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lunes, 20 de julio de 2015

MIRADAS (30)




(30ª entrega)



Cuando puso el coche en marcha, tenía la impresión de haberle ofendido, pero no podía decir nada. Mi garganta estaba oprimida y sólo deseaba estar sola. Pensé en Manu y en Pedro y en mi dependencia de los demás debida a la ceguera que de alguna manera seguramente también era culpa mía.
Antes de salir del aparcamiento a la carretera, Marius me preguntó, y qué bien conocía ya ese tono impersonal y distante:
- ¿Quieres que vayamos a por tu bolso, o te lo llevo un día de estos?
- Como quieras, - sonreí con cortesía aunque hubiese querido gritar: - No quiero causarte más molestias.
- Molestias....  – Me parecía oír que murmuraba, pero no pregunté nada.

Y sin hablar continuamos por la carretera de la costa, donde el frío viento otoñal metía el olor del mar por las ventanillas semiabiertas del coche. Después aflojaba la velocidad porque nos acercábamos al centro.
- Marius, - busqué su mano que estaba en el volante: - Gracias... todo resulta tan distinto contigo.
Su mano rodeaba la mía.
- ¿Debo darte también las gracias por tu compañía y por haberme dejado el coche? – A pesar de la ironía de sus palabras, llevaba  mi mano a su boca y soplaba dando calor a mi piel que estaba bien fría.

Entretanto habíamos llegado. Se desvió a la izquierda, y el coche dio justo delante la entrada su saltito obligatorio antes de bajar hasta la puerta automática. Marius me ayudó a bajar, cerró el coche y me dio las llaves que me guardé en el bolsillo donde tenía los billetes que Manu me había traído. Estaba dudando si y de qué manera podía ofrecerle sin ofender mi dinero para sus gastos, cuando él dijo con algo de timidez:
- ¿Te ha traído dinero tu hijo? La verdad es que no llevo mucho encima, y tuve que echar gasolina. ¿Puedes prestarme algo?
Saqué los billetes y se los di.
- Coge, por favor.
Me devolvió una parte diciendo:
- He cogido treinta euros, porque se me ha hecho tarde, y tendré que coger un taxi para llegar a tiempo para la función.
Me dio un abrazo amistoso, y me guió con mucha decisión en dirección al ascensor.
- Me ha gustado mucho.... estar contigo, quiero decir, en la caravana, - dije mientras esperábamos el ascensor, dándome cuenta perfectamente de lo insuficiente que eran mis palabras.
- Te llamaré pronto, - me contestó como si estuviéramos en una estación de trenes o en el aeropuerto.
Momentos después ya estaba en la cabina del ascensor, y él se inclinó para apretar el botón de mi planta. El movimiento le acercó a mí, y esperé que hiciera algo especial, que me besara o me estrechara entre sus brazos, algo que diera un aspecto diferente a esa despedida de compañeros. Pero sólo me tocó el brazo con su mano, y dijo:
- Hasta pronto.
La puerta se cerró, y el ascensor se puso en marcha.

El ‘viaje’ era demasiado corto. Me parecía que sólo habían pasado dos o tres segundos, cuando el ascensor se paró, y yo abrí con cuidado la puerta. ¿Realmente estaba en la planta nueve? Mientras sacaba la llave del bolsillo, intentaba analizar los sonidos y olores del pasillo: nada, ninguna discusión de la pareja joven, ningún lloro del bebé..... sólo un ligero toque de lejía. Pasé a tientas delante de tres puertas, e intenté meter mi llave en la puerta del cuarto piso que debería ser nuestra casa. Logré introducir la llave, pero no pude darle la vuelta. Al imaginarme la reacción de los habitantes del piso si resultaba que no estaba en mi planta, sentía oleadas de calor y de frío, y rápidamente busqué con la mano las cifras metálicas que en cada puerta del edificio indicaban el número de la vivienda. Me parecía ser el nuestro, pero cuando volví a meter la llave, de nuevo no pude girarla. Apoyé la cabeza contra el marco para estabilizarme, y el dolor de la hinchazón hizo que retrocediera. Quise apretarla un poco más, para poder ver la puerta, cuando ésta se abrió bruscamente desde dentro.

El olor era sin duda el de mi casa, entremezclado con un perfume que desconocía. Manu me abrazó efusivamente. Sus mejillas estaban ardiendo, y me susurró al oído:
- Mam, ¡qué maravilla que hayas venido! Oye, tengo visita... ¿te enfadas si hablamos luego?
- ¿Por qué debería enfadarme? – dije algo confusa: - Sólo una cosa, ¿por qué no he podido abrir con mi llave?
- Papá ha mandado al portero cambiar la cerradura...
Sus pasos se alejaban, y escuché la puerta de su cuarto, música y la voz de una chica. ¿Una amiga? Pero en aquel preciso momento no me interesaba especialmente y no quería oír nada, al igual que llevaba tiempo sin poder ver.

Pasé rápidamente por el baño, y luego me fui al dormitorio, donde me cambié y me acosté con una manta sobre la cama. El discman de Manu estaba donde le había dejado, o sea, encima de la mesita de noche. Me puse los auriculares y conecté el aparato, pero tuve que volver a levantarme para abrir la ventana, porque la habitación me agobiaba. Aproveché para correr el cerrojo de la puerta, con el fin de evitar que Pedro, o en su caso, Manu, me despertaran más tarde.

Cuando me había echado de nuevo, presté finalmente atención al disco que estaba puesto. Era el mismo que había escuchado la noche antes de que Marius me visitara por primera vez. Sentía frío y me enrosqué en la manta. ‘Every now and then, when I see you…’, cantaba la voz femenina, ‘there seems to be no measure of time…’. Por la ventana abierta de par en par entraba el olor a sal y a mar.

miércoles, 1 de julio de 2015

MIRADAS (29)




(29ª entrega)


Quien llamaba en ese momento a la puerta, difícilmente podría haber elegido un momento peor. Marius me ayudó a poner el jersey, y mientras me alisaba el pelo, se fue a la puerta. La voz femenina del día anterior decía arrastrando palabras:
- Marius, tu, es decir,  .......el coche de ella está bloqueando la salida.
- ¿De verdad? – Marius contestó no abiertamente enfadado, pero con sequedad.
- Al menos Lilia no puede salir. – insistió la mujer y su voz se alejó: - Parece que he interrumpido algo, ¿no?
- Simplemente molestas como siempre. – respondió Marius  antes de cerrar la puerta desde fuera.

Me quedé sola sentada en el estrecho banco. La cara me ardía, y la sensualidad que unos momentos antes había sentido, se estaba convirtiendo rápidamente en una impresión de ridiculez y de bochorno, cuando pensé que Marius podría suponer que me había quitado la sudadera a propósito para seducirlo. ¿Seducirlo? Mi voz interior era imposible de ignorar, cuando me preguntó si había pasado demasiado tiempo sin verme a mi misma en el espejo, y le contesté, que sí, que efectivamente..... Pero mi autoironía me sirvió de poco, y mientras seguía ajustándome el jersey y el pelo, deseaba poder irme a algún sitio donde estuviera completamente sola. No tardé en avergonzarme de ese sentimiento porque reconocía que Marius se portaba como si yo tuviera todo el derecho del mundo a su apoyo, su ayuda y su simpatía, y como agradecimiento yo añoraba un lugar, aunque fuera una ratonera, para esconderme sin que nadie me encontrase, ni siquiera él.

Tan ensimismada estaba en mis pensamientos, que no oí la puerta. Marius entró, pero sus pasos no eran tan ligeros como antes, sino que se acercó lentamente y se sentó a mi lado.
- ¿Qué ocurre?
Mi pregunta se cruzó con la suya, que ni era una pregunta.
- Has tenido visita.
- Sí, imagínate..... – Tuve la impresión de que no me escuchaba y me callé. Al cabo de unos segundos, pregunté:
- ¿Te molesta que Manu haya estado aquí?
- No, ¿por qué iba a molestarme? – Pero su voz seguía sonando como de lejos, como si no estuviera pendiente de lo que hablábamos. ¿A lo mejor temía alguna complicación por Pedro?
- Manu me ha prometido no decirle a su padre dónde estoy.
- ¿Por qué dices eso? ¿Crees que le tengo miedo a tu Pedro? – Su voz no era agresiva, sino que parecía extrañado.
- No, pero no quiero escándalos, y si Pedro se presentara aquí, lo más seguro es que montaría un número. – Mi voz interior tenía que añadir algo: ‘Todo se está complicando, y se habrá asustado cuando lo abrazaste. Ya verás cómo quiere que te vayas.’
Justo en ese instante dijo Marius:
- He estado pensando en el aspecto legal de tu situación.....¿No crees que deberías comentar con el abogado que te has dado........ permiso del frente?
De hecho también se me había ocurrido a mí, pero había conseguido evadirme de la idea del ‘abandono de hogar’ que ahora volvía a asaltarme por las palabras de Marius.
Le pregunté qué hora era – la una de la tarde y unos pocos minutos – y tuve que admitir que Teresa seguramente estaría en la oficina.
- Parece una buena idea, - dije contrariada mientras volvía a añorar cualquier lugar escondido, menos un teléfono público con su auricular maloliente y sus pegajosas teclas.
Marius se rió y rozó mi pelo con un beso.
- ¡Qué cara se te ha puesto!
Me encogí de hombros.
- Sólo he dicho que es una buena idea, - repetí desganada.
- Pues venga, nos vamos a la gasolinera. Tú llamas al abogado, y yo mientras compro algo para picar.

Como un niña porfiada – así al menos me lo dijo mi voz interior que aquel día estaba haciendo un esfuerzo extra por hacerme sentir incómoda – me fui al aseo demorándome mientras Marius me estaba esperando. Cuando salimos me pasó el brazo por los hombros y me dio un leve achuchón.
- ¿Te pasa algo?
Negué con la cabeza porque estaba concentrada en las desigualdades del suelo.
En el coche, me ayudó con el cinturón, pasándolo varias veces de un lado al otro, como si no encontrase la hebilla, pero yo estaba tan tensa que no reaccioné a sus gestos juguetones, y no podía ni quería relajarme. Al final, lo oí suspirar, o al menos creía escucharlo, puso la radio del coche y arrancamos.

Teresa seguía en la oficina, al igual que su jefe, que, apenas le había explicado el motivo de mi llamada, me bombardeó con sus frases aceleradas.
- Comprendo perfectamente su deseo de distanciarse, pero ¿por qué ha tenido que entregarle a su esposo todas las bazas de la baraja?
No tenía sentido contestarle porque ya estaba enumerando  artículos y cláusulas relacionados con mi situación. Cuando estaba a punto de dejar de escucharle, dijo algo que entendí:
- .... debería volver a su casa hasta que hayamos obtenido unas primeras disposiciones.
Como yo continuaba callada, preguntó:
- ¿Sigue allí? ¿Lo ha comprendido todo?
Intenté hablar sin pausas para que no me cortase:
- Sí, claro que sigo aquí. Entonces, ¿quiere decir que debo volver a casa porque mi ausencia podría utilizarse en mi contra, a pesar de que mi marido se marchó hace semanas para convivir con otra mujer?
Contestó afirmativamente, si bien como si se extrañara de  la frialdad de mi pregunta.
Colgué deprimida y triste, porque sabía con más claridad que nunca que no quería volver a lo de antes.

Marius no preguntó nada cuando me recogió  y recorrimos en silencio el corto camino al aparcamiento junto al mar. Los sandwiches sabían a papel y mantequilla algo rancia, y el café estaba muy caliente, pero amargo como siempre. Comimos sin hablar, y solamente una vez dijo Marius:
- Hay unas gaviotas sentadas sobre las farolas, que nos observan como si fueran buitres hambrientos.
Más tarde llevó los restos de nuestra merienda a la papelera, y cuando se había subido de nuevo al coche, pudimos escuchar los graznidos y gritos con los que las gaviotas se disputaban los papeles y trozos de pan.

Finalmente fue Marius quien dio el primer paso:
- ¿Te ha dicho el abogado que debes volver, verdad?
Asentí sin hablar, y me preguntó con su voz más impersonal:
- Y ¿qué piensas hacer?
Me encogí de hombros y quise darme media vuelta hacia el lado opuesto para que no viese en mi cara lo agitada que estaba, pero su mano me tocó suavemente la mejilla sujetándome.
- Lo has aguantado durante tanto tiempo que también podrás con esto. – Su voz apenas era más que un susurro, y sus dedos repasaban la línea de mi barbilla, y descendían por mi cuello: - ¡Qué rápido va tu pulso! – me dijo al oído.
Sentí como jugaba con el borde del jersey, y lo levanté un poco abriendo un hueco para su mano. Respiró más hondo, y su inquietud se transmitía en ondas a mi cuerpo. Sus manos parecían estar en todos los lados, y yo no quería pensar en nada que no fuera él. Sus labios secos y calientes pasaban por mi cara acariciando la huella del golpe, y buscando mi boca.
De pronto se paró, se apartó mínimamente, y al cabo de unos segundos aclaró su voz:
- Seamos razonables. No es el momento más adecuado, y tu coche es muy estrecho.
Crucé los brazos, y conseguí poner una cara neutral.
- Por supuesto, - incluso me salió una risita toda natural: - Tienes mucha razón.
Volvió a inclinarse sobre mí:

- ¿Dónde está la gracia? – Esta vez su beso no fue juguetón y tierno, sino desafiante, pero no respondí, y resistiéndome a mostrarle la pesadez seductora que me llenaba, me concentré en mi misma y en no enseñar mis sentimientos.

lunes, 29 de junio de 2015

MIRADAS (28)







(28ª entrega)

- Fue hace algún tiempo cuando yo estaba pasando una mala racha, - dijo colocando en mi mano un croissant con mantequilla, - Perdí el trabajo porque la empresa reducía plantilla, y mi vida privada igualmente estaba por los suelos. Entonces me encontré con un compañero de clase que no había visto durante años. Es mago, y trabaja en este circo.
- ¿Un mago?
- Sí, y resultó que necesitaba un colaborador...
- ¿Tú también haces magia?
- No, no, solamente soy un personaje de relleno y procuro que todos los utensilios estén en su sitio. Además, a veces ayudo al pirófago, pero no es lo mío.
Me hubiera gustado contarle que yo lo había bautizado ‘el fumador’ porque buscaba una explicación al persistente olor a humo que lo solía acompañar en sus visitas, y para el que nunca se me habría ocurrido una causa tan ‘exótica’, y sigo creyendo que podríamos habernos reído juntos de mis ideas y conclusiones, pero en aquel momento no pude hacer un comentario a la ligera. Me extrañaba la manera en la que me estaba hablando, como si aquella fuera su última oportunidad de explicarse. Dejando a un lado la reserva con la que suelo tratar mis intuiciones, le pregunté:
- ¿Es una despedida? ¿Quieres que me vaya? Ya sé que soy una carga enorme para ti. ¡Si al menos pudiera ver!
- Entonces, no creo que hubiera tenido el valor suficiente para invitarte a venir aquí.
- ¿Qué quieres decir con esto?

Pero no me contestó porque llamaron a la puerta. Cuando Marius fue a abrir, la caravana volvía a balancearse como un suave eco de sus pasos. Habló en la puerta con alguien y luego volvió a la mesa:
- Tengo que salir ahora mismo. Después seguimos hablando, ¿de acuerdo? – Hesitó un poco: - ¿Puedo llevarme el coche, Lisa? Pero puede ser que tarde bastante.
- Claro que sí, - Busqué en la mesa el móvil: - No se te olvide devolverlo.
- Ya lo haré después. Por favor, cierra con llave.

La caravana dejó de moverse, porque Marius se había ido. Fui hasta la puerta y la abrí un poco. Muy cerca arrancó un coche, probablemente el mío. Suspiré e iba a cerrar, cuando una voz de hombre dijo en alemán:
- ¡Espere!
No contesté y seguía cerrando la puerta.
- ¡No tenga tanta prisa! – La voz se acercaba: - Sólo quiero que me devuelva el móvil.
- Por supuesto, un momento, por favor. – Busqué la mesa, cogí el móvil y volví a la puerta.
- Tenga, y muchas gracias.
- Ha sido un placer para mí, - Parecía que quería seguir hablando: - ¿Se encuentra bien? ¿Se ha caído?
- No, - toqué rápidamente el chichón que todavía me dolía: - He chocado contra una esquina en la caravana.
- Sí, claro, la viga de la puerta, - ahora sí que se alejaba su voz: - ¡Tanto por el romanticismo de la vida sobre ruedas! – Se reía de un modo poco natural, y yo tenía la impresión de que me estaba mirando de arriba abajo.
- Gracias por dejarme el móvil, - dije otra vez para disimular la repentina timidez que sentía: - Adiós. – Y sin esperar su respuesta, apreté la puerta y cerré con llave.

Cuando volví a sentarme, noté lo nerviosa que estaba sin saber muy bien por qué. Busqué a tientas el discman, pero no estaba ni en la mesa ni en el banco, y por primera vez desde que había entrado en la caravana, sentí la impetuosa necesidad de ver algo. Sin conseguir nada, di unas patadas al banco, luego no lo pensé más, y apreté la hinchazón que todavía tenía en la sien.
Unos rayos de sol que entraban por la ventanilla atravesaban el estrecho pasillo de la caravana. Al fondo sobre la cama vi una manta doblada de varios colores, pero ya se había esfumado la imagen, y me quedé sentada pensativa y algo preocupada. ¿Tenía algún sentido mi escapada? Debido a nuestra amistad Marius había aceptado cuidar de mí ... para – ¿cómo dijo en el garaje? – una vuelta. Me di cuenta de que la vuelta ya había durado lo suficiente, al menos para él que era el anfitrión. Yo estaba muy a gusto en su compañía, pero cuanto más tiempo pasaba con él, más me costaría volver a arreglármelas sola. Mi mano tocó en el bolsillo la llave que Marius me había dado la noche anterior. El haberme sacado una copia de la llave para su caravana, no parecía indicar que estaba deseando liberarse de mí. Pero mi voz interior tenía que tener la última palabra: Quizás Marius quería evitar que le denunciasen por homicidio involuntario caso de haber un incendio.

Había pasado más de una hora, cuando me di cuenta de que estaban llamando tímidamente a la puerta. Me acerqué sin hacer ruido, y oí como llamaban de nuevo. Luego escuché la voz de Manu:
- Mam, ¿estás allí dentro?
Tuve que hacer un esfuerzo por respirar, tan sorprendida estaba, y tardé una pequeña eternidad en meter la llave en la cerradura y abrir. Nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en semanas. Finalmente lo hice pasar porque continuábamos con la puerta semiabierta. Cerré con llave, mientras Manu corría de un lado para otro haciendo vibrar el suelo con sus rápidos pasos.
- ¡Qué guapo! – estaba encantado porque desde siempre había soñado con hacer un viaje en una caravana. Se escuchaba una puerta.
- ¡Qué wáter tan diminuto! .....¿Es que tú cabes aquí, Mam?
Pasó por mi lado y como disculpa por su frescura me dio un beso justo encima del chichón. Me aparté.
- ¡Ten cuidado!
- ¡Tiene mal aspecto!
- Gracias, - dije cortante: - ¿Cómo te va en casa? Y, sobre todo, ¿cómo me has encontrado?
Me había sentado en el banco, y Manu se apretujó a mi lado.
- Eso fue fácil. Como el teléfono de casa tiene memoria de llamadas, llamé al móvil ese porque quería volver a hablar contigo, pero me salió el dueño del móvil, y cuando pregunté por ti, me dijo dónde encontrarte. Me ha traído el Largo en la moto.
- ¿Dónde está el Largo ahora?
- Le he mandado a echar gasolina.
Manu estaba tan contento consigo mismo que no quería criticar su manera presumida, pero él sabía perfectamente cómo interpretar la expresión de mi cara, y se defendió:
- Mam, quien paga, manda. Yo le he dado dinero para gasolina, así que...
- Vale, vale. – No quería discutir sobre este tema, especialmente en aquellas circunstancias: - ¿Te queda algo?  De dinero, me refiero.
Manu hacía sonar las monedas que llevaba en el bolsillo. Luego se reía para dentro:
- ¿Te lo has creído? Pensabas que iba a darte unas monedillas sueltas, ¿a que sí? – Su voz se hizo confidencial: - Ten, Mam, te he traído todos los billetes que tenías en tu cajón. ¿No me dices tú siempre que sin dinero no se puede salir a la calle?
Me dio unos cuantos billetes enrollados, y aliviada, me los metí en el bolsillo.
- Mam, ¿qué estás haciendo aquí? El de la caravana, ¿es tu amigo? – De repente, su voz se había vuelto muy seria.
Suspiré porque me hubiera gustado saber qué contestar.
- Sí, claro que es mi amigo, - dije un poco seca y antipática: - Si no, no estaría aquí.
- Sabes a que me refiero, Mam, igual que Papá con la tía esa?
- No, no de esa manera. – Me callé porque no quería hablar sobre ese tema antes de aclararme yo misma.
- ¡Maldito sea! – Manu se levantó de golpe: - Allí está el Largo y me tengo que ir.
También yo escuchaba como afuera sonaba el pito de una moto.
- Tened cuidado en la carretera, - le agarré por la manga: - y por favor, no le digas a tu padre dónde estoy.
- Por supuesto que no, - me estampó un beso en la mejilla: - Por eso borré el número del móvil de la memoria. Mam, ¡cuídate!
Abrió la puerta y gritó hacia fuera:
- ¡Espera, pesado! – Me dio otro abrazo: - Mam, ¡vuelve pronto! – Otro beso, directamente sobre la hinchazón, pero no dije nada, y un segundo más tarde oí como bajaba los escalones. El motor de una moto aceleró, y al momento su ruido había desaparecido.

Me levanté para cerrar con llave, y después me la guardé en el bolsillo. Llena de energía por la visita de Manu, repasé los estantes al lado del banco y después de unos intentos di con el discman. Lo puse sobre la mesa y me metí en el pequeño aseo, donde intenté peinarme. Luego saqué mi bolso de viaje que Marius había guardado debajo del banco, para ponerme otro jersey, y justo cuando me había quitado la sudadera que llevaba, escuché su llave en la puerta.

Su silbido apreciativo hizo que me tapase con el jersey en una postura seguramente bastante cursi, pero Marius no se rió sino que dijo simplemente: - ¿Me dejas que te ayude? – Sus dedos se deslizaban a lo largo de mi brazo, trazando dibujos sobre mi piel, y finalmente, entrelazándose con mi mano. Manu, mis mil preguntas y el resto del mundo desaparecieron en la lejanía. Sus labios acariciaban mi oreja, mi cuello, y me besaba en el hombro.

- Estás muy guapa, y me encanta que me recibas con una sonrisa así. - me susurraba al oído, y su aliento rozaba mi piel cuando me volvía a besar.

jueves, 18 de junio de 2015

MIRADAS (27)






(27ª entrega)



Cuando más tarde me había quedado sola en la caravana, estaba enroscada en una manta, porque hacía fresco, y como Marius me explicó, él no quería encender la estufa de gas porque yo podría tropezar con ella. Sentada en el banco, escuchaba sin mucha atención la música que salía por los auriculares del discman que me había prestado Marius, y pensaba – como no – en Manu, y en que llevaba casi dos días sin verle.
La música parecía cambiar de ritmo varias veces, pero después de un rato me di cuenta de que era alguien que llamaba a la puerta de la caravana. Un poco asustada, me quité los auriculares y no me moví, a pesar de que sabía que desde fuera se debía ver la luz de la lámpara. Las llamadas cesaron, solamente para volver a sonar en la pequeña ventana que tenía casi detrás de mí.
- Hola, - dijo una voz femenina: - Sé que estás dentro, así que abre la ventana, ya que no quieres abrirme la puerta. – Hablaba en alemán con un fuerte acento de algún país del Este de Europa.
Tanteando el cierre de la ventana corredera, descubrí un pasador y la pude abrir un poco. La voz se hizo más fuerte, y la que hablaba había bebido porque su aliento olía a cerveza.
- ¿Qué haces tú en la caravana de Albert?
Arrastraba las palabras, y yo me preguntaba fastidiada porque no había apagado la luz cuando Marius se fue.
- ¿Quién eres? - continuaba la desconocida con su interrogatorio: - ¿A qué te ha traído Marius aquí? No eres para nada su tipo, ¿lo sabías?

Empecé a cerrar la ventana porque no tenía la más mínima intención de discutir con una borracha a la que ni siquiera podía ver.
- ¡Contéstame! – Su voz se alejaba y se acercaba, como si la mujer estuviera tambaleándose: - si no quieres que arme un escándalo y les diga a todos que eres una ladrona.
- Entonces no hubiera cerrado la puerta con llave, - dije enfadada, y me mordí los labios porque no había querido contestar.
- ¿Te ha encerrado? – preguntó indignada, como si desde un principio hubiese estado de parte mía: - Y ¡también te ha pegado! Tienes la cara hinchada. ¡Vaya cerdo!
Quería explicarle la situación, pero ella bebía ruidosamente, y luego tocó la ventana con su botella.
- Si quieres, reúno aquí a todo el mundo para que vean qué tipo tan falso es ese fino caballero. A mi nadie me cree....
- ¡De ninguna manera! – la solté horrorizada por el desarrollo de la conversación: - Claro que no quiero. ¡No me ha pegado!
- ¡Vaya, otra que está enamorada de él! Sí, sí, donde hay amor.... además con tu pinta, no tendrás a los pretendientes haciendo cola precisamente.
Su aliento me alcanzó a través de la ventana, y me eché a un lado para esquivarlo.
- Ya te darás cuenta de que este tío es un fantasmón. No le creas ni una palabra.

La botella chocó contra la pared de la caravana.
Después la misma voz dijo pronunciando con más claridad:
- Hombre, Marius, ¿qué tal?
No pude entender lo que él decía, pero ella contestó rápidamente:
- Que va, no hablo con nadie, ya sabes como estoy cuando he tomado una copa. Me encontré esta botella vacía, y la cogí para que nadie la pisara....
Su voz se alejó, y pocos segundos después Marius abrió la puerta trayendo consigo una ráfaga de aire frío.
- ¿Te ha molestado?, - preguntó cerrando la ventanita a mi espalda, y encajando el pasador. Luego puso una cosa delante de mi sobre la mesa de manera que rozaba mi mano.
- Te he sacado una copia de la llave, porque no me parecía bien dejarte encerrada... Métela en el bolsillo del pantalón para que no se te pueda caer.
Palpé la llave con la mano, notando que llevaba una cadenita con un objeto con forma de media luna.
- ¿Una luna?
- Sí, me dijiste alguna vez que te gustaban las lunas.
- Gracias por la llave, - fue todo lo que se me ocurrió.
Marius tenía prisa y ya se iba hacia la puerta donde me enseñó dónde exactamente estaba la cerradura. Después salió afuera, pero volvió a subir los escalones.
- Esa mujer, ¿te ha insultado? Está bebida casi siempre.
- No, no, - dije precipitadamente, - No hemos hablado casi nada.
- Hasta luego, entonces. Cierra por dentro para que vea que te orientas bien.
Obedientemente cerré la puerta, metí la llave en la cerradura y di una vuelta. Después volví con toda naturalidad al banco, y me extrañé de que casi ya no me molestaba el balanceo del suelo debajo de mis pies.


Cuando Marius volvió, ya era muy tarde. Hubiera preferido esperarle, pero al final estaba demasiado cansada, así que pasé a tientas por el aseo, y me acosté en la cama, donde él había dejado todo preparado. Nada más echarme, vino él, y sus manos, húmedas y, por una vez frías, me despejaron al rozar mi cara cuando nos tapó.
- Vaya frío que se ha levantado, - dijo arrimándose un poco más: - Está haciendo aire, y la ducha estaba helada porque el viento no paraba de apagar el calentador.

Podía sentir cada detalle de su cuerpo, y no me atrevía a moverme. Dentro de mí luchaban el bochorno del casi inconcebible hecho de estar en la cama con un hombre que no fuera Pedro, la intensa ilusión que me hacía su familiaridad cariñosa y sin rodeos, y la preocupación por no parecerle lo bastante atractiva para que fuera a más, sin que yo supiese cómo iba a reaccionar en caso contrario. En ese momento me pasó el brazo por la cadera, y aunque yo deseaba acercarme con movimientos mínimos e imperceptibles, seguí bloqueada. Noté que respiraba profundamente, aflojando la leve presión de su cuerpo que tanto me estaba confundiendo, y casi sin darme cuenta, pero no en contra de mi voluntad,  recuperé el contacto.
Su mano se paró sobre mi pecho acariciándolo como con una pluma y sin intención aparente, pero incluso así ese ligero roce enviaba un intenso anhelo a través de todo mi cuerpo. Por un instante quería apretarme contra él, darme la vuelta, tensarme como un arco..... pero me mantuve inmóvil, centrada totalmente en ese temblor interno y luchando por ocultarlo, por reservarlo para mí, sin entregárselo a nadie ni exponerlo a burla o rechazo. 

De modo que sin moverme escuchaba su respiración pausada y regular que al cabo de un rato parecía decirme que la caricia había sido un gesto inconsciente, una aproximación amistosa y nada más. Mis pensamientos y el viento del Este todavía me mantuvieron despierta durante bastante tiempo, porque tenia tanto en que pensar y también porque el levante soplaba con fuerza otoñal y hacía que la caravana crujiese y vibrase. En sueños, Marius se dio la vuelta llevándose la mayor parte de la manta, y yo pasaba frío y sólo conseguí dormirme de madrugada.  

Cuando me desperté, estaba sola en la cama, y un calor reconfortante llenaba la caravana. Desde la mesa venía música y un tentador olor a café. Me senté y quise doblar la manta, pero Marius vino y me la quitó de las manos.
- Buenos días, - me dijo con una voz que sonaba como si se sonriera, - te juro que pensé que ibas a hibernar bajo la manta. Ven.
Apenas estuve sentada en el banco, me puso un teléfono móvil en la mano.
- Ten, lo he pedido prestado, - dijo: - Llámalo a tu hijo para que se te quite esta cara de preocupación.
- Esta mañana no he pensado en él todavía, - protesté.
- Pero al menos durante media noche.
Lo cual no podía negar, ni tampoco decirle en quién había pensado durante la otra mitad de la noche. Marius marcó el número, y yo me acerqué el móvil al oído.

La voz obviamente dormida de Manu murmuró: -¿Sí? – y detecté algo de rencor porque los sábados solía dormir hasta muy tarde.
- ¡Dormilón! – le dije cariñosamente: - ¿Podemos hablar?
Se despertó de golpe.
- Mam, no te puedes ni imaginar la bronca que tuve ayer con Papá. Delante de la tía esa le dije lo que pensaba de todo el asunto y que te podía comprender perfectamente. Esto lo sacó de sus casillas, y a ella también.
Sí que me podía imaginar la escena, pero había otra cosa que me interesaba bastante más.
- Y ¿puedes hacerlo de verdad? Quiero decir, entenderme.
Durante un momento no escuché nada, luego dijo Manu:
- Bueno, no de verdad de verdad, pero comprendo que Papá te ha provocado demasiado. Sólo que, Mam, ¿volverás a casa, no? Y ¿dónde estás?
- Con un amigo, - contesté y tuve que reírme un poco: - y si te soy sincera, no sé dónde estoy exactamente.
- ¿Qué? – Manu estaba horrorizado: - ¿Te ha secuestrado o algo parecido? ¿Dónde está el coche?
Cogí aire para una contestación que se presentaba complicada, cuando escuché la puerta de la caravana: Marius había salido.
- ¿Qué te pasa? ¿Por qué no dices nada? – La voz de Manu se me metía por el oído.
- Escúchame bien, - le dije: - Tienes edad suficiente como para arreglártelas tú solo durante unos días o una semana. Además dentro de nada tendrás vacaciones.
Manu quise decir algo, pero yo no había terminado.
- Claro que volveré, lo que no sé es exactamente cuándo. Te llamaré cada dos por tres para que hablemos. Pórtate de acuerdo con tu edad, Manu, y no te pelees con tu padre.

Seguía callado, y yo me encontré indecisa entre el deseo de continuar dónde estaba, lejos de obligaciones y casi libre de recuerdos, y las ganas de decirle a Manu, sí, no te preocupes, volveré hoy mismo, para calmar el tono excitado y nervioso de su voz. Como no podía decidirme, no dije nada, y a pesar de que yo esperaba que  insistiera y discutiera conmigo, lo único que dijo fue:
- Ven pronto, Mam, no se está bien sin ti.
Nos despedimos bastante alegres, puse el móvil sobre la mesa y fui a tientas hasta la puerta y la abrí. Al parecer, Marius estaba cerca porque enseguida me cogió de la mano y volvimos al calor de la caravana.
- Tienes otra cara, - me dijo sin preguntar nada sobre mi conversación con Manu, y luego se lanzó directamente a hablar de su trabajo en el circo.

jueves, 11 de junio de 2015

MIRADAS (26)




(26ª entrega)




- ¡Chis! – dije sonriendo al recordar la manera entre cariñosa y autoritaria en la que el día anterior me había obligado a ponerme hielo: - Y ¿qué pasa si no espero ninguna explicación?, quiero decir, ninguna que tú no me quieras dar de verdad. – Era increíblemente relajante decir justo lo que yo siempre hubiese querido escuchar.
- Mi comportamiento debe parecerte al menos...errático a veces. – continuó en un nuevo intento con la misma voz de resistencia interior, pero yo me había soltado, y me reí:
- ¿Errático, tú? Entonces, ¿cómo me describirías a mí? ¿Chiflada? ¿Volada?.
Volvía a poner su mano en mi rodilla, y esta vez estaba relajada, y puse la mía encima de la suya.
- Sin embargo, sí que quisiera preguntarte algo.... – Estaba tan eufórica que le quería tomar el pelo.
- Preguntarme, el ¿qué? – Al hablar, su aliento me hacía cosquillas en el oído porque de pronto estaba mucho más cerca de mí.
- Tu  nombre. Sólo conozco tu nick del chat, y me gustaría saber tu nombre.
- No podrías haber preguntado nada peor. – Parecía disfrutar con el suspense: - Marius. Sí, no lo confundas con Mario, no, tuvieron que ponerme Marius, Marius Solms, o así al menos lo diría James Bond, o ¿era al revés?
Me reía hacia dentro, pero con muchas ganas, porque me sentía tan feliz de estar en ese preciso momento justo ahí junto a él y porque la extraña tensión de antes se había evaporado. Apenas podía contestar:
- En el supuesto de que lo dijera, diría ‘Solms, Marius Solms’...
Seguíamos bromeando sobre ese ‘supuesto’ que no le había parecido una expresión muy respetuosa, y luego se fue a la gasolinera y trajo café y bocadillos, y mientras lo tomábamos en el coche, nos reímos de cada nuevo disparate que se nos ocurrió acerca de James Bond alias Marius Solms.

Cuando llamé por la tarde a mi casa, finalmente cogió Manu el teléfono.
- ¿Mam? – dijo nervioso, - ¿Qué pasa contigo? ¿Dónde estás? ¿Por qué no vuelves a casa?
No pudo continuar, porque Pedro le había quitado el auricular.
- Y ¿qué? ¿Tienes respuestas a las preguntas del niño? – Su voz estaba controlada, pero yo notaba su rabia contenida.
- Si me dejaras hablar con el ‘niño’....
Mientras esperaba, escuchaba unos ruidos de fondo, y luego dijo una mujer: - ¿Qué? ¿Ha colgado? – Lo cual hice automáticamente buscando temblorosa la horquilla para colocar el auricular que de pronto me quemaba la mano. Cuando lo había conseguido, froté mis manos contra el jersey y las metí en todo lo hondo de mis bolsillos.

¿Cómo podía Pedro traer a esa mujer a casa? ¿Cómo iba Manu a encajar todo este lío? ¿Debería ir directamente a casa para...? Mi voz interior aprovechó mis dudas para meterse conmigo: ‘Para ¿qué? Ahora, la mala de la película eres tú, porque has abandonado el hogar. Y también Manu lo verá así.’
Apoyé la cabeza contra la luna de la cabina de teléfono, haciendo sin querer presión sobre el chichón que me dio un fuerte pinchazo. Durante un instante ví a un hombre de mediana estatura vestido con vaqueros y un jersey, que me daba la espalda e iba a darse la vuelta. Un segundo más tarde estaba detrás de mí, sujetándome.
- ¿Te encuentras mal? ¿Qué te ha dicho?
Escondí la cara en su hombro pero no quise hablar del tema.
- Ven al coche, -  me dijo y me dejé llevar.

Cuando estábamos sentados, noté como Marius se puso tenso.
- Oye, - cuchicheó, -¿ese encantador marido tuyo no habrá sido capaz de denunciar el robo de vuestro coche, verdad? 
Cuando ya iba a decir que no, porque Pedro trabajaba a cinco minutos a pie desde la casa, y el coche familiar se había convertido hace tiempo en ‘mi’ coche, con el que iba con frecuencia a Málaga, o llevaba a Manu a ver los partidos de su club favorito, me entró una leve duda.
- ¿Por qué me lo preguntas?
- Es que hay un policía en la esquina que ha estado mirando tu matrícula y ahora habla por radio.
- No me lo puedo imaginar, - dije sin atreverme a confesar que me lo estaba imaginando con todo detalle, porque no podía dejar de pensar en que Pedro había sido capaz de llevar a su amante a nuestra casa.
- Entonces, ¿arranco?, - preguntó Marius.
- Sí, adelante, - le contesté: - además tengo en el maletero todos los papeles.
Arrancó el motor y puso el coche en movimiento, primero poco a poco y luego con más ritmo.
- A lo mejor me he equivocado, y la mala conciencia me ha hecho ver más de la cuenta. Al fin y al cabo, no es mi coche.
- ¿Mala conciencia, tú?, - me reía a pesar de lo nerviosa que seguía estando: - Me recogiste en el garaje cuando estaba a punto de poner el coche en marcha sin ver a donde iba.
Ahora también él se reía.
- Vaya, entonces he tenido suerte porque podrías haberme arrollado.
- Bueno, - quería ser sincera: - A lo mejor no lo hubiera arrancado, sobre todo porque no tenía a dónde ir.
Se callaba, y  pensé: ‘Ahora creerá que deberá cargar conmigo para siempre jamás, y lo que fue un gesto amistoso, se convierte en un problema para él.’
Justo en ese momento, el coche hacía un extraño, porque Marius me dio un beso en la oreja.
- Puedes quedarte conmigo el tiempo que quieras, es decir, mientras estemos por aquí. Luego será algo más complicado.
- Y ¿hasta cuándo continuaréis aquí? – Reconocía para mis adentros que era una pregunta que me interesaba bastante.
- En ese pueblo, unos días, y en lo que es la provincia, durante un mes aproximadamente.
Al rato, el coche parecía acelerar, y él dijo:
- Esta tarde tendré más trabajo que ayer. – Y luego añadió como si le quitara importancia: - ¿Qué pasó antes cuando llamaste por teléfono?
Tragué saliva; si no lo hubiese preguntado, lo habría interpretado como falta de interés, pero al mismo tiempo aún no tenía ganas de hablar de ello.
- Manu lo cogió, - contesté finalmente con un gran suspiro: - pero Pedro le quitó el teléfono, y al fondo escuché hablar a esa mujer, y colgué.

- ¡Qué rata!, - dijo Marius escuetamente, pero puso su mano encima de la mía y su voz sonó a enfado.

domingo, 7 de junio de 2015

MIRADAS (25)



(25ª entrega)



Lo mismo pensé a la mañana siguiente, cuando llamé a casa desde una cabina pública. No había nadie, y tardé en colgar el teléfono. Durante el desayuno había decidido quedarme unos días, pero por supuesto necesitaba ropa y dinero, y había querido pedirle a Manu que me lo trajese. Por lógica, debería estar en el instituto, pero yo había tenido la esperanza y al mismo tiempo el temor de que estuviese en casa, porque solía tolerar malamente las situaciones de crisis. De nuevo no sabía qué hacer, si volver o quedarme con lo puesto.
- ¿Qué? ¿No hay nadie?
Su voz tenía ese tono inexpresivo con el que hacía preguntas para evitar que fueran demasiado personales.
- No, parece que no. – dije y juntos volvimos al coche. Mientras arrancaba, soltó una risotada diciendo:
- Mira, tengo una idea disparatada. Ya que no hay nadie, ¿ por qué no te llevo a tu casa, recoges lo que te haga falta y dejas una nota para tu hijo. ¿Qué te parece? ¿Demasiado rocambolesco?
Estaba a punto de reírme con él, pero me había hecho a la idea de poderme cambiar de ropa, y de no tener que pedirle dinero hasta para llamar por teléfono, así que me callé. El fumador interpretó mi silencio como rechazo, y dijo con la voz más serena:
- Tienes razón, parece el guión de una telenovela.
Pero yo estaba pensando en otra cosa:
- La escritura manual no se me da bien últimamente, - dije y le pregunté: - ¿...te importaría?

Por supuesto que no le importaba, y aproximadamente una hora más tarde metía poco a poco el coche en el garaje del bloque de apartamentos donde yo vivía. Me acompañó hasta el ascensor, y no fue fácil convencerlo para que me esperase en el coche y me dejara subir sola, pero no quería arriesgarme a un encuentro entre él y Pedro.
Desde el ascensor a casa fui sin problemas, pero nada más abrir la puerta, me tropecé con unos zapatos que estaban en medio del pasillo y por poco me hubiera caído. Noté que el corazón se me había subido a la garganta, y me paré en seco recordándome a mi misma que esta era mi casa, y que tenía que ser capaz de orientarme en su desorden acogedor. Con cuidado cogí un taburete de cocina que tenía ruedas, y lo empujé delante de mi hasta el dormitorio. Allí busqué un bolso de viaje que curiosamente estaba exactamente donde debía. Lo llené con ropa interior y algunas otras cosas, y estaba cerrando el armario cuando escuché que alguien venía por el pasillo. Casi se me escapó un taco, pero no fue Pedro ni tampoco Manu.
- Estabas tardando tanto que empecé a preocuparme, - dijo el fumador sin esforzarse por resultar convincente: - Además no habías cerrado la puerta de entrada; cualquiera podría haber entrado al igual que yo. – Con eso me quitó el bolso de la mano.
Ahora que sabía que era él, me hubiera gustado agarrarme a su brazo, pero algo quedaba por hacer.
- Tengo que poner la nota en el cuarto de Manu, - le expliqué abriendo la puerta.
Silbó entre los dientes.
- ¡No des ni un paso más! – me sujetó con la mano: - ¡Vaya, desorden!
El cuarto olía a cerrado y a zapatillas de tenis que seguramente estaban tiradas por el suelo, así que le di la nota pidiéndolo que la dejara donde más llamaría la atención.
Volvió enseguida, salimos del piso y llegamos al garaje sin ver a nadie, pero cuando puso el coche en marcha, me acordé del dinero que había querido llevarme y que se me había olvidado. Probablemente hice un gesto de contrariedad, porque paró de nuevo, y me preguntó:
-¿Qué te pasa? ¿Se te ha olvidado algo?
- Quería llevarme algo de dinero. No es lógico que tengas que pagar tú todo el tiempo.
Su respuesta sonó completamente impersonal:
- Si tanto te desagrada, tendremos que volver, pero ¿crees que vale la pena?
No podía decir que sí, porque yo estaba contentísima de que habíamos llegado al coche sin encontrarnos con Pedro o con Manu.
- Pues, entonces....., - su voz había recuperado algo de su timbre habitual.

Volvió a arrancar el coche, pero nada más salir del garaje se paró de nuevo.
- Por la derecha viene una mujer de unos treinta años con un bebé en brazos. Parece que quiere hablar contigo.
Bajé un poco la ventanilla.
- Hola, - saludó encantada la vecina, y yo estaba segura de que hacía todo lo posible para ver quién estaba conduciendo: - ¿Ha vuelto? Anteayer su hijo la estaba buscando.
Se calló, y yo intenté ser lo más brusca posible.
- Sí, - dije sin más, - como puede ver, he vuelto.
Pero no iba a ser tan fácil.
- ¡Dios mío!, - exclamó: - ¿Qué ha pasado con su cara? ¿Se ha dado un golpe?
 Empecé a cerrar la ventanilla.
- Sí, sí, me he caído, - murmuré: - Pero no ha pasado nada. Hasta pronto.
- Hasta pronto. – La oí decir bastante perpleja, mientras el coche se puso en marcha por enésima vez como me parecía, pasando con algo más de velocidad por el bache de la salida, y girando a la derecha.
- Podrías haberme presentado como tu primo, el del pueblo, - intentó bromear el fumador, pero parecía estar pensando en otra cosa. Hubiera querido preguntarlo en qué, pero luego se me ocurrió que había sido la primera vez que alguien nos veía juntos, y que a lo mejor hubiese preferido continuar sin ser visto, porque con ocasión de sus visitas siempre lo había evitado.
Cuando al rato rozó mi rodilla con su mano, se tensaron mis músculos como en un reflejo, y él volvió a quitar la mano.

Fuimos durante un tiempo en silencio, hasta que noté que el ruido del tráfico disminuía, y cuando se paró se oía el murmullo de las olas del mar.
- ¿Estamos en el mismo sitio que ayer? – pregunté por hacer un comentario distendido.
Pero él dejaba que se extendiera entre nosotros ese silencio tenso y extraño. Cuando finalmente dijo: - Debería explicarte unas cuantas cosas.... – su voz no era abiertamente contrariada, pero yo intuía que iba a decírmelo porque se sentía bajo la obligación de hacerlo, y me acordaba de las innumerables veces en las que Pedro me había forzado a explicarle cosas que para mí no debían ser explicadas. Y me sentía tan bien en la compañía del fumador que realmente no necesitaba saber más de lo que él quería contarme sin presiones de tipo alguno.