sábado, 30 de noviembre de 2019

Convocatoria del 5 de Diciembre: UNA MANO AMIGA





UNA MANO AMIGA


Seguramente a ti también te ha pasado: En una situación de gran tensión, tristeza o apuros, alguien se te acerca y te da ánimos; un olor a helado trae recuerdos de la infancia; un árbol a contraluz baña tus ojos en verde y notas cómo descansan...

Es como si te tocase una mano amiga y así se llama mi convocatoria de este 5 de Diciembre. Espero que los relatos vuestros inicien unos tiempos felices y nos hagan recordar y presentir que siempre hay una luz por pequeña que sea.

Las reglas como siempre... y les pido que sean generosos con su tiempo y esfuerzo: su relato puede ser para alguien ese toque positivo que tanto necesitaba.
Un abrazo agradecido
Dorotea



Os doy la bienvenida a mi blog y las gracias por haber venido... Comienza el desfile de relatos alentadores:















sábado, 16 de noviembre de 2019

CIRCO

Casi no llego... La función va a empezar. Espero que os guste y haga sonreír.
Un abrazo












lunes, 4 de noviembre de 2019

CONVOCATORIA DEL 7 DE NOVIEMBRE: ACTIVIDADES INSÓLITAS






Queridos:

Estamos cada vez más propensos a hacer y aceptar cosas insólitas. Hace años ya que nos parece de lo más normal que alguien se tire de un puente dejando que su vida penda de un hilo... de goma. Apenas llama la atención que unos millionarios ya hayan reservado unas semanitas de vacaciones en la MIR. Vemos en YouTube que familias con y sin medios, en lugar de emplear a una niñera, colocan al recién nacido bajo el babeante hocico de un sabueso y filman con cámara automatizada el desarrollo de una gran amistad. La lista de actividades insólitas e ideas atroces llevadas a la práctica es interminable y llega a los embarazos de venerables señoras septugenarias en un país tan superpoblado como la India.

Y eso solo es la cara amable de la locura diaria: hay otra, sádica y cruel, que saca lo peor de personajes ya por sí siniestros y convierte la vida de los demás en un infierno

Vengan, cuéntennos lo que han sido, son o serían sus actividades insólitas, lo que hicieron o harían si pudiesen...

Pulvericen sus 350 palabras para ponernos a los lectores el pelo de punta o la miel en los labios describiendo un sueño o una locura hecha realidad y mándenlo al blog de una servidora.

Y de paso perdonen la tardanza de esta convocatoria que se escapó de la jaula de oro de mi mente hasta que una gran amiga me llamó gentilmente la atención.

Un abrazo otoñal,
Dorotea


Pasen, pasen, el espectáculo va a comenzar:


CAMPIRELA


ALFREDO COT




ALBADA DOS



MOLÍ DEL CANYER



DOROTEA



NEOGÉMINIS



TRACY




DEMIURGO




Gracias, compañeros, por haber aportado vuestros relatos "insólitos". Espero volver a veros pronto en mi blog que se mantiene vivo y -espero- interesante con la ayuda de mis amigos jueveros.

Un abrazo
Dorotea


domingo, 3 de noviembre de 2019

ACTIVIDADES INSÓLITAS: UN PEREGRINAJE




UN PEREGRINAJE

El viaje en avión entre Alemania y España es hoy un salto en el tiempo de dos horas y media. Sin embargo allá en el '72, mi llegada a este país fue una odisea en tren y autobús de dos días y medio...

Cuarenta años más tarde y con muchos sueños incumplidos en mi mochila, mi hijo me regaló los billetes para un peregrinaje de vuelta: Málaga - Múnich, 36 horas ¡¡EN TREN!!

Emocionada me subí a media tarde a mi vagón, llevando una pequeña maleta, bocatas y agua, y empecé el viaje disfrutando de viñas y olivos cuyas formaciones geométricas perseguían la vía igual que antaño. Apenas presté atención a los demás viajeros cuyo concierto de llamadas al móvil fue dominado por la fuga de Bach y Elton John.

El nocturno de Madrid a París sin embargo no me decepcionó: compartí banco y luego literas con dos princesas Masaí embarazadas a punto de romper aguas lo cual impidió que yo -acostada en la litera más inferior-  pegara ojo en toda la noche. Cuando una de ellas finalmente rompió, por suerte solo fue a llorar porque echaba en falta a su grueso príncipe oscuro que el revisor no dejaba viajar en el compartimento femenino...

Llegué de madrugada a la Gare du Nord donde se hizo inevitable una visita al excusado público regentado por un personaje amorfo que repartía el papel higiénico según superficie a limpiar. Justo delante de mí una señora se lo tomó a mal, y en su enfado llamó a la policía, pero quienes llegaron a paso ligero fueron seis soldados de color en traje de camuflaje, fusil en ristre y totalmente anónimos tras sus gafas de sol. Como por arte de magia, todos los de la cola se calmaron, también la señora rebelde, y aceptaron sin rechistar el reparto papelero...

Tuve que esperar hasta pasado mediodía (ya llevaba 24 horas de viaje) a la salida de un tren que tenía miles de paradas previstas pero cuya locomotora se rompió nada más salir de París; todavía se veía a lo lejos la Torre Eiffel... Parados en el andén de un poblacho minúsculo, pasamos 3 horas a 30° grados, se agotó el agua y todo tipo de refrescos, hasta que llegó la máquina de repuesto.

Con un retraso descomunal el tren se arrastraba entre campos y bosques. El hambre y la sed iluminaban el paisaje con fogonazos de tormenta. Cuando empezó a llover bajamos las ventanillas y sacamos lenguas y pañuelos.  Por falta de batería ya no había móviles funcionando y nos contábamos nuestras vidas o unas historias de miedo sin que hubiera mucha diferencia entre unas y otras.

La llegada a Múnich hizo chirriar los frenos y la falsa proximidad de los viajeros saltó por los aires. Pero, ¡qué viaje tan fantástico, estrambótico, absurdo y satisfactorio! El libro de apuntes lleno de dibujos y notas, ¡los recuerdos, imborrables hasta ahora!

Repetiría mañana mismo si alguien me regalase los billetes.

domingo, 15 de septiembre de 2019

CONVOCATORIA DEL 19 DE SEPTIEMBRE: PISA MORENA...





Se acabó lo de andar descalzo, los flipflop se rompieron y hasta las sandalias se retiraron al fondo del armario.

"¡Zapatos al frente!"

Y quien dice zapatos, dice mocasines, tenis, tacones y plataformas, manolitas y botines...
No se olviden de las botas de siete leguas, del elegante zapatito de cristal de la Cenicienta...



Espero que nos presentéis relatos o cuentos en cuyo desarrollo aparezca un zapato, dos zapatos, muchos zapatos o la ausencia de los mismos.



Pisad fuerte, compañeros y compañeras, como la morena de la canción; medid los "pasos" que no deberían superar los 350 e intentad llegar a mi blog entre el jueves 19 y el sábado 21.

Os espero con un taconeo virtual y un abrazo
Dorotea



ADELANTE, UN PASO AL FRENTE O UN GIRO DE BAILE, ESTAMOS ESPERANDO:

































GRACIAS POR VUESTRAS BRILLANTES IDEAS Y POR EL TIEMPO QUE HABÉIS DEDICADO A MI PROPUESTA

HASTA PRONTO
UN ABRAZO
DOROTEA






sábado, 14 de septiembre de 2019

PISA MORENA...: EL MOCASÍN VERDE





EL MOCASÍN VERDE


Fue al salir del centro comercial cuando empecé a cojear. Uno de mis pies había crecido y no cabía en el mocasín verde que llevaba puesto. ¿Mocasín verde? Me paré en seco en medio de la calle que estaba cruzando. Un taxista que tuvo que frenar me puso bastante más verde todavía mientras –de un salto impropio para mi edad y volumen- alcancé la acera de enfrente.  Intenté volver en seguida pero los conductores cegados por el color esmeralda del semáforo próximo no se metieron para nada en mi papel de peatón despistado, de modo que tuve que esperar. Incluso hubo tiempo para sentarme en un banco y mirar detenidamente mis pies: el de la izquierda estaba envuelto de mi zapato de siempre, un utilitario negro y desgastado que ni sentía… El problema era el otro, un mocasín verde que se abrazaba desesperado a mi pie derecho: un número menos de lo que suelo calzar; un modelo de gusto cuestionable, infantil, con flecos y borlita; le faltaba seriedad y le sobraba color: verde que te quiero verde… En mi vida me había puesto un calzado verde. Por si era poco se me estaba hinchando el pie que adquiría por momentos un insano color rojizo-morado y se salía por los bordes formando unos feos rodetes. Pero la cosa se iba a poner peor.

Sin venir a cuenta, el pequeño zapato verde me lanzó un improperio.
-¡Golfa!, -chilló con rasposa voz de cuero teñido, -Ladrona, ¡mi dueño me va a tirar a la basura y a ti te va a matar!

Miré alrededor pero no había nadie cerca que podría haberme gastado una broma. Era el zapatito color hierba que me había insultado. Sintiéndome ridícula y algo mareada, le respondí.
–Fue un error, –dije contenida y por lo bajini– te cogí por equivocación y tu dueño lo entenderá. Además, ¿por qué iba a tirarte a la basura?

El mocasín verde se retorció como si le dolieran las costuras.
–Me tirará porque estás sudando y él no soporta el olor a sudor.

Grité porque con su gesto había estrujado todos y cada uno de los veintiseis huesos de mi pie derecho y, con rabia, di un pisotón en el suelo.
–Ayyy, –se quejó a su vez el mocasín– no me hagas eso, ¡que me rajo por abajo y tú te irás al carajo!
Los dos nos quedamos callados, yo sorprendida por sus dotes de poeta  y él porque acechaba mi reacción achinando dos agujeritos de la lengüeta que debieron servirle de ojuelos.

–¿Cómo es  que sabes hablar?  –pregunté tímida.
–¿Cómo es que sabes entenderme? –me espetó nada pacificado.

Hice una respiración profunda para serenarme. No era posible que estuviera discutiendo con un zapato que no era mío siquiera. Di un rápido repaso a lo que había comido y bebido en las últimas veinticuatro horas sin encontrar nada sospechoso, ni setas asiáticas, ni bebidas alcohólicas de garrafón; había dormido unas siete horas; nada que explicase un brote de locura. Agachándome como quien no quiere la cosa, hice lo que procedía: saqué mi pie del mocasín que empujé debajo del banco, y comencé a andar, coja pero libre, y al fin y al cabo el coche no quedaba tan lejos. A los pocos pasos sin embargo noté que algo me frenaba. Una mano cálida me había agarrado del brazo y otra mano, bronceada y fuerte, me mostraba un calzado verde tipo mocasín sujetándolo a pocos centímetros de mi cara.
–Se le ha olvidado un zapato, señora, –dijo un hombre casi joven y de buen ver, apenas disimulando su sonrisa irónica. –No querrá ir por ahí sin él, ¿verdad?

Le agradecí su gesto y me calcé la herramienta de tortura verde que volvió a hincarse con deleite en mi piel hinchada. El desconocido se fue cruzando –ágil como una liebre-  la carretera donde en ese instante los semáforos abrieron de nuevo la veda para la caza del peatón. Me quedé mirando su avance y puse un pie tentativo en la calzada. Otro taxista –¿o sería el mismo?– me avisó del peligro tocando la bocina y me eché para atrás. En la acera de enfrente, un hombre bajito y rechoncho no tuvo tantos miramientos. Se lanzó entre los vehículos, dio unos saltos y dos carreras, y se plantó delante de mí.
Su mirada acusadora se clavó en mi calzado adoptivo.

–Señora, este mocasín de diseño italiano y factura manual es mío. Y ese mamotreto maloliente que me vi obligado a calzar le pertenece con toda seguridad a usted.
Señaló con una mano pequeña y muy cuidada a su pie derecho que, enfundado en un elegante calcetín de ejecutivo, estaba… descalzo.

Los dos levantamos la vista escrutando el firme de la calzada, y ahí estaba abandonado entre la marea de los coches como una conchita en la playa: mi utilitario zapato marrón tirando a negro se había quedado en medio, y vapuleado por los vehículos, recibió delante de nuestros ojo uno, dos y hasta tres empujones de los coches que pasaban.

Percibí un murmullo a la altura de mis pies. Como respuesta di una patada con el pie izquierdo al derecho. –Te callas, –dije entre dientes– o vas a hacerle compañía.

El tipo semidescalzo me miraba fijamente pero su cara –antes hostil y prepotente– iba ablandándose hasta parecer la de un hombre de unos cincuenta años desconfiado y serio.

-¿Ha visto? -susurró lleno de orgullo, -es un zapato inteligente donde los hay. Sabe latín.
-Pffffhhh, -el mocasín no estaba de acuerdo– ¿cómo voy a saber idiomas muertos si tú nada más chapurreas el inglés y eso que es lengua viva?
–Es joven todavía, –se adelantó a disculparlo su dueño– se excede… aprenderá…

Sin darme cuenta habíamos retrocedido unos pasos de la calzada, y el borde del banco me dobló las rodillas, de modo que me senté.
-¿Es un experimento? -se me ocurrió preguntar.
Como el otro continuaba de pie tuve que levantar la mirada hacia su cara.
-¿Tiene un chip electrónico?
Luego se me ocurrió una idea más probable y eché un vistazo alrededor sin descubrir nada sospechoso.
-¿Es una cámara oculta?

Desde su altura artificial, el semidescalzo me observó con renovada hostilidad.
-No sé de qué me está hablando, no soy consumidor de televisión basura…
El mocasín rebelde soltó una risita que disimuló rápidamente con una tosecilla. Ni le hicimos caso.
-Es simplemente un zapato inteligente, -su dueño aprovechó la aparente diferencia de altura para mirarme con arrogancia.

Buscando una solución iba a deshacerme de la ranita con flecos cuando en medio de la carretera mi zapatón recibió otro llantazo, se elevó por los aires y aterrizó en la cubierta de una furgoneta que lo secuestró para siempre jamás. El del calcetín de ejecutivo se había dado media vuelta y juntos observamos atónitos el espectáculo.

El banco se tambaleó cuando el dueño del mocasín verde se dejó caer sobre el asiento.
-Y ahora, ¿qué? –me preguntó muy serio y con aire de reproche.
-Y ahora, nada...
Me agaché y me quité el zapato robado. Cuando se lo quise dar, el tipo soltó un chillido.
-Lo ha deformado. ¡Está el doble de ancho!
Lo tocó apenas con la punta de los dedos, arrugó la nariz y retiró la mano.
-Además huele a sudor.

En las arrugas de la lengüeta verde apareció una sonrisa sarcástica.
-Te lo dije, reina, -se burló el mocasín.

La escena me estaba cansando.
-¿Lo quiere o no lo quiere? –pregunté cortante.
El rechoncho se encogió de hombros.
-No lo sé, -murmuró indeciso.
-¿Que no lo sabes? – El modelo manufacturado tembló con rabia y casi se me cayó al suelo.
-Cinco días que llevo aguantando que me acuchillen tus uñas… me raspen tus durezas… me desequilibren tus pasitos de profesora de baile…
-No solventes nuestros problemas en público, -le reprendió su dueño cogiéndolo con firmeza y sacudiéndolo como para eliminar cualquier resto cutáneo mío.

Con alivio observé que se calzó su insufrible zapato, y se levantó, pero como parecía que esperaba que encima le diera las gracias, abrí los ojos y miré al suelo. ¡Qué alegría reencontrarme con el aspecto desgastado y deslucido de mis zapatones, grandotes, comodones! Tenía los pies cruzados como siempre, y ¡bien calzados que estaban! Pero, ¿entonces?

Un camarero vestido con un uniforme verde estaba de pie junto a mi mesa, y se dispuso a servir el moca sin azúcar que le encargaría antes de quedarme traspuesta, agotada por las compras del primer día de rebajas. En la otra silla junto a mí se amontonaban varias bolsas de papel y plástico.
Con aprensión vi al menos dos de una conocida zapatería, y antes de recuperar el estado de normalidad sorbiendo el humeante cafelito, abrí con disimulo las cajas: sandalias marrones en una, un par de botines negros en la otra… nada de verde. Aun así acerqué mi cara y cuchicheé: –Eh, ¿qué pasa?
Un tranquilizador silencio –apropiado para zapatos- fue la única respuesta. Cuando me enderecé, el camarero había vuelto para traer un pastelito de crema y me observaba con compasión… –Hace mucho calor –me dijo antes de desaparecer él también.

sábado, 3 de agosto de 2019

HISTORIA DE UNA ENANA




HISTORIA DE UNA ENANA


Después de siete años de matrimonio de conveniencia, siete años de arduos esfuerzos matrimoniales entre primos que se aguantaban a duras penas, los duques finalmente estaban de buena esperanza. Él pasó el embarazo ducal rodeado de su corte, cazando y bebiendo, mientras ella, ¿cómo iba a ser de otra manera?, sufría todas las molestias naturales de su estado. Su mejor compañía fue como siempre su bufona, embarazada como ella, una enana de cara angelical rodeada de rizos rojizos, de tez blanca y grandes ojos verdiclaros. Su pequeña estatura soportaba una gran joroba y arrastraba su pierna derecha que era bastante más larga que la otra.

A la enana, Tomasina, encargada de entretener a su ama con saltos y cabriolas, se le adelantó el nacimiento y tuvo un precioso hijito, sin desperfecto alguno. Apenas un día después también la duquesa se puso de parto. Pasaron muchas horas y ante las complicaciones que se presentaron, sus médicos iban perdiendo la confianza de poder salvar ambas vidas. Desesperados recurrieron a métodos más incisivos y finalmente la duquesa inconsciente expulso a una niña que apenas respiraba y que venía algo maltrecha, torcida y jorobada.

Sus sirvientas ya lo tenían todo previsto. La lavaron y vistieron y en un abrir y cerrar de ojos, el ama de llaves entró al dormitorio de la bufona, justo al lado de los aposentos ducales, dejó a la recién nacida en la cuna y regresó con el varoncito que pedía teta.

Tras la puerta cerrada, el mayordomo retuvo a punta de cuchillo a Tomasina que se negó a aceptar el cambiazo y defendiendo los intereses de su dueño y señor, el fiel criado acabó degollándola declarando su muerte como secuela del parto.

El heredero del ducado se crió hermoso y fuerte y siempre en compañía de su hermanastra que como bufona de su corte iba con él a todas partes. Nunca supieron del enredo de su nacimiento.


La estatua de ella se encuentra en el "Jardín de los Enanos" de Salzburgo, Austria, y la historia no es verídica pero bien podría serlo.