jueves, 14 de febrero de 2019

Este jueves un relato: LA VERDADERA HISTORIA DE (SAN) VALENTÍN




LA VERDADERA HISTORIA DE (SAN) VALENTÍN

Cuando su madre estaba de parto, Miguel -cuya cabeza medía algo más de la media- se hizo de rogar.

-¿Qué pasa, doctor? -siseó la parturienta que se había preparado a conciencia para dar a luz y no comprendía el poco ritmo del asunto.

-Va lentín, va lentín... -contestó el médico apesadumbrado y se fue al cuarto de ahumados a fumar un cigarrillo.


Una vez en el colegio, resultó que Miguel, además de cabezón, no era de los más listos. Como el padre no cesó de interrogar al maestro sobre el desarrollo académico de su vástago, el tutor -con un gesto a medio camino entre la paciencia y la exasperación- intentó conformarlo:

-El chaval es voluntarioso, -dijo- pero va lentín, va lentín...


A estas alturas nuestro héroe ya tenía el mote más asociado a su persona que su propio nombre y eso no cambió cuando se echó novia que, reunida con sus amigas en charlas de tocador, lo elogió con fervor.

-¡¡¡Va lentín, va lentín!!! -Y ante la envidia de las otras, entornó los ojos y se rió por lo bajini. -¡¡Es un sol, ese Valentín!!


Sigan disfrutando en el blog de nuestro querido amigo Pepe

miércoles, 6 de febrero de 2019

LA VIDA DE LOS OTROS




EN LA MESA DE AL LADO

-¡Ni el sofá del salón ni el perro! Aunque pensándolo mejor, el perro, sí, que llora mucho, casi como tú...

-Contención, Carlos, que estamos teniendo un encuentro para buscar soluciones amistosas.

-Pues faltan algunos amigos de ella, muy amigos, diría yo -gruñó el otro.

La mujer se sonó y dijo: -El sofá es para tu hijo, sabes que se pasa la tarde sentado con el portátil, o a lo mejor no lo sabes porque nunca estás en casa.

-Trabajando a todas horas para que no os falte de nada.

Ninguno prestaba atención al ¿abogado? quien formando con las manos una "T" pedía tiempo en off. Acto seguido la mujer cogió el bolso y se fue al aseo del restaurante.

-Carlos, así no avanzamos.
El jovencísimo abogado sacó un cigarrillo electrónico y lo chupó con nerviosismo.

Carlos cogió su móvil que estaba sonando, se levantó y empezó a hablar mientras se alejaba.

El abogado llamó al camarero: -¿Hay menú?
Ante la respuesta afirmativa
pidió tres platos del día.

La mujer volvió, se sentó y le dijo: -Rodri, ¿no querrás que te paguemos la comida?

-No, Ana, no, solo lo que os toque por la cuota de abogado de oficio.

Carlos regresaba sin prisas mientras Ana y Rodri esperaban en silencio.

-Dame la lista de los muebles que quieres quedarte.
Miró la hoja y ante el asombro de los dos, se echó a reir y rompió el papel en trocitos que lanzó al aire.

-¡Carlos! -se escandalizó el abogado.

-Tengo copia, -escupió Ana.

-Te puedes quedar todo, pero me llevo la cama.

-¿¿La cama?? Pero...

-Para que no te revuelques en ella con tus amantes, puta, que eres una puta. Me acaban de llamar y me lo han confirmado.
Con eso, Carlos se levantó y se marchó corriendo.

Ana sacó del bolso una copia de la lista
y se la dio al abogado. Sin decir nada más, se fue calle para arriba.

El camarero trajo tres platos de potaje que el abogado pagó y se comió, uno tras otro.

En el aparcamiento, Carlos y Ana estaban besándose en el coche al lado del mío. Quizás la cosa fue a más, pero arranqué enseguida, no sin antes escuchar como ella decía:

-¿Has visto su cara? ¿Y como fumaba? ¡¡Se lo ha creído todo!!


dfb feb19

miércoles, 30 de enero de 2019

CENA MEDIEVAL






CENA MEDIEVAL

Con cada bocado, el vestido que había escogido del perchero de disfraces de la época se tensaba más; no fue mi talla desde un principio y ahora, después de una hora de entrantes y tapas calientes, me estaba agobiando. Al igual que la treintena de mis compañeros de mesa yo tenía la cara enrojecida y la grasa del pata negra restregada por las mejillas mientras comía a destajo porque el segundo turno ya estaba visitando las mazmorras del castillo.

Busqué consuelo en un vaso del vino de la tierra y alargué la mano hasta el pan. Justo cuando un sabroso choricillo al infierno me acariciaba el paladar noté que la presión del corpiño aflojó de golpe: unos botones habían salido disparados dando en algún blanco (¿de ojo?) y hubo un breve alboroto al otro lado de la mesa.

Me centré en el ágape y como ya había abierto una brecha en la celosía de los pinchos de morcilla, fui a mi siguiente objetivo: la  pirámide de croquetas que hace pocos minutos me había puesto a tiro un fornido muchacho en atuendos medievales, panty incluído. Todos alrededor de la mesa comíamos y hablábamos al mismo tiempo y la marea de decibelios subía y bajaba amortiguada por los cortinajes de terciopelo rojo, la tenue luz de las velas eléctricas y las sombras alargadas de boinas con plumas, coronas y otros tocados.

Un gong reverberó por el largo comedor del castillo, de escasa altura, vigas centenarias y paredes llenas de espadas, escudos y banderas. Por los pasillos avanzó un grupo de malabaristas que se intercambiaban una lluvia de pelotillas brillantes; una seudomora blancucha mostró piel en una danza del vientre; niños con ojos de sueño, vestidos de payasos de la corte, corrían alrededor  y daban volteretas tropezándose entre las mesas. Mientras los comensales mirábamos el espectáculo, las masticaciones se ralentizaban y por breves momentos estábamos distraídos de lo que pasaba sobre la mesa del festín.

Boooom, otro toque de gong: ¡Córcholis! habían desaparecido las torres de delicias de espinaca -que todavía no había catado- y los entramados de berenjenas fritas coronadas de azúcar de caña! En su lugar, humeaban unas enormes fuentes de carrillada en salsa, chuletas y chuletones, milanesas y san jacobos, rodeadas de patatas fritas, ricas y a lo pobre.

Pero habíamos perdido la batalla. Nadie metió mano al iglú de las lágrimas de pollo ni mucho menos a la pata de cordero asado. Noté que uno, luego otro y después bastantes más entregaron sus armas, o sea, los cubiertos, e incluso se negaron a recibir el bálsamo de los cremosos postres chocolateados. Me apunté en seguida a ese  amnisticio gastronómico y opté por un café que me mantuvo durante un rato despierta y con la cabeza en alto.

Los criados pasaron detrás de las sillas quitando nudos y otros cierres de los ropajes de disfraz. También a mí alguien me soltó el cordón del vestido y al aflojarse su corraza, el compañero que tenía enfrente salvó el ojo derecho porque ya no le disparé más botones. Debo confesar que después de mi primer ataque a este señor le tuvieron que tapar el ojo izquierdo con una servilleta.

Agradeciéndome el detalle con un gesto muy de caballero, se levantó para leernos un largo poema sobre el hambre y la solidaridad.

Ah, ¿se me olvidó mencionar que fue una reunión de poetas autodidactas sobre el tema de cocinillas?


Sigan deleitándose en el blog de Mar.




viernes, 25 de enero de 2019

INSPIRACIÓN QUESERA



INSPIRACIÓN QUESERA

En un verde prado

Sentóse un enamorado

Quiso escribir una rima

Para su novia en Lima

Pensando noche y día

A la semana todavía

Nada estaba hecho

Y no se mantenía derecho

Por falta de alimento

Y carente de sustento

No pudo declarar su amor...

Pasó por ahí un pastor

Y le dio una cuña de queso

Un abrazo y un beso

Más no nos contaron

Pero supimos que se casaron

jueves, 24 de enero de 2019

SALT, EL TABERNERO




SALT, EL TABERNERO

Se murió por la tarde, pocas horas después del solsticio de verano. Era muy mayor y desde que se vino de su granja en Utah había regentado durante más de cincuenta años la taberna del cruce de la carretera. Preparaba el mejor café para no dormirse uno al volante durante 24 horas y llenaba insuperables bocatas matahambres con lonchas transparentes de beicon. En su taberna "Bandera de Utah", adornada tras el mostrador con una amarillenta bandera de aquel estado, recalaban además de los vecinos del lugar tanto los conductores de camiones de larga distancia como los trabajadores de las granjas del entorno.

Ante el impacto que el calor veraniego  pudiera tener sobre el cuerpo, el enterrador del pueblo trajo en seguida el ataud que el ahora fallecido había encargado hace ocho meses. Ya era de noche cuando -con temperaturas que seguían reventando el barómetro de la gasolinera- se puso a acicalar el cadáver con ayuda de una tal Polly, peluquera en paro y, aunque no lo supiera nadie, ni ella misma, hija ilegítima del muerto. Como toque artístico envolvieron el férretro en la vieja bandera de Utah que el enterrador trajo de la taberna. Al recogerla vio un sobre pegado a la pared que se guardó y con las prisas olvidó por completo.

Desde la sucursal bancaria avisaron a las cuatro mujeres de las que Salt se había divorciado a lo largo de su larga vida. Dos de ellas negaron conocerlo porque se habían vuelto a casar y otra estaba en la cárcel por estafa. Solo la cuarta dijo que vendría pero al subirse al autobús tuvo una mala caida, la ingresaron y no pudo desplazarse.

Participaron en el entierro ochenta vecinos y una veintena de camioneros de trailer que al final tocaron sus bocinas para despedir al personaje, sus bocatas y su café. El cementerio se embelleció brevemente con nueve coronas de plástico que el incansable viento racheado se llevó en cuanto la gente se fue a tomar unas copas en honor al difunto.

Al día siguiente el enterrador se acordó de la carta que se había guardado sin más. Poco a poco la curiosidad venció a sus intenciones más éticas y terminó por abrirla. La leyó una y otra vez, pasando de la incredulidad a una euforia algo maquiavélica.

En una noche sin luna fue en busca de Polly que nunca le negaba nada ni hacía preguntas incómodas porque quería seguir peinando y maquillando a sus clientes inmóviles, y entre los dos recuperaron la bandera de Utah con la que estaba envuelto el ataúd. El enterrador se la llevó a Salt Lake City donde la subastaron por una millonada porque estaba tejida con hilo de oro.

Quiso dejar todo atrás y vivir bien, convertido en hombre rico. Sin embargo no consiguió borrar de su memoria las instrucciones de la carta de Salt, el tabernero, y un día escribió a Polly para que se viniera con él. Acabaron casándose: ella, la auténtica heredera de la bandera, y él, un enterrador que jamás volvió a vestir de negro.



domingo, 20 de enero de 2019

CONVOCATORIA DEL 24 DE ENERO : RELATO CON REGLAS




Os propongo crear cumpliendo algunas reglas muy concretas además del límite elástico de las 350 palabras: el relato ha de contener las tres palabras del paquete que elijas, el título empezará con la letra que se encuentre indicada encima del mismo, y ¡hagan un esfuerzo! No se queden con lo fácil, las letras de la segunda parte del alfabeto también existen, igual que el Sur...


U
Albatros
Barricada
Carbón

G
Doblete
Egoista
Finanzas

V
Gorgonzola
Huerta
Islandia

A
Jaleo
Kilo
Lubina

R
Madrina
Norte
Olivo

I
Prado
Queso
Rima

S
Solsticio
Taberna
Utah

B
Verde
Whisky
Zurdo

¡Os espero del jueves al sábado!
Un fuerte abrazo desde el sur,
Dorotea.


Y vamos con los participantes:


miércoles, 16 de enero de 2019

GUERRA DE TALLAS





GUERRA DE TALLAS

Acaricié las líneas sensuales de la prenda sintiendo bajo mis dedos los bordes de sus costuras reforzadas, suspiré y puse el precioso corselé azul sobre el mostrador sin mirar a los ojos de la dependienta que lucía una talla 36 o menos.

-¿Se lo ha probado? -preguntó con una sonrisita canija.

¿Cómo? ¿La tía se estaba burlando de mi talla 52?

-Me está grande, quédeselo.
Podría haberle contestado pero no tuve  valor. De modo que agaché la cabeza, apreté los dientes y saqué del bolso la tarjeta Visa de mi hermana Carmen (una talla 50 algo justita).

-¿Le está bien entonces? ¿Se lo enseño en otro color?

Sus pulseras sonaban a serpiente de cascabel mientras seguía hurgando con sus uñas de porcelana en mi autoestima y me mostraba su arcada de Julia Roberts con coronas XXL afeadas por un leve olor acre de fumadora de azotea y cabina de wáter.

No quería para nada que se ganase una comisión con las cenizas de mi orgullo pero dejar de comprar el objeto de mi deseo sería reconocer una vez más el abismo existente entre Modigliano y Botero. Sin embargo se me ocurrió una salida y volví a guardar la Visa en el monedero.
-¿En naranja, lo tiene en naranja?

Avisó a la chica para todo, una veintiañera raquítica a la que le sobraba parte de su pichichi de la talla 34, quien trajo al mostrador una explosión de colores: corseléts en rojo, rosa, celeste y blanco, corpiños en negro, verde...

Fruncí la nariz.
-¿Nada en naranja?
-El naranja es muy difícil de combinar, -dijo con desprecio la vendedora.

A sus espaldas se acercó un guardarropas vestido con traje chaqueta gris que resultó ser la jefa de departamento. Una 32 con el doble de años y piel más tersa que un tambor.

-¿Algún problema, Matilda? -siseó con voz de insecto palo.
-Ninguno, la clienta quería ver otros colores...

Sentí lo que las merluzas en alta mar cuando las someten a congelación choque. Unos ojos claros bajo cejas tatuadas me enfocaron brevemente rociándome con frialdad y sorpresa. La única nota humana fue una pata de gallo que se abrió camino al craquelé entre el maquillaje.

-Ah, -expulsó por labios de bótox, giró sin desplazar el aire y se fundó con un expositor de camisas de noche.

Matilda me miró disgustada pero sin complicidad y despertó a la aprendiza que empezó a doblar los corseléts.

Quise ser mala y disfrutar de su fracaso.
-Entonces, ¿nada de naranja?

Se encogió de hombros.
-Ya ve.
Y mandó a la aprendiza que se lo llevara todo.

Al quedar vacío, el mostrador volvió a marcar la frontera entre mi gordura y su cuerpo flacucho. Al menos un empate, pensé y me fui.

Por la tarde mi hermana Carmen pasó por la tienda y compró en un plisplás el corselet en azul eléctrico que me hacía falta para completar un cuadro que me habían encargado. Lo expusieron en el escaparate de la tienda del Rey de la Cama, gustó mucho y se vendió enseguida. Claro, con un corselet de la talla 36...