Al pasar del bochorno otoñal de la calle a la penumbra refrigerada del vestíbulo, el viejo periodista sufrió un leve mareo. Agarrando con fuerza su desgastada cartera de cuero marrón, avanzó hasta uno de los ascensores y pulsó repetidas veces el botón de llamada. Notó cómo el sudor le bajaba por la espalda; los latidos del corazón le retumbaban en la garganta y en las sienes. En un intento de sobreponerse, consideró con un amago de sonrisa la posibilidad de morir fulminado por un infarto mientras amenazaba al dueño del periódico con la publicación del contenido escandaloso de los documentos que llevaba, pero la presión en el pecho y la sequedad de su boca eran demasiado reales para que la idea le resultase divertida. Respirando con dificultad, agradeció la distracción aportada por el tintineo metálico que anunció la llegada del ascensor, y se apartó lo imprescindible de la puerta para que saliera la marea de camisetas deportivas y vaqueros desteñidos de un grupo de quinceañeros que venían de visitar la editorial. Luego entró como uno de los primeros en la espaciosa cabina donde, evitando la mirada del ascensorista de siempre, se colocó al fondo y apoyó la espalda contra el espejo ahumado. No quería hablar con nadie, y evitaría cualquier encuentro con los compañeros de antes, cualquier motivo que pudiera retrasar su cita con el director. El ascensor se iba llenando: la mayoría eran varones de mediana edad, o sea, más jóvenes que él, trajeados sin convicción, algunos sudados, como constató con cierta satisfacción, y todos callados, agobiados, con la mirada estresada que da la necesidad diaria de superarte a ti mismo y a quien tu jefe te ponga por delante.

Cerradas las puertas, el ascensor se puso en movimiento y paró en la primera planta, la de las rotativas, sin que nadie se bajase. Por un instante, el aire olía a imprenta y él sintió la tentación de ir a ver a los muchachos, los mecánicos, gente honesta, trabajadores que se esforzaban todos los días por cumplir, pero sabía que le iban a liar entre una cerveza y cuatro anécdotas de otros tiempos. Y él no disponía de eso, de tiempo. Estaba convencido de que el Buitre, flamante redactor jefe, a quien él mismo había enseñado lo mucho que sabía, le estaba pisando los talones para arrebatarle las pruebas de los sobornos, los documentos acerca de falsas identidades y montajes vergonzosos, aunque no fuera para su publicación precisamente.

En la parada siguiente, que el ascensorista anunció con un mascullado “Contabilidad”, se bajaron varias personas, entre ellas la secretaria del director de recursos humanos, que seguramente no le había visto. Cuando años atrás entró a trabajar en el periódico, era una chavalita insegura que echaba horas extras para hacer méritos, aunque luego descubriera vías más amenas de puntuar con sus superiores. A la salida de una fiesta de la empresa, llegó a insinuársele a él mismo, entonces redactor jefe, pero él, consciente de los más de treinta años que le llevaba, la acompañó a su casa sin propasarse. Después empezaron a llamarle ‘marica’ y él, entre sorpresa y disgusto, tardó unos cuantos días en descubrir la fuente de aquellos rumores.

En el fondo de la cabina, donde estaba atrincherado, ya había algo más de sitio y aprovechó para mirarse en el espejo. No le gustó el deterioro físico que veía: un hombre de unos sesenta años, enclenque y delgado, de cara tan pálida que parecía amarillenta, y con protuberantes venas en las sienes que se movían al ritmo de su pulso irregular y agitado. De nuevo le distrajo el sonido que avisaba la parada del ascensor. Estaban en su planta, en la de las redacciones, y conociéndose de memoria despachos y salas, esquinas y recovecos, cerró los ojos y se imaginó cómo redactores y visitantes andarían a lo largo de los pasillos enmoquetados con sus luces indirectas y pinturas modernas, dirigiéndose unos a Local y otros a Sucesos o a Exterior. Cuando volvió a mirar, las puertas acababan de ocultar silenciosamente, como el telón de un teatro, el escenario de su vida durante treinta años, y se dio cuenta de que se había quedado a solas con el ascensorista quien le sonreía cortésmente porque le había reconocido.

–¿A Dirección? –le preguntó, y él inclinó la cabeza sin contestar porque no pudo hablar. Intentó mover la boca y quiso tragar, pero no lo consiguió; tenía las mandíbulas agarrotadas y la saliva se le había convertido en una espesa pasta que sabía a hierro. Sintió que el peso de su cabeza iba a desequilibrarle, y levantó ambas manos para sujetarla y aliviar el terrible tirón que notaba en nuca y hombros. Pero no sirvió de nada: el ascensor, que se movía con violentas sacudidas, bajaba en caída libre, y el suelo se abalanzó sobre él.

–Llame una ambulancia, Pérez, –dijo el recién nombrado redactor jefe en la planta de dirección al ascensorista, –que ya me encargo yo de la cartera del señor.

sábado, 3 de abril de 2010

LA BOLA DE HERVIR ARROZ


La bola de hervir arroz nunca debió acabar en el árbol.

Calcular la velocidad con la que una bola de hervir arroz avanza por el espacio puede resultar complicado. Sobre todo si se ignora la cantidad de arroz que lleva en su vientre bivalvo; más aún si desconocemos la fuerza de quien la impulsó. ¿La lanzaría como advertencia de lo que sería capaz de tirar, incluso por la borda? ¿Descargaría de ese modo una gran tensión interior?

Todos estos factores influyen, sí, pero en el fondo solo modifican detalles. Con apartarme pensé haber solucionado el asunto, por lo que me eché a un lado, y la bola –como un diminuto ovni– pasó perdiendo gotas de agua de arroz a modo de combustible. Atravesó la ventana por donde justo antes se situaba mi cabeza, e impactó en el árbol, abriéndose y sembrando arroz entre las ramas.

Al poco rato, los pájaros volvieron para darse un festín. La bola, bien encajada entre el ramaje, sirvió durante años de armazón de nido para una pareja de jilgueros.

A pesar de todo eso, no he vuelto a guisar para él.

sábado, 27 de marzo de 2010

... Y LA GAMBA GIGANTE



Cuando la gamba gigante estiró sus tenazas y atrapó a la luna llena, las luces del paseo marítimo no estaban encendidas y toda la costa se quedó a oscuras mientras un mar sin reflejos lamía con desgana la arena. No quedaba nadie en la playa, y el único bar de la zona acababa de extinguir su letrero de neón. Un camarero somnoliento sacó dos bolsas de basura, echó la llave a la puerta, se montó en el asiento trasero de la moto de su compañera y se marcharon con un suave zumbido de motor. La playa, tan acostumbrada a las luces y los ruidos, se perdía bajo la callada negrura de un cielo nocturno encapotado. Una tortuga extraviada sacó la cabeza del agua y consideró la posibilidad de haber llegado a su destino lejos de la presencia humana, pero en seguida volvió a deslizarse hacia la parta más honda del mar. El aire cambió de dirección y dejó de traer salitre y aroma de algas y peces. La costa empezó a oler a tomillo y romero, tan agradables, mas no hubo nadie para deleitarse con sus perfumes. -Traigo espliego y jara, -cuchicheó la brisa presumiendo como una vendedora ambulante al pasar entre las sombrillas de fibra vegetal. No hubo respuesta; todos estaban pendientes del disco lunar aprisionado por la gamba gigante y oscurecido entre las barbas de sus fauces.

En eso se despertó el perro cortés que estaba durmiendo en un banco del paseo marítimo. No ladró ni habló -es que no resulta fácil hablar con una gamba gigante- sino que se acercó sigiloso y levantó la pata trasera en el palo que sujetaba al molusco.

Profundamente molesta, la gamba intentó en vano coger al perro. Tanto se agitó que soltó a la luna que en seguida se puso a una distancia prudente iluminando la noche con más luz que antes si cabía. El mar recuperó sus reflejos y pinceladas de plata y chapoteó alegre entre las piedras del rompeolas. Una pareja de enamorados encontró el camino a la playa que habían buscado en la oscuridad y se acomodaron en una de las hamacas. Cerca de ellos, se tumbó el perro cortés recordando tiempos mejores.

sábado, 20 de marzo de 2010

EL PERRO CORTÉS



Aquel día mi marido y mi hijo se fueron a la cárcel. No como presos, porque en ese supuesto yo hubiera organizado el día mejor, sino invitados por un alto funcionario. Cuando hablamos sobre dónde yo pensaba dejarlos, resultó que no querían presentarse en el trullo de pie como familiares de cualquier recluso, y por no discutir les cedí mi coche.

Me bajé en un cruce cerca del local en el que más tarde nos íbamos a reunir para comer. Sin embargo cuando me acerqué, me di cuenta de que el restaurante estaba cerrado, de modo que me tocaría esperar en el patio hasta que me recogieran. Encontré un banco revestido de azulejos rotos y excrementos de pájaros bajo un enorme ficus cuyos hojas brillantes espiaban mis movimientos, y me acomodé como pude para pintar. En mis oídos, Paco de Lucía acariciaba su guitarra; tenía calor, una botella de agua, mi mp3, bloc y acuarelas y mucho tiempo.

Al rato una furgoneta blanca reventó la composición de la escena. Apareció arrastrando una nube de polvo y se acercó con lentitud al segundo banco de azulejos azules junto a un poste oxidado. Un hombre calvo se bajó llevando en brazos un perro, lo depositó en el banco y se fue a sacar algo del coche. Regresó con una botella de agua llena de suciedad, vertió un poco de líquido turbio en un plato de plástico y se lo aproximó al chucho. Luego cerró la furgoneta y se fue cojeando en dirección a una casa junto a la carretera.

El perro miró el plato con infinito asco, levantó la cabeza y dijo:
—¿No tendría agua limpia, señora, por casualidad?

Entre los desperdicios que el viento había acumulado junto al árbol, encontré una fuentecilla, la limpié con mi trapo de pintar y le puse agua de mi propia botella. La bebió emitiendo pequeños gruñidos de satisfacción y me dio las gracias. Después escogió un lugar a la sombra y se tumbó cerrando los ojos.

Volví a mi apunte y añadí un perro blanco con manchas marrones que dormía la siesta. Me hubiera gustado enseñárselo, pero parecía estar descansando y no quise molestarlo. Poco después regresó su dueño con la barbilla manchada de aceite y la camiseta llena de chorreones de vino. Se sentó junto al perro y se quitó sus pesadas botas, una mucho más grande que la otra. Sin mirarme se acostó en el banco azul y se durmió.

Intenté ignorarlos y terminar la pintura, pero me sentí como una intrusa en alcoba ajena. Y cuando quise resaltar las sombras, estropeé la acuarela. Fastidiada recogí mis bártulos y me fui hacia la carretera. A mi espalda roncaban dueño y perro. El viento había virado las hojas del ficus que seguían observándome.

Finalmente llegaron los míos. Cogí el volante y pisé el acelerador. Durante la comida, me contaron con todo detalle el horror contenido de la cárcel modélica, pero yo en cambio no les dije nada de mi encuentro con el perro cortés.

domingo, 18 de octubre de 2009

LA PIZZA



En otra vida fui masa de pizza. Todavía lo noto cuando intento abarcar demasiados frentes a la vez o tiran de mí para cubrir mentirijillas, disculpas o bulos. Entonces mi cuerpo sólido y macizo se extiende y se vuelve fino y transparente; aparecen fisuras y rotos que no se curan con facilidad a no ser que unas manos hábiles agrupen los flecos y tiras y los vuelvan a integrar dándome un masaje del alma que me sosiegue y fortalezca.

¿Nunca se han preguntado qué siente la masa de pizza cuando vuela encima de la cabeza del pizzero, antes de que la recoja incrustando los dedos en su blandura, aplastándola en la encimera, pasándole el rodillo y estirando su suave piel hasta más no poder porque alguien ha pedido una margarita crujiente? Pues, ese momento es de libertad suprema, un orgasmo aéreo que dura lo que el vuelo, un instante glorioso con la improbable posibilidad de salir planeando por el tragaluz abierto, convertida en ovni comestible –si bien crudo– y quedarse colgada del toldo exterior, justo encima de la calva del comensal hambriento y despistado que tarda en darse cuenta por qué se ríen los de las otras mesas. La dicha sería corta: la fugitiva notaría cómo poco a poco la adhesión del pegamento rudimentario compuesto por harina y agua se iría venciendo por la gravedad, como las ventosas diminutas que intentarían sujetarse a la lona cederían y perderían contacto, y se soltarían precipitando la caída final y definitiva. La aventura acabaría sobre la mencionada calva, cubriendo su desnudez con una mascarilla ligeramente aceitosa y nutritiva, hasta que el pizzero, alertado por los gritos y gruñidos del cliente, la recogería con cuidado, formando con ella una semiesfera abollada destinada al cubo de basura, mientras se disculparía mordiéndose los labios por no ceder al impulso humorístico de una escena digna de Jerry Lewis.

Fue un sueño, por supuesto. Bajo la luz de neón de la cocina de la pizzería, mi cuerpecillo convertido en crêpe crudo yace sobre el mármol donde resbala en la hostil capa de harina que impide cualquier adherencia. Se acerca un cucharón, seguido de un pincel blandenque y goteando, y me aplican un rápido baño de aceite y tomate. Un granizado de queso impacta en mi superficie, seguido de tomate en rodajas y más queso en grumos. Mi base intenta respirar y no puede. Percibo que me atacan por la espalda. Una especie de pala me recoge y mientras viajo un corto trecho, nuevamente convertida en objeto aéreo sin nombre propio, ya me aturde el hálito ardiente del horno. A partir de ahí todo es sufrimiento, tortura y quemazón hasta que mi tierno disco cruja y el queso se abrace llorando al tomate en una fusión tan íntima como limitada en el tiempo, otro símil de actos placenteros que nadie observa ni comenta.

Corto es el respiro de la cama de porcelana; ya se aproxima una rueda segadora que marca y separa trozos triangulares. Una vez aterrizada en la mesa, el destino de una pizza margarita de masa fina es tan conocido como terrorífico, y por piedad no sigamos su camino más allá del pórtico dentado…

No, no me miren así, nunca he pasado por esos trances. Fui encargada para un cumpleaños de chavales y llegamos tarde, el repartidor, mis seis hermanas y yo. Ya habían comido tarta y estaban pinchando globos; nadie quiso pizza. El final se me confunde con imágenes de gaviotas y hormigas que todavía me quedan por asimilar cuando vuelva a mis citas con la psicóloga que se dio de baja maternal justo cuando llegamos a mis recuerdos del vertedero.

viernes, 2 de octubre de 2009

EL ESCRITORIO...


El escritorio de palisandro

El escritorio de palisandro estaba arrinconado en el sótano de la casa que compramos, y fue lo único que me llevé cuando finalmente pude irme. Data de mediados del siglo XIX, la madera –restaurada por mí durante interminables horas de espera– tiene algún rasguño, igual que yo. Sin embargo, sus patas gráciles y bien torneadas se conservan fuertes, el tablón liso, suavizado por el uso, no tiene desperfectos. La parte alta, protegida por un cierre de persiana, esconde cajoncitos y huecos y algún que otro borrón de tinta desesperada…

Sentada en ese escritorio escribí después de nuestra separación las primeras cartas sin remitente, y otras muchas que ni envié. En uno de sus cajones está enterrada la noticia de tu muerte: la esquela en el periódico regional, firmada por tus padres y tu hermana. A mí ni me mencionaron por supuesto, porque te había abandonado y no volví a pesar de tu enfermedad.

Tuve razones, válidas entonces como ahora, que me empujaron a redactar en esa misma mesa el manuscrito de un libro, portador de mis recuerdos y remordimientos, de una historia cruel de equivocaciones y flaquezas, que estuvo guardado bajo llave como yo, y que se publicó hace unos días.

A pesar de las amenazas de tu hermana volveré a escribir porque me queda mucho que contar, y también lo haré porque el escritorio de palisandro me invita todos los días a concebir mi futuro y, ¿por qué no?, a inventar otro pasado.

viernes, 7 de agosto de 2009

DEJA VU

DEJA VU
El hombre detuvo su coche en un descampado entre unos pinos, debajo de un anuncio de las fiestas de Tordesillas. Sacó una manta del maletero y se tumbó a la sombra, deslizándose de inmediato por el tobogán de un profundo sueño, porque se resistía a volver a la gran ciudad y quería prolongar el silencio de su Tierra de Campos. Su novia, nacida en un país tan nórdico como su melena rubia y ojos claros, ambuló entre la maleza y los árboles. El calor implacable, la ausencia de viento y la quietud del campo la aturdieron, y acabó observando el cielo de un azul intenso, un cielo lejano e inalterable, que -tras pequeñas nubes blancas- se abría hacia otros tiempos:



El sonido inmemorial de cascos raspando las piedras del camino; una capa de polvo levantada por el rebaño de ovejas que a su paso arranca tallos grisáceos, plantitas mustias que el sol ha olvidado entre las rocas. Las cigarras, calladas por un instante, vuelven a cantar acompasadas, su tono subiendo y bajando en coro, in crescendo y decrescendo. Suenan pasos; un pastor con vestimenta a la antigua se acerca trayendo consigo su mula cargadísima de utensilios para pasar la noche en cualquier parte. Saluda con un gesto a la joven que intenta entablar conversación con él.

No es fácil: ella no se expresa bien, el campesino es taciturno, responde con palabras en desuso, mira a la chica de reojo y con desconfianza. Finalmente pregunta de dónde son ella y el hombre dormido detrás del coche.

En ese instante, se levanta una fuerte ráfaga de viento y las ovejas se arremolinan. Impulsada por la brisa, la polvareda sube y se mezcla con el añil del cielo. -Con dios, -se despide el pastor y guía su montura hacia el horizonte. Los animales ya se han adelantado cuando detrás de un arbusto aparece un perro que sigue cojeando a su amo y al rebaño.



La chica los observó mientras pudo verlos, luego buscó en el cielo la ventana del tiempo pero esta ya se había cerrado, tapada por nubes de tormenta. Cuando despertó al hombre, no supo contarle lo que había presenciado.

Fotos: TAG y Ramón

martes, 14 de julio de 2009

ALGO SOBRE MI MADRE



LA FANTASÍA

Un día de Navidad regresamos a casa después de la visita anual al circo, un grato ritual familiar que siempre tenía lugar el 25 de Diciembre. Eran las doce de la noche cuando el tranvía se paró en una plaza céntrica. Entre el cansancio y la desacostumbrada nocturnidad –yo apenas tenía seis años– me pareció pura magia que de pronto sonara música.

–Mami, ¿qué es?
–El guardián de la plaza que siempre toca la trompeta a las 12 de la noche.

–Quiero pasar por la plaza todas las noches a las 12.

Ni me contestaron… Mi hermana mayor y mis padres se miraron con las cejas levantadas, y el tranvía arrancó.
En casa, mi madre nos puso algo de comer, porque excitadas y nerviosas no habíamos cenado antes de ir al circo. Se sentó con nosotras a la mesa.

–Y ¿qué? ¿Cuál de las actuaciones les gustó más?

–Los acróbatas en el trapecio, –dijo mi hermana– cómo volaban entre las luces.

Yo no opinaba igual:
–Los caballos blancos… son tan bonitos… parecen unicornios.

De pensar que no volvería a verlos hasta las navidades siguientes, se me saltaron las lágrimas, y entre sollozos expliqué por qué estaba tan triste.


Más tarde, acostadas ya en nuestras camas marineras, soñé despierta con aquellos caballos de nieve y escarcha, formando figuras al trote, al galope, juntándose y parándose en seco. Mi hermana parecía dormir; pero cuando escuchamos música, las dos nos incorporamos, sorprendidas y hasta con un poco de susto.
Hubo ruidos en el pasillo; la música, un alegre vals, aumentó de volumen. Lentamente se abrió la puerta: marcando el paso con fuertes pisadas entró una figura vestida de blanco, una diadema brillante sobre la cabeza, bailando y girando como los caballos del circo. Hasta intentó relinchar aunque no le saliera muy bien. Detrás de ella, mi padre se partía de risa iluminando como pudo con una linterna de mano los largos calzones suyos y la camiseta de invierno que llevaba puestos mamá. Tres, cuatro veces pasó ese caballo fantástico por delante de nuestra cama; luego se paró y saludó, y aplaudimos. Entre besos y abrazos mamá nos prometió que nunca encontraríamos cerrada la puerta de la fantasía. No comprendí entonces lo que quiso decir, pero entretanto ya he tenido tiempo para entenderlo.

viernes, 3 de julio de 2009

LAS HORAS



Las horas, esas de la noche y del día, las que no hacen avanzar ni el segundero, esas horas que salen de las fisuras del tiempo nacen y mueren entre el ‘apenas he empezado’ y el ‘ya acabé’. Durante un incierto espacio de tiempo te encandila la inspiración y la creatividad fluye; alguien te está dictando al oído y tú atiendes y escribes, pero cuando quieres llevarte el relato a tu terreno, enderezar la trama y justificar los cabos sueltos, los personajes mismos se oponen con toda la furia de su adolescencia. Se amotinan y si no te protegiera la barrera intertextual, te aniquilarían como a un capitán déspota cualquiera. Sin embargo, mientras no aprendan -ni aprendamos- a traspasar esa frontera de las tropecientas dimensiones, los personajes estarán limitados a rebelarse enredando y despreciando tu hilo conductor.
Si les vas a la zaga en lugar de pretender dirigirlos, te enteras de que la pareja de protagonistas se separa porque él ha dejado morir el canario de ella, olvidándolo en la azotea durante toda una tarde y bajo un sol de injusticia. Ella, despistada como siempre, amontona sus pertenencias en una maleta que no es suya, pero él prefiere no decir nada. El pobre, que -cuando no comete homicidios ornitológicos- es un soñador apocado, cree que si ella se lleva algo suyo, volverá cualquier día para traérselo, y entonces él tendrá preparada una cena íntima con velas y flores y un menú apabullante de tres platos cocinado por su hermana.
Mientras descorcha un rioja para llenar pesadas copas talladas, que tendrá que robar en la tienda de sus tíos, y se inventa un hermoso brindis, el objeto de sus fantasías ya ha salido por la puerta del patio, arrastrando la maleta que desde fábrica tiene una rueda aplastada, y cruza el aparcamiento. Bajo el brazo derecho sujeta la jaula con el canario muerto, apenas un suspiro de plumones amarillentos. El quejido del equipaje maltrecho va despertando a media comunidad, y los vecinos se asoman, preocupados por si unos gamberros se llevan el contenedor de basura para incendiarlo cómo pasó hace año y medio.
Él, sentado en un sofá virtual abrazándola a ella que, feliz y coqueta, se está riendo de sus ocurrencias, es de los pocos que no observan la calle. Y precisamente el que no se abra ni se oscurezca por su silueta la ventana grande del estudio que han compartido durante casi medio año, a ella le parece un detalle todavía más despreciable que el trato negligente a su mascota. En eso ha llegado al contenedor, abierto como siempre, y tira la jaula con el pájaro. Entre las bolsas de plástico acolchadas por desperdicios, el sonoro impacto que había anticipado se queda en un golpe apenas audible, por lo cual cierra la tapa con toda la violencia de la que es capaz y que, a juzgar por el crujido metálico, no es poca.
Los fisgones detrás de sus persianas levantadas a medias se van cansando porque no hay espectáculo: solo ven a una mujer joven, que podría ser la novia, hija o hermana de cualquiera, que se aleja por el callejón acarreando una maleta coja que raspa y raya el suelo. Antes de que desaparezca por la esquina, sin embargo, resurge el interés general: un coche se para junto a ella. No es la policía como la presidenta de la comunidad cree distinguir desde el ático forzando sus ojos miopes, sino que en el rato que pasó en el cuarto de baño intentando sin éxito revivir al pajarito desmayado, llamó a un amigo para que la recogiera.
Este, confuso y medio dormido, mete el equipaje en el maletero, y le ofrece unos pañuelos de papel. Pero ella no los quiere y cierra la puertezuela con un porrazo. Ha tomado una decisión importante: se irá a vivir con este tipo que todavía no lo sabe, como tampoco lo sabe la madre de él, con la que convive y que dos semanas después será trasladada por su hijo en ese mismo coche al adosado fuertemente hipotecado de una prima hermana, porque no podrá aguantar a la intrusa que dejará su trabajo y se pasará el día llorando en el sofá viendo todos los programas basura que ofrecen los 23 canales de la TDT, que no son pocos tampoco.
Entonces es cuando suena la alarma del móvil porque es hora de recoger a unos o a otros, urge empezar con la preparación de la comida, o debes salir con prisas porque has quedado y te fastidia llegar tarde. Pero no temas: cuando vuelvas a trabajar el relato, los personajes ya se habrán acostumbrado a sus roles y serán más dóciles, así que no todo está perdido mientras haya horas que asomen entre las rendijas de las demás.

viernes, 26 de junio de 2009

DIARIO ÍNTIMO DE UNA NEVERA




En la pared de enfrente cuelga un calendario de publicidad con fotos del Caribe: chicas casi desnudas bajo un derroche de sol. La morenaza voluptuosa que posa en la hoja del mes de febrero está tumbada en una hamaca junto al mar. Un bikini blanco contrasta con su piel tersa salpicada de granitos de arena y gotitas de sudor que lucen como perlas. Con una mano sujeta un vaso con cubitos de hielo y, como por descuido, ha introducido el dedo corazón en el líquido.


Fermín ya se estaba acercando a mí, pero la chica de febrero le ha hecho pararse como tantas otras veces. —¿Qué te parece? —me pregunta— ¿Cogerá una cogorza la nena si se chupa el dedo? Y Fermín se ríe con los ojos medio cerrados, repasa el cuerpo de la muchacha con su dedo índice, y ahora sí, viene hacia mí, me abre y extrae una ampolla de la cajita de insulina.


Deja mi puerta abierta, y mientras espero que saque algo para la cena para que se vaya templando, se da media vuelta y vuelve al sofá para ponerse la inyección. Tarda mucho en regresar a la cocina, tanto que una plancha de hielo del mi pared interior se desprende, se desliza hacia fuera, cae al suelo y se va deshaciendo.


El charco apenas visible se convierte en una pista de patinaje para las zapatillas desgastadas de Fermín. Del impacto de su cuerpo contra el mío, tiembla la pared. Se desprende el calendario y, mientras la chica de Febrero le hace compañía, Fermín se ausenta definitivamente.

viernes, 12 de junio de 2009

CARTA A MI PRIMER AMOR

     




(no es carta pero podría serlo)

¡Cuánto odié a Isolda cuando descubrí que 'mi' Peter había desaparecido de la juguetería! Faltaba un día para mi octavo cumpleaños y yo llevaba semanas aplastando mi nariz en el cristal del escaparate aprendiéndome de memoria todos los detalles de su pelo rizado de peluche, sus bondadosos ojos de oso, su morro cuadrado y serio. Sabía que en mi casa no había dinero para un capricho tan costoso, y me hubiera conformado continuar así durante mucho tiempo, pero aquel día la sillita de mimbre de Peter estaba vacía.

Busqué con la mirada al tendedero que se había refugiado detrás del mostrador al fondo de su tenebroso negocio; al verme se agachó, más antipático y cheposo que nunca. Me fui, cegada por lágrimas de rabia e impotencia.

Isolda, la niña ricachona de las trenzas castañas, estaría en su lujoso cuarto presentando a Peter a sus muñecas de porcelana y a su escandaloso perro caniche ‘Pip’. Luego sentaría a mi Peter en un flamante cochecito de paseo para tomar el fresco en la terraza de la mansión, bajo la sombra de ese abeto que cada Navidad estaba adornado con miles de bombillas que en la oscuridad parpadeaban por encima del altísimo muro que rodeaba la finca.

Deslicé una tarántula enfurecida debajo de la almohada de aquella niña ñoña que -eso sí- abrazaría en sus últimos momentos a Peter. Al día siguiente sin embargo, su desconsolada madre ordenaría al mayordomo tirar a la basura todos los juguetes para que nada le recordase a su hijita Isolda, y yo pasaría con disimulo a primera hora…

Me quedé dormida, y como se ve en la foto, la historia tuvo un final feliz.

¡Y que nadie se preocupe por Isolda, su madre o el mayordomo! Ya entonces me gustaba inventar historias…

viernes, 15 de mayo de 2009

LA VENTANA INDISCRETA


Hacía ya meses que yo no quedaba con nadie después del trabajo. Compraba de prisa lo imprescindible y me iba rápidamente al apartamento que había alquilado en una urbanización venida a menos. Solía entrar sin encender las luces de mi casa. Me aflojaba la corbata, me quitaba la chaqueta, cogía una cerveza del frigorífico y me atrincheraba en el sillón de la terraza. Enfrente, a la distancia mínima permitida por las ordenanzas municipales, me esperaba cada noche una sórdida función de cine mudo, representada en una ventana estrecha, la de una cocina, y una cristalera enorme que pertenecía a un salón.
La mujer transparente trajinaba siempre en la cocina. Su cabeza se deslizaba por los azulejos y armarios; sus manos -apenas unas veladuras rojizas- aleteaban entre cazos y cucharones. No dudaba de la mezcla de ingredientes o del tiempo de cocción, ni probaba ningún guiso. Iba y venía mientras el medio visillo del ventanuco la tapaba desde la cintura hasta abajo.
El hombre opaco, que en verano se presentaba al atardecer y en invierno, de noche cerrada, daba la luz del salón al entrar. Su boca desdentada bostezaba o anunciaba su presencia. Luego encendía la televisión y se derramaba sobre el sofá como un montículo de tierra oscura. Las cortinas de la cristalera –siempre descorridas- enmarcaban su escenario.
A espaldas del hombre, cuyo bulto opaco parecía moverse por los reflejos blanquiazules del televisor, la mujer transparente salía de su ventana-marco para abrir la puerta del piso a un joven que la acompañaría para recoger una bandeja de la cocina; después desaparecía. Nadie se sentaba nunca con el hombre que cenaba en solitario lo que la mujer le disponía en una mesa de centro.
Hace apenas dos noches, la mujer transparente recogió los cacharros y los fregó. Sin embargo, no comió las sobras que había dejado el hombre en el plato; las tiró a la basura. Limpió la cocina, repasó los quemadores y colgó el paño en su sitio porque tenía su sitio. Apagó la luz y abrió por última vez su ventana.
La próxima semana me mudaré a un curioso piso con vistas a otra casa algo más baja, lo cual ampliará mi ángulo de visión. He sido afortunado en lograr alquilar esa vivienda después de seguir desde un centro comercial a una mujer de edad mediana que vive enfrente con su familia. Su cara promete.