viernes, 3 de julio de 2020

Este jueves, un relato: LA ESCALERA





HISTORIAS DE LAS ESCALERAS DE MI VIDA


Un escalón de piedra en la penumbra que  baja al lavadero,
sumergiéndose en una densa burbuja de jabón y humedad.

Dos escalones de madera reseca llena de grietas
que hacen bailar motas de polvo apasionadas.

Tres escalones en curva pulidos como la seda
por doscientos años de roce de suelas.

Cuatro escalones combados y quejicas de madera negra
que tiemblan aunque nadie los use ya.

Cinco escalones de mármol blanco con vetas grises y rosas
invitando al vals de reyes y princesas.


Doscientos escalones de hierro forjado
que guían en espiral hasta lo más alto de la torre.


Sigan escalando con María José


jueves, 25 de junio de 2020

LA MUDANZA DEL ORO






Al llegar a casa de mi hermana en Alemania para ayudar en la mudanza que iba a ser el punto de partida de una nueva vida en España, me di cuenta enseguida que algo le pasaba.
-Estás paliducha, ¿qué te ocurre?
-No encuentro el oro.
También yo me estaba poniendo blanca.
-¿El oro? ¿El de la mudanza? ¡¡Pero si viene el camión dentro de tres días!!

El "oro" eran unos 140 gramos de oro de 24 quilates que en nuestra infancia un vecino nos había ido regalando por aniversarios y Navidades como reserva para el futuro. Con los vaivienes de tres mudanzas dentro de Baviera y entremezclado con un montón de enseres heredados de las dos abuelas, multiplicados por la colección de mil muñecas antiguas de mi hermana, el oro estaba tan bien guardado que no sabíamos ni ella ni yo dónde estaba...

¡Nos volcamos! Pasamos horas diurnas y nocturnas buscando frenéticamente revolviendo sótanos, habitaciones, maletas y bolsos, mientras empaquetamos y ennumeramos cajas de mudanza llegando a contabilizar 135. Y de todo hubo menos un lindo estuche con la vista de la Plaza de San Marco de Venecia que en su interior guardaba una bolsita que a su vez...

Llegó el día de la mudanza y al amanecer el transportista granadino aparcó su monstruoso camión en la entrada y se fue con los ayudantes a tomar café. Ojerosas y trasnochadas dimos un desesperado repaso a los últimos muebles, un escritorio antiguo y un armario negro.

-¿Qué le decimos?
La voz de mi hermana se quebró.

-Será qué le digo yo, -le respondí de mala manera, -que yo sepa tú no hablas bastante español como para decir nada.

Al ver que se le saltaron las lágrimas, yo, arrepentida, quise darle un pañuelo de papel. Saqué una caja de Kleenex del armario negro y mientras los ojos se me pusieron como platillos, ahí detrás estaba Venecia, la Plaza de San Marco, el estuche, y dentro, confirmado por mis dedos temblorosos, 140 gramos de oro, o sea, ¡la mudanza y algo más!

A partir de ese momento, no me separé del estuche. Iba en mi bolso de mano y ese en la cesta de la merienda. Confieso que lo vigilamos por turnos cuando íbamos al baño.

El granadino se fue con nuestros muebles y cosas sin pedir ni un adelanto. ¡Qué buena gente! Unas horas después, mi hermana, su marido y yo nos despedimos de los caseros, y con el coche abarrotado nos pusimos en marcha: Baviera, el Lago de Constanza, Suiza, el sur de Francia, la frontera española. Mi hermana conducía y yo, siempre con el cesto sobre las rodillas, siguiendo al GPS, guardaba el oro o así lo creía...

Pasado Alicante quisimos tomar café en una gasolinera, cuando a nuestro lado se paró un coche negro y se acercó un hombre joven con un gran mapa desplegada que puso sobre el borde de la ventanilla mía. Hablaba alemán con un fuerte acento del este y nos hizo unas preguntas sobre Torrevieja. Luego recogió su mapa, dio las gracias y se fue corriendo a su coche.

Cuando quisimos pagar el café, había desaparecido del cesto el monedero de mi hermana, con todas sus tarjetas, carnets y cien euros. Celebramos el robo con vítores y aplausos, llamé la Guardia Civil y pusimos la denuncia. Todos se extrañaban de nuestras sonrisas de tontos. Extranjeros, dirían, chiflados...

Nadie sabía que el monedero había tenido a escasos centímetros un vecino italiano, el estuche veneciano con todo nuestro oro. Una fuerza mayor debe haber interpuesto su mano o su voluntad asegurando que nuestra mudanza llegara a buen fin.

Ni siquiera yo podría haberme inventado un enredo así. Toda la historia es verdad, os lo juro.


jueves, 18 de junio de 2020

HOMENAJE A BENEDETTI





.... donde la indiferencia sea una palabra obscena... (Mario Benedetti)

Y es que la indiferencia no solo es una palabra sino una actitud obscena. Nos desnuda de la vestimenta de marca, nos deja sin peinado de peluquería, sin joyas de diseño, sin labios de bótox y otras lindeces.

Desde que te fuiste, Mario, el mundo se ha vuelto turbio porque le falta la claridad de tu verso. Se ha evaporado la frescura de tu discurso y al cambiar tu habitat a las páginas de los libros quieren relegarte al olimpo de los poetas premiados pero muertos.

Sin embargo tú haces mucha falta en las tertulias de los mayores y las reuniones de los jóvenes iluminándolas con la chispa de tus ojos y tu sonrisa socarrona que tanto sabía del dolor y aun así seguías enamorado de la vida y de todos nosotros, salvo de los indiferentes que ni odian siquiera porque no perciben sentimiento alguno.

Más de cien años antes, el poeta peruano Federico Barreto escribió un soneto que encaja con tu texto y que todavía se canta así:

"Ódiame por piedad yo te lo pido
Odiame sin medida ni clemencia
Odio quiero más que indiferencia
Porque el rencor hiere menos que el olvido"

Pues descuida, Mario, para ti nunca habrá indiferencia ni odio tampoco sino la ternura y el amor que nos dejaste en tu obra.

Un abrazo allá dónde estés


Vuelvan con Mónica de quien fue la idea.





sábado, 13 de junio de 2020

FIN DE LA CONVOCATORIA DEL 11 DE JUNIO: BOTICAS Y ALGO MÁS.





Botica: palabra antigua, cálida y amable, que suena a remedio y consejo y que incluso tiene olor, el de las hierbas medicinales...

Habéis despachado 17 maravillosas recetas contra la tristeza y la soledad. Gracias de todo corazón por ser tan generosos con vuestro talento y tiempo.

Para concluir, otro remedio, no por virtual menos sincero: ¡un abrazo desde las tierras malagueñas!

Dorotea


PD. Y paso el testigo juevero a Neogeminis. A ver qué tema nos prescribe.

jueves, 11 de junio de 2020

EL SEXTO SENTIDO





EL SEXTO SENTIDO

Durante muchos años trabajé en una farmacia. La jefa, Doña Susana, que me conocía desde niña, me empleó recién salida del instituto, me mandó a una academia donde hice unos cursos, y ¡ala! a atender al público, eso sí, siempre bajo su estricta vigilancia.

El trabajo me encantaba; en mi tiempo libre seguía estudiando y pronto me sabía los nombres de tropecientos medicamentos y sustancias activas. Localizaba con gran facilidad los productos que los clientes pedían bien fuera en los enormes cajones sobre rieles o en las estanterías que llegaban desde el suelo hasta el techo. En aquellos tiempos en las farmacias los ordenadores se limitaban a la facturación y al control del stock; todavía no existían toboganes tipo caracol que escupieran cajas y cajitas desde el interior de la botica según se pidieran por código de barras o números de referencia.

Doña Susi (después de estar 8 años con ella, me permitió que la llamara así) ya confiaba en mí, se quedaba descansando  en la rebotica e incluso iba a tomar café con sus amigas. Nunca hubo ninguna queja;  yo descifraba velozmente las  observaciones jeroglíficas anotadas por los médicos privados o localizaba  pomadas aunque estuvieran guardadas en los recovecos más insospechados de las estanterías.

Fue por aquel entonces cuando se me manifestó un curioso sexto sentido clarividente que al principio me asustaba  bastante: nada más entrar un cliente en la botica, me venía como un flash a la cabeza el nombre de la medicación que iba a pedir. Mientras sacaba de su bolsillo la prescripción o la cartilla, yo ya corría al almacén, rebuscaba en el cajón y regresaba al mostrador para entregarle lo pedido. Cobraba y veía como se iba el cliente, a veces algo extrañado, pero nunca molesto porque ¿a quién le importa ser atendido con rapidez y acierto?

Al principio solía contrastar lo que los doctores habían mandado y lo que yo despachaba "intuitivamente" por si no coincidiera... pero no pasó nunca y me fui relajando. Miraba al cliente que entraba por la puerta  y me encaminaba a la rebotica mientras él o ella todavía buscaban las recetas en el bolsillo del pantalón o el monedero. Tan rápida era yo que Doña Susi acabó por prescindir de la ayuda de su marido y poco después se divorció de él si bien no creo que yo tuviera algo que ver con ese hecho.

Pasaron los años. Doña Susi aumentó de circunferencia y apenas salía ya de la rebotica. Yo era la reina de la farmacia y nos iba tan bien que la jefa incluso pensaba en reformar la tienda y el almacén. Ibamos a cerrar quince días y reabrir con un novedoso sistema multidigital de localización de medicamentos, tobogan incluído.

Sin embargo un martes santo se abrió la puerta y entró un señor muy mayor, tan frágil que parecía transparente, en cuya mano temblaba la arrugada receta de un cardiólogo que pasaba consulta particular al otro lado de la ciudad. Nada más ver al anciano yo lo tenía muy claro y me encaminé a la rebotica. Regresé con un tubito de pastillas y se lo quise cobrar antes de envolverlo.

El viejecito -una vez depositada la prescripción sobre el mostrador- rebuscó en sus bolsillos hasta localizar unas gafas tipo culo de botella. Se las puso y leyó con mucha atención el nombre que venía en la cajita. Luego se sonrió y meneó la cabeza.

-Ay, ¡qué malas consejeras son las prisas! señorita, -dijo- esto no es lo que el cardiólogo me manda, sino todo lo contrario.

Me devolvió las pastillas y se quedó esperando a que se las cambiara. Miré a sus ojillos cubiertos por bruma de persona muy mayor, y tenía más claro que nunca que era eso lo que debía tomar y no lo que me estaba pidiendo.

-Cuánto siento, -contesté finalmente- tanto la confusión mía como el hecho de que no tengamos en stock lo que me pide. Y lo dije muy bajito porque en la rebotica se habían cortado los leves ronquidos de Doña Susi y noté dos pinchazos en la nuca donde através de la cortina mi jefa me estaba clavando su  mirada acusadora.

Quiso la mala suerte que tuviera que repetir mi contestación para que me entendiera el viejo quien con cara crispada se iba acercando cada vez más al mostrador mientras que a mi espalda se agitaba la cortina de flecos que separaba la tienda del almacén, agarrada por la mano de la farmaceútica cuyo anillo de brillantes lanzaba destellos enojados.

Finalmente, tras haberme encargado el medicamento en cuestión -del cual había varias cajas en la trastienda-, el anciano se marchó con pasos temblorosos pero dando un portazo que desmentía su edad.

Doña Susana -yo sabía que nunca más iba a permitirme llamarla de otra manera- partió con su voluminoso cuerpo la cortina de flecos y salió afuera como si de una fregata se tratase.

- ¡¡Josefa!! ¡¡Ya me estás explicando por qué no le has despachado al señor dándole lo que te pedía!!

Lo tenía todo perdido porque la verdad era  inadmisible... pero nunca me han gustado las mentiras.

Cuando acabé de contarle aquello de mi capacidad clarividente, mi exjefa señaló la puerta. Se sentía traicionada, para ella yo - cegada por mi arrogancia- había puesto en peligro a sus clientes... No recuerdo qué más me echó en cara antes de empujarme fuera de la farmacia.

Al día siguiente fui a cobrar el finiquito que Doña Susana me pagó sin mirarme a la cara. No estaba sola: su exmarido estaba detrás del mostrador llevando nuevamente su bata desteñida y echándome unas sonrisas sarcásticas.

Salí a la calle; respiré a fondo. A los pocos pasos me crucé con el anciano de la receta del cardiólogo.

-Señorita, imagínese, el médico me había mandado un medicamento equivocado, hasta peligroso para mí. ¡Qué suerte que no lo tuvieran en stock!

Con estas palabras se metió en la farmacia. Y yo cogí el bus al ferial donde había un circo. Lo tenía muy claro. ¡Sí, qué suerte que a partir de ahora me dedicaría a la clarividencia!


domingo, 7 de junio de 2020

Convocatoria del 11 de Junio: Un cuento de botica





Hola, amigos y amigas:

Una encuesta reciente entre las 17 personas que forman mi círculo no virtual sino físico sobre un tema de absoluta actualidad ha dado como resultado que el comercio que más veces han visitado durante el confinamiento no ha sido Mercadona ni Lidl sino la farmacia de su barrio...

¡Olé! Pues de farmacias va el asunto y que sirva de homenaje a los que nos despachan remedios y consejos a partes iguales y que durante estos meses pasados siempre han tenido sus puertas abiertas a nuestras preocupaciones.

Os pido un relato de botica, verdadero o inventado, gracioso o serio... ¡Animados que el tema promete!

Apoyada en el mostrador os esperaré de jueves a sábado, contaré las palabras... o las pesaré. No lo tengo decidido todavía.

Un abrazo
Dorotea
















AMANDO SPH


































viernes, 22 de mayo de 2020

SUSPIRO EN BLANCO Y NEGRO







SUSPIRO



Una barca encallada

entre ayer y hoy

que la corriente apenas mece

ya no lleva pasajera.

Me he bajado y sigo a pie

a mi destino, 

ese lugar sorpresa

de escalera de caracol

a la siguiente aventura.


Continúen leyendo en la casa de Mónica.