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lunes, 1 de agosto de 2011

EL GRAN VACÍO








Pasada la medianoche fuimos a 'Urgencias' debido a un persistente dolor de barriga de mi marido, tan difícil de valorar en cuanto a intensidad como en su localización ya que lo describía como una presión fuerte y a veces insoportable que se instalaba, desaparecía y reproducía en distintos puntos del vientre, a media altura y medio de lado, a la derecha para él y a la izquierda para quien estuviera enfrente como la jóven médica que lo estaba reconociendo.

A la izquierda también para mí, que estaba detrás de la doctora observando la escena e intentanto captar y compartir su molestia. Siempre he creído que en personas muy unidas esa participación debería ser posible y beneficiosa para el enfermo. Sin embargo al igual que ya me ocurriera con sus dolores de cabeza y muelas incluso en épocas de pleno enamoramiento, cuando entre nosotros existía unión en cuerpo y espíritu -o al menos así me pareciera-, no conseguí un suficiente grado de empatía tampoco sobre la sólida base del desencuentro rutinario de una juxtavivencia apenas sujeta por el sobrecumplido proyecto en común de un hijo de treinta años casi independizado.

¡Nada! ¡No sentí ni percibí nada! A la médica debió pasarle algo por el estilo, porque se levantó y le dio un golpecito consolador en el hombro.

-Vístase, no se preocupe. Allí no hay nada.

-Pero me duele.

-Es que el 'gran vacío' a veces duele.

-¿El 'gran vacío'?

-Justo donde siente la molestia, hay una zona sin nada vital que llamamos el 'gran vacío'...


Al llegar a casa, con recomendaciones múltiples de dieta blanda, ejercicio suave, un jarabe contra el flato y el estreñimiento, etc., mi marido seguía doliéndose si bien con menos convicción, y yo todavía no me había recuperado de mi asombro: ¿es que ahora el gran vacío dolía de una manera oficial y académica?

Por esta regla de tres -¿por qué siempre 'tres' aunque en ese caso se tratara realmente de un (1) concepto compuesto por dos (2) palabras?- por esta regla de tres, decía, el malestar punzante a veces y sordo, completamente inaccesible a la aproximación acústica, en otras ocasiones, que yo sentía desde hace tiempo en una parte de mi ser que mi terapeuta psicológico también llamaba el 'gran vacío', era, pues, ¡un dolor médicamente reconocido!

Las ausencias injustificadas, las películas vistas en solitario, fiestas de fin de año 'sacrificadas' a favor de compañeros con familia -con más familia por lo visto que mujer e hijo- y hasta pizzas enfriadas y lasañas resecadas en el horno... toda esa parafernalia que llenaba a rebosar el gran vacío de mi vida, se me presentó de pronto como dolor cuantificable entre medio y fuerte, y tratable con lavativas y aspirinas o sus variantes de mayor fuste.

Mi marido se recluyó en el aseo y no quiso salir durante un rato largo (la primer recomendación de la médica). Cuando reapareció, murmuró algo de una modestísima mejoría de su 'gran vacío'.

-No habrá aumentado entonces, -diagnostiqué entre dientes.

-¿Cómo dices? -preguntó el doliente camino al lecho matrimonial.

-Como es una ley de física que los gases tienden a ocupar el máximo espacio posible, supongo que se habrá encogido el 'gran vacío' ese tuyo.

-No te entiendo pero eso es normal en tí... -su voz perdió intensidad y el desinterés le aproximó al borde del sueño (otra recomendación de la médica de guardia).

-Yo ya sé desde hace años que... -dejé media frase flotando en el aire como señuelo para que picase.

-¿Qué es lo que sabes desde hace años?

Estaba medio dormido pero la otra mitad se mostraba curiosa.

-¡¡Que el gran vacío duele!! -respondí con teatralidad y mala idea.

Ridiculizada su dolencia particular, me lanzó la habitual acusación menopáusica:

-¿Qué? ¿Otra crisis existencial? ¿Cómo puedes burlarte de algo tan serio? Aquí se trata de dolores de verdad, no de imaginarias carencias emocionales.

Mientras, siguiendo otra de las recomendaciones de la facultativa, había preparado una bolsa de agua caliente y la llevé al dormitorio. Lástima que lo de las 'carencias emocionales imaginarias' hiciera que la bolsa se escapase de mis manos y rebotase en su calva. (Mi marido tiene, según su propia valoración, poco pelo cuando para mí es calvo y punto.) Gritó y, controlando la bolsa con dificultad como si estuviera viva, consiguió colocársela donde le dolía, o sea, en el 'gran vacío'.

Me quedé de pie al lado de la cama, y observándole a él -no al gran vacío que aparte de ser imponderable resulta invisible- pensé que incluso en el improbable caso de que la aplicación de una bolsa de agua caliente aliviase mi tipo de gran vacío, estaría fuera de mi alcance porque en nuestra casa, de equipamiento normal, no había más que una sola de esas bolsas.

Él sostuvo mi mirada esperando quizás una disculpa o explicación del ataque a su calva, pero yo estaba calculando el volumen cúbico de mi gran vacío creado por réplicas monosilábicas y contestaciones cortantes y comparándolo al del suyo delimitado con estrechez entre su bajo costillar, el hueso de la cadera y partes de su anatomía inferior de cuyos nombres no me acordaba.

Llené mis pulmones del aire enviciado del dormitorio sintiendo como ese otro vacío, tan apreciado y vital, me insufló fuerza y energía a pesar de su mediocre calidad. (Apenas me paré a considerar la infinita sabiduría del idioma que al yo 'inspirar' aire, me 'inspiró' unos pensamientos novedosos.) De modo que concebí un proyecto concreto con posibilidad de ejecución inmediata y puse manos a la obra. Encendí la lámpara del techo y al sacar del mueble el maletín pequeño -modelo 'Finde'- lo besé admirando el acierto del nombre que le habían puesto en fábrica porque estaba destinado claramente a acompañarme en la conclusión de mi matrimonio.

-Apaga que no me dejas dormir, -se quejó mi todavía marido.

-Descuida que no tardo, -contesté con plena honestidad y cumplí mi palabra.

Creé vacíos pequeños y medianos entre los calcetinas y las camisetas, elegí unas bragas, un par de faldas playeras y unos vaqueros. Cerré el equipaje y ante un nuevo gruñido quejica del sufridor apagué la luz con lo cual el dormitorio se quedó en la penumbra del amanecer. Eran las seis y cuarto de la mañana de un jueves veraniego del año cincuenta y ocho de mi existencia.

Blindado por los malestares de su 'gran vacío' contra acontecimientos muy cercanos que iban a afectar su futuro a corto, medio y largo plazo, mi casi ex murmuró con los ojos cerrados:

-Cierra la puerta al salir. Sabes que la médica me ha recomendado tranquilidad.

Diligente cumplí las ordenes de la profesional de medicina y evacué sin ruido alguno el dormitorio dejándolo un poco más vacío. Durante unos instantes consideré la posibilidad de escribir una nota dramática y misteriosa al estilo de '...te dejo en compañía de tu 'gran vacío' y voy en busca de compañía para llenar el mío...' pero desistí. No iba a darle la oportunidad de llamarme para que le diera una cucharada de jarabe laxante, ni quise arrebatarle la satisfacción de descubrir por si solo lo difícil que resulta llenar un espacio vacío en expansión permante.






Fácil tampoco me resultó a mí, pero eso ya es otra historia.




viernes, 29 de octubre de 2010

EL NIDO DE LOS LOROS


En el nido de los loros verdes, ¿regirán reglas de cortesía? ¿Habrá turnos de visita, para comer, poner huevos o hacer el amor? La verdad es que son loros chillones, hasta el verde de sus plumas es eso, chillón, y sus voces roncas penetran en la siesta, perforan el ruido de los motores de la autopista cercana, proclaman a todas horas del día –porque ¡benditos sean! son aves diurnas que tan pronto caiga la noche observan un silencio absoluto– su hazaña de colonizar una parte de la costa andaluza viniendo de otro continente.

¿Cómo dices? ¿Que estoy obsesionada con los loros esos? Pues sí, así es. Viajaron en un contenedor desde Venezuela destinados a ser distribuidos a hogares españoles en flamantes jaulas con columpios, pero un gruista inepto –¡bendito sea también él!– hizo que su gran caja de madera se cayera en el muelle del puerto de Málaga y los pajarillos se lanzaran a explorar y a habitar su Nuevo Mundo a este lado del charco. De eso han pasado más de veinte años y siguen procreándose, chillando, volando siempre en grupitos o en bandada, chillando, aterrizando en los árboles donde construyen sus nidos grandotes y desordenados, siempre pregonando su triunfo. Son supervivientes, auténticos vencedores. Cuando pasan delante de mi terraza, les sigo con la mirada y siento envidia de su vuelo, de su camaradería gritona y campechana, del leve zigzag de su ruta. A veces me llego tras ellos hasta su nido en el eucalipto más cercano, donde se encaraman y parecen esperar turno para entrar. Luego ya, el misterio, ¿qué pasa allí dentro? ¿Hay orden? ¿Saludan, picotean a los más débiles, idolatran a los fuertes? ¿Son humanos, al fin y al cabo?

¿Que estoy loca? Pues sí, así es. Si no, ¿cómo se me ocurriría esa comparación? Estoy tomando un cafelito en un bar disfrutando de la compañía de una persona muy amiga. Charlamos sin levantar la voz, nos reímos sin intrigar a los de la mesa vecina, movemos las sillas sin maltratar el granito… cuando el ambiente de tertulia y conversación se rompe. Chillidos, gritos que se acercan, voces agudas y más graves: el colegio cercano ha abierto sus puertas. Pequeños bólidos en cazadoras y plumones de colores llamativos invaden la calle, se acercan; aumentan los decibelios. ¿Pasarán? ¿Irán corriendo a merendar enchufados a la televisión? No hay tanta suerte. Pepito ha invitado a sus amiguitos a celebrar su cumpleañitos. La puerta ya permanece abierta, entran y salen en vuelo rasante; sin parar llaman a otros compañeros de clase más despistados; las madres juntan mesas; la camarera coloca platos –criscras– y vasos –crascris–. Alguien trae la tarta, todos se quieren sentar en el mejor sitio, coger el plato primero –criscris– y que sea suyo el mejor trozo de la tarta –¡Ayyyy! ¡¡Este es mío!!–.

Nosotros nos hacemos señas para ponernos de acuerdo, pagamos los cafés y salimos a la calle que nos parece un refugio de paz y tranquilidad. Atrás queda el vodevil del cumpleaños donde una de las madres levanta una piñata monstruo. Pepito tira de las cintas, los caramelos se caen, y se lanzan los leones. Ellos, definitivamente, pisotean a los más débiles y dejan paso a los fuertes. ¿Son humanos, al fin y al cabo?

Llegada a mi casa observo a los loros que llevan su algarabía a su nido desordenado, y desaparecen uno por uno en su interior. ¿Tendrán reglas de cortesía? Al menos se callan cuando anochece.

lunes, 26 de abril de 2010

EL TECLADO


No hace mucho compré un nuevo ordenador de sobremesa, una superoferta incluyendo el hard, el soft, el monitor con sus altavoces, ratón y teclado.

Ay, el teclado: los primeros seis meses aguantó mi prosa prolífera, mis poesías recuperadas de archivos ‘históricos’ si se aplica el rasero informático que convierte todo con una antigüedad superior a dos años en un ‘érase una vez´. Sin queja plasmó mis interminables mails en letras y palabras bien escritas, colaboró conmigo en trabajos de traducción, permitió que le conectase una tableta gráfica aunque invalidara los paseos de ‘su’ ratón. En fin, tuvimos un romance fructífero, sostenido y lleno de comprensión mutua cuyo recuerdo todavía me llena de ternura.

Sin embargo, un día se estropeó el portátil de mi hijo, y con el desparpajo del retoño único que considera que la propiedad privada no existe, salvo que se trate de objetos pertenecientes a él mismo, el heredero de la familia se trasladó a mi sobremesa, se bajó sus imprescindibles programas de captación de vídeos y música, y se hizo con mi ordenador para contestar mails y pasar ratos considerables en el Messenger. Solo furtivamente, a altas horas de la madrugada o en momentos somnolientos más propios de una siesta, pude seguir acariciando las teclas que antes eran mías y solo mías. Durante un tiempo, todo fue bien dentro de ese orden. Se estableció un matrimonio à trois, un trío-triángulo de uso y disfrute, hasta que el ordenador acusó sobrecarga y se ralentizó a pesar de que el doctor Norton me asegurara que no estaba infectado, que no había yeguada de Troya y que había desfragmentado el disco duro una y otra vez. Claro que el amigo Norton es especialista y no reconoce síntomas caseros: no supo diagnosticar las secuelas del toque de un jovenzuelo, infinitamente más duro que el mío, que golpea las teclas sin piedad siguiendo un sistema sorprendentemente veloz de cuatro dedos a la caza de la letra furtiva. Siendo un chaval de corazón generoso, además compartía las migas de sus bocatas con las teclas, y sólo mantuvo a distancia colas y sprites porque temía el grito de guerra de su progenitora temerosa de encontrarse con un teclado bañado en refrescos azucarados.

Entre la ingrávida coreografía de mis manos entrenadas en años de mecanografiar textos propios y ajenos, y el arrítmico tamborileo de los dedos fuertes y varoniles de mi descendiente, el teclado poco a poco iba tomando partido. Mi suavidad ya no le satisfacía como antes y lo expresaba con toda claridad: simulaba no reconocer las teclas apretadas por mí. Cuando pasé a un segundo nivel de velocidad y apremio, su reacción fue más sofisticada: los miércoles y los viernes se saltaba las vocales, los demás días de la semana, las consonantes, salvo el domingo cuando imprimía con docilidad cualquier cosa menos las terminaciones en –os o –as, una postura políticamente correcta por afectar por igual a ambos géneros, pero no obstante, irritante y confusa.

Por aquellos días empecé una novela, largamente meditada por mí, consultada con íntimos y extraños, prácticamente ya formulada en mi cabeza, incluso corregida en algunos aspectos: iba a ser una novela relámpago, vista y no vista, escrita sin titubeos. El teclado, sin embargo, no consiguió entrar en el tema. Para empezar, cogió manía al nombre del protagonista – Mateo – y le puso una ‘a’ de regalo que se coló en todas las posiciones que le ofrecía ese corto e inofensivo nombre.

Escribí un resumen general y quise pasar a detallar el carácter de Mateao que era lo que tocaba en un primer lugar. El teclado, disconforme al máximo con mis explicaciones, se opuso a su manera, cambió a mayúsculas consiguiendo que me chillasen mis propias frases, me hizo escribir en color blanco, solo admitía cursiva a partir de las tres de la tarde, y finalmente se bloqueó entero y tuve que reiniciar para solucionar el problema. Apretando dientes y teclas, resalté ágilmente el párrafo en blanco y cambié a voluntad al color azul. No reconocí el texto que apareció, pero aún así me impresionaron las letras asiáticas que el teclado utiliza desde entonces sin que nadie –ni los superdotados de la tienda de ordenadores– hayan podido modificar o corregirlo.

Me acabo de comprar un portátil para mí solita, pero mi hijo ya me ha anunciado que me lo cambiará por el suyo cuando esté reparado, porque considera que ese último modelo estará con él en mejores manos, ya que últimamente parece que tengo más problemas que antes con la informática…

sábado, 27 de marzo de 2010

... Y LA GAMBA GIGANTE



Cuando la gamba gigante estiró sus tenazas y atrapó a la luna llena, las luces del paseo marítimo no estaban encendidas y toda la costa se quedó a oscuras mientras un mar sin reflejos lamía con desgana la arena. No quedaba nadie en la playa, y el único bar de la zona acababa de extinguir su letrero de neón. Un camarero somnoliento sacó dos bolsas de basura, echó la llave a la puerta, se montó en el asiento trasero de la moto de su compañera y se marcharon con un suave zumbido de motor. La playa, tan acostumbrada a las luces y los ruidos, se perdía bajo la callada negrura de un cielo nocturno encapotado. Una tortuga extraviada sacó la cabeza del agua y consideró la posibilidad de haber llegado a su destino lejos de la presencia humana, pero en seguida volvió a deslizarse hacia la parta más honda del mar. El aire cambió de dirección y dejó de traer salitre y aroma de algas y peces. La costa empezó a oler a tomillo y romero, tan agradables, mas no hubo nadie para deleitarse con sus perfumes. -Traigo espliego y jara, -cuchicheó la brisa presumiendo como una vendedora ambulante al pasar entre las sombrillas de fibra vegetal. No hubo respuesta; todos estaban pendientes del disco lunar aprisionado por la gamba gigante y oscurecido entre las barbas de sus fauces.

En eso se despertó el perro cortés que estaba durmiendo en un banco del paseo marítimo. No ladró ni habló -es que no resulta fácil hablar con una gamba gigante- sino que se acercó sigiloso y levantó la pata trasera en el palo que sujetaba al molusco.

Profundamente molesta, la gamba intentó en vano coger al perro. Tanto se agitó que soltó a la luna que en seguida se puso a una distancia prudente iluminando la noche con más luz que antes si cabía. El mar recuperó sus reflejos y pinceladas de plata y chapoteó alegre entre las piedras del rompeolas. Una pareja de enamorados encontró el camino a la playa que habían buscado en la oscuridad y se acomodaron en una de las hamacas. Cerca de ellos, se tumbó el perro cortés recordando tiempos mejores.

domingo, 14 de marzo de 2010

MULTITUD SIN COMPAÑIA



"...porque la multitud no es compañía..." (Francis Bacon)


Menuda lata, esas redes sociales: te invita un amigo a participar y –por no hacerle un feo– aceptas; luego resulta que no fue el mismo quien te invitó, sino algún artilugio informático que exploró su listín de contactos y fue mandando invitaciones a todos los que estábamos anotados.

Todavía no te das cuenta de nada pero la malla de la red ya se ha enganchado a las rarezas de tu perfil: ¿Pusiste que te gusta leer? Editoriales, clubs de lectura, tertulias y vendedores de libros de segunda mano quieren ser tus amigos. ¿Expresaste interés en pintura? Te solicitan como miembro de foros pictóricos para que opines sobre Picasso o Goya, al mismo tiempo que recibes publicidad y ofertas por liquidación final de portales de artículos para artistas. ¿Serás capaz de resistir? Pero si nunca has manejado un pincel y lo tuyo es más bien la foto… No hace falta que acabes la palabra, de eso se encarga alguna aplicación diminuta pero más rápida que tus dedos, y ya te está entrando un alud de peticiones y ¿órdenes? para que mires el álbum de Pepe y Lola cuya perra Pochi acaba de parir, para que añadas tus fotos al álbum de Anónimo dándole permiso para usarlas en sus collages, para que…, eso, ¿para qué? ¿Para qué quiero saber que Berto y Yoli son ahora amigos, si no sé quiénes son? ¿Alguien lo sabe acaso? ¿Serán personas físicas o viñetas con ‘nick’ escapadas de un foro ficticio con preguntas prefabricadas y respuestas al gusto del administrador del sitio web? Como me siento perseguida por sus retratos manga y sus marcos en rosa con estrellitas parpadeantes, quiero anular la cuenta, cancelarla y salirme de los bancos de datos de “caralibro”. No, no es posible; solo permite que congeles tu expediente, y el día que decidas volver a activarlo, te encontrarás, estés donde estés, con 1764 mensajes, notas y grafitis en tu muro capaces de matarte de un atracón cibernético.

La solución: cambiar de nombre y apellidos, a pesar del disgusto que se llevarían tus padres; emigrar al Magreb, o sea, en sentido inverso; o no volver a usar un ordenador en los treinta años de vida que según la estadística te corresponden todavía, pero –seamos sinceros– para vivir sin ordenador, ni red, ni web, lo mismo da morirse de una sobredosis de spam. Lo cual me lleva a otra cosa: ¿Sabían que existen cementerios de blogs? … Me lo imaginaba pero de eso hablaremos en otra ocasión.

domingo, 18 de octubre de 2009

LA PIZZA



En otra vida fui masa de pizza. Todavía lo noto cuando intento abarcar demasiados frentes a la vez o tiran de mí para cubrir mentirijillas, disculpas o bulos. Entonces mi cuerpo sólido y macizo se extiende y se vuelve fino y transparente; aparecen fisuras y rotos que no se curan con facilidad a no ser que unas manos hábiles agrupen los flecos y tiras y los vuelvan a integrar dándome un masaje del alma que me sosiegue y fortalezca.

¿Nunca se han preguntado qué siente la masa de pizza cuando vuela encima de la cabeza del pizzero, antes de que la recoja incrustando los dedos en su blandura, aplastándola en la encimera, pasándole el rodillo y estirando su suave piel hasta más no poder porque alguien ha pedido una margarita crujiente? Pues, ese momento es de libertad suprema, un orgasmo aéreo que dura lo que el vuelo, un instante glorioso con la improbable posibilidad de salir planeando por el tragaluz abierto, convertida en ovni comestible –si bien crudo– y quedarse colgada del toldo exterior, justo encima de la calva del comensal hambriento y despistado que tarda en darse cuenta por qué se ríen los de las otras mesas. La dicha sería corta: la fugitiva notaría cómo poco a poco la adhesión del pegamento rudimentario compuesto por harina y agua se iría venciendo por la gravedad, como las ventosas diminutas que intentarían sujetarse a la lona cederían y perderían contacto, y se soltarían precipitando la caída final y definitiva. La aventura acabaría sobre la mencionada calva, cubriendo su desnudez con una mascarilla ligeramente aceitosa y nutritiva, hasta que el pizzero, alertado por los gritos y gruñidos del cliente, la recogería con cuidado, formando con ella una semiesfera abollada destinada al cubo de basura, mientras se disculparía mordiéndose los labios por no ceder al impulso humorístico de una escena digna de Jerry Lewis.

Fue un sueño, por supuesto. Bajo la luz de neón de la cocina de la pizzería, mi cuerpecillo convertido en crêpe crudo yace sobre el mármol donde resbala en la hostil capa de harina que impide cualquier adherencia. Se acerca un cucharón, seguido de un pincel blandenque y goteando, y me aplican un rápido baño de aceite y tomate. Un granizado de queso impacta en mi superficie, seguido de tomate en rodajas y más queso en grumos. Mi base intenta respirar y no puede. Percibo que me atacan por la espalda. Una especie de pala me recoge y mientras viajo un corto trecho, nuevamente convertida en objeto aéreo sin nombre propio, ya me aturde el hálito ardiente del horno. A partir de ahí todo es sufrimiento, tortura y quemazón hasta que mi tierno disco cruja y el queso se abrace llorando al tomate en una fusión tan íntima como limitada en el tiempo, otro símil de actos placenteros que nadie observa ni comenta.

Corto es el respiro de la cama de porcelana; ya se aproxima una rueda segadora que marca y separa trozos triangulares. Una vez aterrizada en la mesa, el destino de una pizza margarita de masa fina es tan conocido como terrorífico, y por piedad no sigamos su camino más allá del pórtico dentado…

No, no me miren así, nunca he pasado por esos trances. Fui encargada para un cumpleaños de chavales y llegamos tarde, el repartidor, mis seis hermanas y yo. Ya habían comido tarta y estaban pinchando globos; nadie quiso pizza. El final se me confunde con imágenes de gaviotas y hormigas que todavía me quedan por asimilar cuando vuelva a mis citas con la psicóloga que se dio de baja maternal justo cuando llegamos a mis recuerdos del vertedero.

viernes, 21 de agosto de 2009

HISTORIA DE LO INEVITABLE





La flor había sido de un blanco puro y bello, con ligerísimas veladuras de rosa partiendo de su centro, ahí donde nacían los esbeltos filamentos, apenas verdes, traslúcidos, que con tembloroso orgullo soportaban sus coronitas amarillas. El viento meció la flor, sus hermanas, las astillas y ramas; las abejas, el polen, todos cumplieron su tarea. Cuando nació, el fruto era minúsculo, una bolita verde con ganas de crecer bajo el sol y la lluvia; se ensanchó, ganó peso, se ruborizó por un lado mientras el otro permaneció amarillo. Imperceptiblemente se fue secando el tallo, se curvó, se dobló. Volvió a soplar el viento y ocurrió lo inevitable: la manzana se cayó en la cabeza de Isaac Newton. Todo lo demás es historia.

jueves, 30 de julio de 2009

¿QUIÉN MATÓ AL GATO?



Balada de los diez nietos de Doña Remigia



El menos arisco de los diez gañanes,
el más canijo de los nietos,
lleva inventando trampas gatunas
desde que empezó a gatear inquieto
entre mesa camilla y el brazo extendido
de la madre primero, y cuando esta se fugó
con un vendedor de ollas, a la abuela se arrimó.
Romualdo, así bautizado en honor
del difunto patriarca, desde siempre fue horror
y castigo de todo felino vecino.
Los cazó en cajas, en hoyos, redecillas,
como regalo para la ‘abu’, que luego a hurtadillas
los hizo alejar de la finca por criados,
y la verdad es que jamás fueron reencontrados.



Su primo, Rasputín, gigante desde la cuna,
creció con temor a las mascotas de la casa,
que paseando de noche con y sin luna,
le sorprendían in flagranti con las manos ocupadas
en menesteres prohibidos, no obstante placenteros.
Sobresaltábanle sus ojos verduzcos, luminosos
que de improviso se encendían bajo el perchero,
al pie de la cama, magnificados por el espejo…
Rasputín los sigue temiendo y no es buen candidato
si buscamos al autor de ese vil asesinato.


Papiniana es otro personaje curioso
del elenco de los nietos, cada cual más morboso:
en plan oficial es cantante y actriz
a pesar de poca voz y una fea cicatriz
que la marca desde su tierna infancia,
apenas salida de la fase de lactancia,
cuando un gato celoso o en celo o ambas cosas
hincóle las garras en sus mofletes de rosa.
Ajusticiado por orden de la abuela el gato,
mimada la niña, que nunca fue cisne siempre pato,
ya crecidita se fue a vivir a Barcelona
donde se desviste en el bar “La Bella Ramona”
y baila en plan seductor cada noche…
nunca viene a visitar, tiene pisos y un buen coche.


Arcadio es banquero, Gumersindo barrendero,
Domitila casó con un rico heredero
de propiedades en ultramar y se fue para allá.
Segisfredo y Siglinda, gemelos inseparables,
cambiaron de sexo y son tema innombrable
en casa de la abu quien ya de niños
pocas veces les daba muestras de cariño.
Se libran de la sospecha por paradero desconocido
y sus nombres ya cayeron en el más hondo olvido.


Ataúlfo estudia de manera autodidacta
el pasado de la finca, de terruño y comarca,
excava en el monte, horada bajo tierra,
descubriendo ajuares en llanura y sierra,
esqueletos humanos y animalescos…
¿Se le ocurriría a él colar los restos
de un felino fallecido hace miles de años
para fastidiar a la vieja quien con aires tacaños
impidió que estudiase en la capital lejana
la carrera de arqueología que él tenía muchas ganas
de absolver cuando el bachillerato acabó,
ilusión que la abu con indiferencia ahogó?


De la lista de los díez, solo resta una nieta,
la que vive con la abu desde que un suflé de setas
a su novio le cortó las expectativas de vida
que tampoco eran tantas por ser artista,
acróbata circense, saltador y trapecista.
Desde entonces Cesárea lleva el peso de la casa,
cocina para la abu, Ataúlfo y Garcilasa,
que así se llamaba la gata extraviada,
atigrada, enorme, vigilante, prepotente,
amante de arroz con leche condensada,
que exigía dormir tres horas de siesta
en cama de Cesárea, más mártir que nieta.

EPILOGO
Doña Remigia no sufrió ningún amago de infarto,
pero lloró a mares, casi resbaló en el enorme charco
de lagrimones de luto por su último gato.
Luego comió alfajores, tomó bicarbonato,
acostóse a descansar y soñó un paraíso felino,
presidido por Garcilasa, su querido minino.
-Ven, abu, -en sueños entendía su idioma-
desde la cocina huelo el delicioso aroma
de arroz con leche, tráeme un plato.

Y doña Remigia se fue a atender a su gato…

Más nietos, gatos y ¿asesinatos? en : http://xqsabes.spaces.live.com/blog/

viernes, 10 de abril de 2009

MI GOZO, EN UN POZO...


“MI GOZO, EN UN POZO…”

A un pozo, lo siento, yo no tiraría nada
por estar ecológicamente concienciada
.
Con este pensamiento me fui a sestear
y sentí que me hundía en el pozo de pensar.

Dentro del pozo, ¿qué es lo que encontré?
De pronto nada, pero los pies me mojé
y chapoteando entre agua y fango
vi al Rey Rana bailar un grotesco tango.

–Croa, croa —me invitó a soltarme el pelo—.
Esperaba a una princesa con gran anhelo,
pero el tiempo pasó y hoy toca visita
de la reina abuela, Doña Doroteíta.

–También fui princesa –le dije encendida–,
sin que nadie lo supiera durante toda mi vida…
Ni el príncipe azul que consiguió mi mano
y se convirtió con los años en un vil enano.

Mi reino, es verdad, lo conquistó mi nuera,
y es como si en mi casa yo nadie fuera.
Por eso aproveché y salté al pozo
para convivir contigo, pegajoso mozo.

–Déjese de historias –bramó el batracio–,
como ve aquí dentro hay poco espacio.
¡Haga lo que vino a hacer, señora,
y béseme ya, sin rodeos ni demora!

Se puso muy cerca sobre un saliente,
acercó sin recato su boca sin dientes,
cerré los ojos y lo besé, lo confieso…
y sentí junto a mí un cuerpo bien tieso.

Entre párpados miré: un tío cuadrado
con grandes ojos verdes, justo a mi lado,
casi desnudo, dispuesto y juguetón;
sonriente su boca en un ancho mentón.

Después vi sus nalgas, sus piernas, sus pies,
porque al escalar para arriba me mostró su revés.
Mientras, hervía el charco de renacuajos
que lloraban por su padre, tan joven, tan majo.

Entre dos parpadeos he salido del pozo
y me entregaré feliz al vespertino gozo
del sábado bloguero, al que espero
aceptéis mi ripio, inspirado y sincero.


viernes, 3 de abril de 2009

PASADOMAÑANA

PASADOMAÑANA

­–­Tengo una mata de aspirinas. Me ha echado de pastillas… ¿Quieres un esqueje?

–No tengo sitio, wapa, mi botiquinero está repleto. Con lo de mi marido, tengo mediplantas por toda la casa. Hasta he llevado los últimos libros a la laboriteca para reciclar. Al fin y al cabo, ¿para qué sirven? La lecturilampa te lee en voz alta cualquier cosa que pidas por cable.
–Pues, yo he liquidado la mía, porque cada vez que ponía el intercambiador de aire, cogía unas ronqueras que no se le entendía. Además tenía voz de eunuco, no me gustaba.

Pssssssssss…

–¿Qué ha sido eso? ¿Has vuelto a traer una de tus robobispas?
–Claro que no, como el otro día te pusiste tan histérica por un pequeño calambre… Son palabralas. Las he visto salir zumbando por la chimenea de la laboriteca. El vigilapantallas de allí me regaló hace poco una fregona parlante. Por eso sé que han cruzado crónicas de guerra con relatos de miedo y les han salido unos lingüiyectiles incontrolables.
–¡Cuánto peligro tienen los libros! Y nosotros conviviendo con ellos durante años y años…
–A veces es mejor no saber qué hay tras las puertas de un armario.
–¡Para el bipatín! Me quedo aquí. Hay un ofertón de cereales congelados, con casileche y prelavado de cuenco.
–Vale. Pásate un día de esos a primera hora y nos hacemos unos análisis juntas.

jueves, 19 de marzo de 2009

NADA

¿NADA?... Ehem… ¿Ya estamos en el aire? Buenos días. Nos complace… Tenemos que… Ehem…

Resulta que hoy abrimos el Telediario con una noticia insólita que se resiste al vocabulario habitual de este informativo hablado e ilustrado. NADA, no ha pasado NADA. Y no lo valoren como sinónimo de poco o de apenas NADA porque se trata de la carencia absoluta de todo ser que es como nuestra Real Academia define la NADA. Diríamos que ha ocurrido la ausencia de los acontecimientos si una ausencia puede ocurrir ya que queremos decir que no ha ocurrido NADA. Para que comprendan la magnitud de la noticia, les daremos algunos ejemplos: No han nacido novillizos, ningún asteroide se ha arrimado a la tierra, no hubo actualización de la cifra de parados, no se han registrado bajas en las contiendas actualmente activas ni hay ningún caso nuevo de nepotismo municipal, y completaremos esta ronda comentando que desde ayer ni siquiera NADAL ha ganado NADA.



Para los que prefieren una imagen a cien palabras, pondremos durante veinte segundos un fondo de pantalla de color carboNADA. …

[20 segundos]...

¿Convencidos? No se pueden ni imaginar la papeleta que nos ha caído aquí en el programa de “Noticias”: NADA más enterarse de la situación, la directora de contenidos, EncarNA DAvídez, ha sufrido una crisis de ansiedad acompaÑADA de bocaNADAs, y los jefazos están reunidos desde esta mañana en un lugar desconocido de GraNADA para hablar de la gran NADA. Si en los próximos 24 horas no se reaNADA la normalidad, es posible que contraten a un grupo de geos retirados para que animen la fiesta en algún lugar. Nosotros, los bustos parlantes, no podemos hacer NADA, lógicamente, y en el doble sentido de la palabra, si me entienden.

Y para termiNADA, permítanme que salude a mi apaÑADA cuÑADA SusaNA DAniela. Lo siento, Susi, finalmente has sido gaNADAdora del concurso de las empaNADAs –NADA por aquí, NADA por allá– pero si quieres, nos encontramos mañana en la playa de la enseNADA y nos vamos a NADAr.

lunes, 9 de marzo de 2009

ANUNCIO MUSICAL


Se busca piano de cola resistente a los tiempos que corren. Debe estar dispuesto a actuar a la intemperie, pernoctar bajo las estrellas y dar cobijo entre sus patas a un pianista en saco de dormir. La ubicación del instrumento –que podría resultar itinerante– todavía está por decidir ya que los tres metros cuadrados de acera adjudicados al pianista por ser oriundo del lugar están siendo disputados por un hindú encantador… de serpientes y una vendedora de ramitos de hierbas con denominación de origen. Para prevenir quejas y reclamaciones por parte del piano, se advierte de una fuerte predilección del músico por tocar en horas de trabajo piezas reconocibles por los transeúntes ya que eso estimula la entrega de donaciones al mismo. Se garantiza afinación al menos una vez al mes, limpieza impecable, un trato muy familiar y la oportunidad de viajar y ver mundo. Absténganse teclados electrónicos y manubrios, representantes de colecciones de discos y sopranos mayores de treinta y cinco años.

sábado, 24 de enero de 2009

UN LUGAR DE MI COCINA




En un lugar de la cocina que no aparece en ningún anuncio televisivo, habita un solitario ser descolorido y apocado que se formó en una fábrica como pasta de hélice con sabor a espinaca. Desde el principio tenía como toda su familia un espíritu algo retorcido -que todo hay que decirlo- pero su aventura propiamente dicha comenzó cuando hizo puenting sin goma, mientras sus hermanos, primos y compañeros se deslizaron por el tobogán del envase a un cazo de agua hirviente. Rebotó en el tirador de un armario y saltó por los aires; dado el efecto aerodinámico de sus surcos helicoidales podríamos decir que voló, pero fue en descenso, en picado casi, y tocó fondo estrellándose contra una baldosa. Fiel a su color verde de camuflaje, tuvo el reflejo de dar volteretas escapándose del campo abierto, de ese campo de batalla del suelo de la cocina patrullado incesantemente por dos zapatillas enormes de movimientos parejos y olor indefinible. La penumbra de los bajos de un mueble acogió al fugitivo que se acurrucó a la sombra de una columna corta pero maciza. Al rato apareció un ser hirsuto, rectangular y guiado por un instinto diabólico. Sus tentáculos, filas de cerdas fuertes y tiesas, registraron el claro delante y detrás de las zapatillas y luego se inclinaron metiéndose en la zona oscura, si bien ya con cierta indecisión. Sonó un timbre, el peludo se paró en una esquina y hubo una invasión del espacio horizontal por parejas de zapatos de varios tamaños que quedaron moviéndose a cierta distancia del suelo, en medio de una aglomeración de columnas de madera alrededor de un techo central, mientras elementos metálicos chocaron contra platos y ruidos indefinibles resonaron desde lo alto. Con un esfuerzo extremo, la pasta de hélice consiguió rodar en dirección contraria a la claridad y se ubicó en ese lugar entre pata de mueble y pared, de cuya existencia pocos saben y donde hasta la fecha permanece, si bien nunca ha superado del todo el trance de ser la única superviviente de un paquete de pasta Gallo de quinientos gramos.

miércoles, 22 de octubre de 2008

CÓMO USAR UN GRIFO DE AGUA


En los habitáculos humanos suele haber al menos dos espacios dedicados al culto del agua: el recinto llamado cocina, un lugar acondicionado para lavar y emplear ingredientes y utensilios del arte de preparar los alimentos y de su consumo, y el cuarto de baño, también denominado aseo o servicio. Ahí el agua se dedica a refrescar y limpiar los cuerpos de los viviendícolas, y se usa para eliminar cualquier rastro de nuestra necesidad fisiológica de expulsar restos indigeribles. En esa habitación también se encuentra un artilugio ideado para eliminar, con ayuda del agua, manchas y malos olores de los tejidos usados bien para disimular la desnudez de nuestros lampiños cuerpos, bien para decorar y embellecer los hábitats.
Sea cual sea en cada caso el nombre concreto y específico de esos santuarios del agua, el apreciado líquido, imprescindible para la celebración de rituales matutinos, vespertinos y hasta nocturnos de limpieza o su uso gastronómico, llega hasta ahí dirigido y protegido por conductos cilíndricos de largas extensiones, convenientemente ocultos en los muros y paredes de las construcciones llamadas casas. Desde hace ya tiempo hemos conseguido que dentro de esas tuberías se establezcan presiones considerables, permitiendo y/u obligando el agua a subir y ascender por su interior hasta llegar a los extremos abiertos. Desde ahí, el líquido saldría imparable, mojando e inundándolo todo, si no fuera por el invento que nos ocupa: el grifo.
Donde el agua manaría de la boca del conducto como una ingenua fuente natural, se encuentra, pues, con un tope hermético compuesto por laberínticos recorridos interiores y juntas de goma. Su brillante cuerpo metálico exterior, con frecuencia terminado en aspa giratoria —existiendo también los variantes tipo pomo, rueda y mando abatible—, corona el último tramo del caño, y su localización habitual es encima de una pila apta para recoger los sobrantes. Cualquier grifo que se precie, posee compartimentos internos o esclusas que estrangulan el flujo del líquido y retienen su empuje hasta que una mano más o menos autorizada manipule el mando. Para ello sólo es necesario aferrar la pieza terminal y girarla en sentido opuesto al lado preferido de los zurdos, maniobra sencilla y al alcance de casi cualquiera (lo cual abre la puerta, o sea el grifo, al abuso infantil o manejo descuidado). Abierto de este modo el paso del agua, esta empieza a fluir con un chorro sostenido y regulable hasta que el grifo es girado a la inversa, procedimiento éste que corta su salida.
Para los no iniciados, la disponibilidad de agua a voluntad conlleva una fuerte dosis de magia o al menos, de lujo extraordinario. Hay anécdotas según las cuales personas acostumbradas a la escasez de agua o a grandes penurias necesarias para acercarla a sus viviendas, llegaron a desmontar grifos de baño y cocina con la ilusión de llevarse de este modo el milagro del agua ‘portable’ además de potable…


(Instrucciones de uso de lo cotidiano, no traducidas del japonés)

martes, 21 de octubre de 2008

LA VIDA SIN MANDO


CÓMO SOBREVIVIR SIN MANDO DE TELEVISIÓN

Nacemos en posesión de un mando mágico para manipular a nuestro entorno. A las pocas semanas de vida, cualquier bebé sabe con qué volumen de lloro, intensidad de color de cara o avance rápido de los movimientos de sus miembros, consigue el biberón, el pañalito limpio, una caricia, un paseo etc. Con el tiempo sin embargo, los receptores de los esclavos caseros pierden afinidad con nuestras emisiones: lloramos y nadie aparece, queremos pasear y pretenden engañarnos con el vaivén de los muelles del cochecito… finalmente nos aparcan delante del televisor para que los dibujos animados nos entretengan, calmen o hagan dormir. Analizada la situación no tardamos en entender que el mundo volverá a ser nuestro en cuanto dominemos cierta botonera multicolor.

Ha pasado el tiempo, llevándose consigo, entre otras cosas, los paletones del primo golpeados contra la mesa en una lucha por el mando a distancia. Hemos aprendido mucho y aceptamos la jerarquía familiar en cuya cúspide se encuentra el hermano que tenga en su mano el cetro electrónico del que hablamos. Pero un mal día, el artilugio deja de funcionar. En vano cambiamos las pilas, sacudimos el mando, golpeamos el televisor y apretamos enchufes. El técnico consultado por nuestra madre, dicta sentencia tras explayarse en jerga profesional: es una reparación costosa y el receptor tan antiguo que no vale la pena. Sin palabra de aliento va y cuelga, y el chasquido del teléfono secciona definitivamente nuestro telecordón umbilical.

La primera solución casera es acercar el sofá al televisor para alcanzar los botones con la mano, pero de inmediato nos damos cuenta de que la imagen no se ve tan nítida como a mayor distancia. Acto seguido obligamos al segundo más joven de la casa, chico raro donde los haya porque nos ha salido lector, a que se siente al lado del aparato y ajuste la programación según los deseos de su familia mientras sigue leyendo. Normalmente un chico obediente y temeroso de la mano larga de su hermano mayor, o sea yo, esta vez se rebela y se refugia en la cocina porque dice que le duele la cabeza. El cargo pasa al más pequeño que todavía no domina bien los números y se equivoca tantas veces, que al final somos nosotros quienes le mandamos a la cocina para que no moleste. Mi hermana sugiere que cada vez que queramos cambiar de canal, lo echemos a los dados y que se levante quien pierda. Sin motivo aparente gano cinco veces seguido, y ella se mosquea y va la cocina para quejarse a nuestra madre diciendo que soy un tramposo.

En circunstancias normales, la posesión en exclusiva del televisor un sábado por la tarde sería una auténtica gozada. Intento sacar provecho a pesar de la contrariedad existente y me enfrento al zapping de alpargata: en el descanso del fútbol me levanto para pasar a una película, me levanto para esquivar el bloque de publicidad sintonizando un canal musical, y me levanto para volver a la película de la que sólo me gustan las escenas de acción, de modo que durante los diálogos vuelvo a levantarme para echar un vistazo al concurso de palabras cruzadas. Cuando me levanto por duodécima vez empiezo a notar agujetas; me quedo junto al aparato, mirando la pantalla de cerca, pero el listillo tenía razón y me empieza a doler la cabeza. Además se están riendo en la cocina como si lo pasaran en grande.

Me asomo, y ahí están, jugando a un estúpido juego de mesa. El pequeño, formando equipo con nuestra madre, está ganando, y en seguida descubro la razón: los otros dos se enzarzan en ridículas luchas fraternales en lugar de atacar a los que van en cabeza. Me siento con ellos y al poco tiempo la partida se va equilibrando. —¿Y la tele? —parece que pregunta mi madre. —La he apagado, —contesto y me como dos peones de los suyos.

(Instrucciones de uso de lo cotidiano, no traducidas del japonés)

lunes, 20 de octubre de 2008

LA LEY DEL ÓPTICO


CÓMO DECIDIRSE POR UNAS GAFAS

Te encuentras en la tienda del óptico, un experto en el arte de vender cristales correctores a personas con defectos de visión. Con anterioridad has pasado por la trastienda, donde el técnico te obligó a mirar a través de lentes de varios tipos y a descifrar casi a oscuras una serie de absurdas combinaciones de letras de tamaño decreciente. De este modo, el acoplagafas ha determinado grosor y características de los cristales más aptos para ti y, una vez regresados a la sala de ventas, te ofrece silla y espejo para que procedas a elegir la montura. 

Deslumbrada en más de un sentido, te enfrentas con una gran oferta de marcos gemelos de un tamaño algo mayor que la órbita del ojo, unidos por un puente para acomodar la nariz, y portadores, a través de dos articulaciones abatibles, de sendas patillas laterales que acaban en medias lunas destinadas a fijar la montura detrás de las orejas. Como el carraspeo del óptico expresa cierta impaciencia, eliges al azar un modelo redondo y te lo pones. Desde el espejo te mira una cara con mejillas infladas y ojos diminutos, por lo que te quitas la montura —ya que descartar tu rostro no está dentro de tus posibilidades— y seleccionas otra, más rectangular. Innegablemente, te da un toque asiático de ojos achinados, lo cual está de moda pero no te convence. La siguiente opción resulta ser una montura especialmente grande, de esas que lleva la secretaria cinematográfica, supuestamente fea, que al quitarse las susodichas gafas y soltarse el moño, cortacircuita la libido del jefe, que tras balbucir diminutivos, acaba hundiendo su barbuda cara con gafas en esa melena rubia liberada de horquillas… 

¡Alto ahí, rebobinemos! ¿Qué tipos de gafas llevan los habitantes de la planta de los jefes? Te sumerges entre patillas y marcos, y extraes del montón un modelo de tamaño intermedio, con filo metálico dorado y pequeñas incrustaciones laterales. ¡Bingo! El espejo se convierte en el cristal mágico de Blancanieves y te asegura que eres la más guapa del reino. Un segundo vistazo te lo confirma: estas son tus gafas porque con ellas tienes mejor aspecto que nunca. Nada ni nadie te va a hacer cambiar de opinión, ni el precio siquiera que —como descubrirás—no entra en el descuento colosal anunciado en el escaparate. ¿Quién te manda tener el gusto tan refinado como para decidirte por una montura de diseño con nombre francés? Ahora paga y disfruta, o acepta un modelo cutre pero rebajado, que ensancha tus mofletes y minimiza tus ojos. Está en tus manos y por supuesto, en función de tu bolsillo. 

Unos días o incluso semanas después te darás cuenta de un curioso efecto secundario de ese modelo de gafas de alto coste: te abrirá nuevas perspectivas poniendo en su sitio los precios desproporcionados de otros artículos. Observándolo a través de unas gafas de este tipo, un abrigo puede costar un múltiplo sin que su precio sea realmente abusivo, y eso sin hablar de un pequeño, pero moderno chal de visón, o de un no tan pequeño pero igualmente moderno sofá de cuero. Todo depende del ángulo visual.

(TEXTO: Instrucciones de uso de lo cotidiano, no traducidas del japonés)
(FOTO: http://www.modasol.com/general/10consejosparacomprargafasinfantiles/ )

miércoles, 15 de octubre de 2008

CÓMO PROCRASTINAR



Si nos hemos levantado con un cierto malestar producido por la retahíla de nuestras obligaciones en voz de Pepito Grillo, lo primero es cumplir a rajatabla con el ritual matutino, refrigerio incluido. Y mientras observamos el remolino del café que, agitado por la cucharilla, gira y gira en la taza cual derviche enloquecido, nos acordamos de un DVD sobre esos bailaores en trance y vamos a la salita para buscarlo. Resulta que lo encontramos enseguida, pero a punto de colocarlo en el reproductor, los chirridos coléricos del saltamontes moralista nos recuerdan que el tema no nos interesa en absoluto, y regresamos a la cocina para planificar el día.

Parece que aquí no ha pasado nada, pero sin darnos cuenta acabamos de perder una excelente oportunidad de procrastinar, vocablo de sonoridad difícil y escaso uso, y cuya definición en el diccionario sabelotodo de la RAE es tan escueta como incompleta: dilatar, aplazar… En una enciclopedia inglesa, sin embargo, la palabra equivalente, o sea to procrastinate, se explica con mucho más detalle: “Dedicarse a actividades secundarias, muchas veces placenteras, aplazando la ejecución de asuntos urgentes, lo cual produce sufrimiento”.

De momento, pues, hemos evitado ese sufrimiento, diríase, pero también sufrimos —y no poco— al observar el rascacielos de platos sucios que emerge del fregadero. Urge telefonear al técnico del lavavajillas, pero una tarea obligatoria como esa llamada incita de una manera natural a procrastinar. Por ello, nos retiramos al office, y conectamos el ordenador a ver si hemos recibido algún correo electrónico. Después de participar en dos encuestas de internet, una sobre champús para caballero y la otra sobre la eficacia de nuestro servidor telefónico, pasamos a redactar una carta de amor que no tiene destinatario, por lo cual la tercera lectura nos deprime de tal modo que Pepito Grillo —por cierto bastante enfadado y ronco— consigue reconducir nuestra actitud. Ya tenemos el auricular en una mano y el número del técnico en la otra, cuando nos damos cuenta de lo sucio que está todo el teléfono. Mientras lo limpiamos con alcohol y palillos de algodón, nos enchufamos al MP3 para escuchar música y silbando nuestras melodías favoritas es más fácil que nunca desatender al ortóptero criticón.

Hasta aquí incluso los novatos en el arte de procrastinar habrán detectado el método casi infalible que nos protegerá contra la eficacia: se trata de dejar rienda suelta a la fantasía y seguir cada uno de esos pequeños impulsos creativos, lúdicos o simplemente juguetones que nos asaltan a lo largo del día. Ganaremos en alegría y diversión, pero claro, también hay un cierto riesgo: Hacienda no prolonga los plazos porque hayamos procrastinado en exceso, la tía abuela Daniela es capaz de morirse tres días después de su cumpleaños, con lo cual nos pesará para siempre jamás no haberla felicitado a tiempo, o sea, mientras vivía, y nuestros hijos seguirán nuestro ejemplo con tanto ahínco que dedicarán sus horas de estudio a la videoconsola y sufrirán —y nosotros con ellos— en la época de exámenes.

A veces, entre sufrimiento y sufrimiento, sin embargo interviene un ente bondadoso. Acaba de llamar el técnico del lavavajillas para preguntarme el modelo de mi electrodoméstico averiado.
—¿Cómo sabe que…? —balbuceo confusa ya que había aplazado esa llamada por estar desfragmentando el disco de mi ordenador.
—Me llamó su madre, señora —me contesta imperturbable el experto—, y me acercaré por la tarde… si me lo permite un rompecabezas de 5000 piezas que estoy montando en mi salón desde hace una semana.

(Instrucciones de uso para lo cotidiano, no traducidas del japonés)