domingo, 18 de julio de 2010

EL APARTAMENTO


Se dio cuenta de que su apartamento resultaba cada vez más pequeño cuando quiso ponerse unas sandalias del zapatero. No las había tocado desde el verano anterior, y por más que tirase de ellas, no pudo sacarlas del mueble. Cuando se agachó, con mucho trabajo, creyó ver que la parte de atrás de las sandalias estaba empotrada en el muro. Algo mareada, se enderezó jurándose que no volvería a tocar la botella del pacharán durante el día. Fue a limpiar escaleras en zapatillas de andar por casa, y al regresar se entretuvo observando la espalda y nuca de su marido que estaba frente al televisor, callado e inmóvil como siempre. Barajó la posibilidad de comentarle lo de las sandalias, pero desistió enseguida. ¿De qué iba a servir?

A la mañana siguiente se armó de valor y una linterna, e inspeccionó el interior del armario. Lo encontró bastante revuelto; había cuatro pares de mocasines amontonados y ninguna sandalia. Pensó aliviada que se había equivocado y no le dio mayor importancia, hasta que a media tarde escuchó un ruido en el dormitorio. Al abrir la puerta, se topó con dos figuritas de porcelana en el suelo. La repisa, sobre la que habían estado acumulando polvo durante años, apenas ya sobresalía de la pared. Las piernas le temblaron y se sentó en la cama mirando a través del pequeño pasillo hacia el salón. Su marido estaba junto a la mesa escribiendo con rotulador en el hule.

Preparó una pequeña maleta con lo más importante: los medicamentos de él, un álbum de fotos de su vida antes del accidente, ropa interior, algo de abrigo, los documentos de identidad. La llevó hasta la puerta de la vivienda y señaló a su marido para que le siguiera. Él avanzó apenas medio metro y se paró en seco. Impaciente se acercó para ayudarle y suponiendo que estarían atascadas por una mala postura, agarró las ruedas con fuerza hasta hacerse daño en la espalda; también tiró de los apoyabrazos, había empezado a sudar y sus manos resbalaron una y otra vez. La silla ya no cabía por el pasillo. Él, como siempre, negaba el sentido de este esfuerzo como de cualquier otro, incluso empezó a mover la silla hacia atrás y solo se detuvo cuando chocó contra un mueble.

Quiso seguirle pero sus caderas rozaron la pared y sintió miedo. Si iba al salón quizá ya no podría salir. Su mirada buscó la de su marido, pero él se había vuelto hacia la mesa y seguía garabateando en el hule.

Casi no pudo abrir la puerta de la vivienda, encajonada como estaba en el marco. Cuando lo logró se fue, llevándose la maletita y sin hacer caso de los ruidos confusos que escuchaba detrás de sí. En la calle pensó en llamar a Servicios Sociales..., no recordaba el número, y entonces se subió al primer autobús que pasó.

4 comentarios:

  1. Desasosegante y claustrofóbico.
    Y estupendo, como siempre.
    Un beso, Dorotea.

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  2. mi qurido marido...estoy contigo...ante las amenazas serias, di que sí, quedate en el salon viendo el televisorrrrrr¡¡¡
    ja...
    me ha gustado, dorotea...
    medio beso.

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  3. Muy bueno. Me recuerda Cortázar... un cuento en el que un hombre si iba hundiendo cada vez más en el asfalto...



    besos

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  4. La pobre mujer necesitaba urgentemente escapar de esa casa (marido inerte incluido) que la asfixiaba!...qué bueno que lo hizo antes de moriri aplastada!

    Un abrazo.

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