domingo, 7 de junio de 2015

MIRADAS (25)



(25ª entrega)



Lo mismo pensé a la mañana siguiente, cuando llamé a casa desde una cabina pública. No había nadie, y tardé en colgar el teléfono. Durante el desayuno había decidido quedarme unos días, pero por supuesto necesitaba ropa y dinero, y había querido pedirle a Manu que me lo trajese. Por lógica, debería estar en el instituto, pero yo había tenido la esperanza y al mismo tiempo el temor de que estuviese en casa, porque solía tolerar malamente las situaciones de crisis. De nuevo no sabía qué hacer, si volver o quedarme con lo puesto.
- ¿Qué? ¿No hay nadie?
Su voz tenía ese tono inexpresivo con el que hacía preguntas para evitar que fueran demasiado personales.
- No, parece que no. – dije y juntos volvimos al coche. Mientras arrancaba, soltó una risotada diciendo:
- Mira, tengo una idea disparatada. Ya que no hay nadie, ¿ por qué no te llevo a tu casa, recoges lo que te haga falta y dejas una nota para tu hijo. ¿Qué te parece? ¿Demasiado rocambolesco?
Estaba a punto de reírme con él, pero me había hecho a la idea de poderme cambiar de ropa, y de no tener que pedirle dinero hasta para llamar por teléfono, así que me callé. El fumador interpretó mi silencio como rechazo, y dijo con la voz más serena:
- Tienes razón, parece el guión de una telenovela.
Pero yo estaba pensando en otra cosa:
- La escritura manual no se me da bien últimamente, - dije y le pregunté: - ¿...te importaría?

Por supuesto que no le importaba, y aproximadamente una hora más tarde metía poco a poco el coche en el garaje del bloque de apartamentos donde yo vivía. Me acompañó hasta el ascensor, y no fue fácil convencerlo para que me esperase en el coche y me dejara subir sola, pero no quería arriesgarme a un encuentro entre él y Pedro.
Desde el ascensor a casa fui sin problemas, pero nada más abrir la puerta, me tropecé con unos zapatos que estaban en medio del pasillo y por poco me hubiera caído. Noté que el corazón se me había subido a la garganta, y me paré en seco recordándome a mi misma que esta era mi casa, y que tenía que ser capaz de orientarme en su desorden acogedor. Con cuidado cogí un taburete de cocina que tenía ruedas, y lo empujé delante de mi hasta el dormitorio. Allí busqué un bolso de viaje que curiosamente estaba exactamente donde debía. Lo llené con ropa interior y algunas otras cosas, y estaba cerrando el armario cuando escuché que alguien venía por el pasillo. Casi se me escapó un taco, pero no fue Pedro ni tampoco Manu.
- Estabas tardando tanto que empecé a preocuparme, - dijo el fumador sin esforzarse por resultar convincente: - Además no habías cerrado la puerta de entrada; cualquiera podría haber entrado al igual que yo. – Con eso me quitó el bolso de la mano.
Ahora que sabía que era él, me hubiera gustado agarrarme a su brazo, pero algo quedaba por hacer.
- Tengo que poner la nota en el cuarto de Manu, - le expliqué abriendo la puerta.
Silbó entre los dientes.
- ¡No des ni un paso más! – me sujetó con la mano: - ¡Vaya, desorden!
El cuarto olía a cerrado y a zapatillas de tenis que seguramente estaban tiradas por el suelo, así que le di la nota pidiéndolo que la dejara donde más llamaría la atención.
Volvió enseguida, salimos del piso y llegamos al garaje sin ver a nadie, pero cuando puso el coche en marcha, me acordé del dinero que había querido llevarme y que se me había olvidado. Probablemente hice un gesto de contrariedad, porque paró de nuevo, y me preguntó:
-¿Qué te pasa? ¿Se te ha olvidado algo?
- Quería llevarme algo de dinero. No es lógico que tengas que pagar tú todo el tiempo.
Su respuesta sonó completamente impersonal:
- Si tanto te desagrada, tendremos que volver, pero ¿crees que vale la pena?
No podía decir que sí, porque yo estaba contentísima de que habíamos llegado al coche sin encontrarnos con Pedro o con Manu.
- Pues, entonces....., - su voz había recuperado algo de su timbre habitual.

Volvió a arrancar el coche, pero nada más salir del garaje se paró de nuevo.
- Por la derecha viene una mujer de unos treinta años con un bebé en brazos. Parece que quiere hablar contigo.
Bajé un poco la ventanilla.
- Hola, - saludó encantada la vecina, y yo estaba segura de que hacía todo lo posible para ver quién estaba conduciendo: - ¿Ha vuelto? Anteayer su hijo la estaba buscando.
Se calló, y yo intenté ser lo más brusca posible.
- Sí, - dije sin más, - como puede ver, he vuelto.
Pero no iba a ser tan fácil.
- ¡Dios mío!, - exclamó: - ¿Qué ha pasado con su cara? ¿Se ha dado un golpe?
 Empecé a cerrar la ventanilla.
- Sí, sí, me he caído, - murmuré: - Pero no ha pasado nada. Hasta pronto.
- Hasta pronto. – La oí decir bastante perpleja, mientras el coche se puso en marcha por enésima vez como me parecía, pasando con algo más de velocidad por el bache de la salida, y girando a la derecha.
- Podrías haberme presentado como tu primo, el del pueblo, - intentó bromear el fumador, pero parecía estar pensando en otra cosa. Hubiera querido preguntarlo en qué, pero luego se me ocurrió que había sido la primera vez que alguien nos veía juntos, y que a lo mejor hubiese preferido continuar sin ser visto, porque con ocasión de sus visitas siempre lo había evitado.
Cuando al rato rozó mi rodilla con su mano, se tensaron mis músculos como en un reflejo, y él volvió a quitar la mano.

Fuimos durante un tiempo en silencio, hasta que noté que el ruido del tráfico disminuía, y cuando se paró se oía el murmullo de las olas del mar.
- ¿Estamos en el mismo sitio que ayer? – pregunté por hacer un comentario distendido.
Pero él dejaba que se extendiera entre nosotros ese silencio tenso y extraño. Cuando finalmente dijo: - Debería explicarte unas cuantas cosas.... – su voz no era abiertamente contrariada, pero yo intuía que iba a decírmelo porque se sentía bajo la obligación de hacerlo, y me acordaba de las innumerables veces en las que Pedro me había forzado a explicarle cosas que para mí no debían ser explicadas. Y me sentía tan bien en la compañía del fumador que realmente no necesitaba saber más de lo que él quería contarme sin presiones de tipo alguno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario